Juan Pablo II: La Eucaristía, ayer como hoy, Cristo entre nosotros

Intervención del pontífice durante la audiencia general del miércoles

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CIUDAD DEL VATICANO, 3 oct (ZENIT.org).- Cada vez que los cristianos celebran la eucaristía, no sólo «recuerdan» la última cena de Jesús, sino que la «reviven». Este es el milagro que se realiza cada vez que el sacerdote pronuncia las palabras sacramentales por las que el pan se convierte en cuerpo de Cristo y el vino en su sangre. Para el creyente, este misterio abre horizontes inesperados que hoy día fueron vislumbrados por Juan Pablo II en su audiencia general del miércoles.



Ofrecemos, a continuación, las palabras pronunciadas por el Santo Padre.

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1. Entre los múltiples aspectos de la Eucaristía, destaca el de ser «memorial», algo que está íntimamente ligado a un tema bíblico de máxima importancia. Leemos, por ejemplo, en el libro del Éxodo: «Dios se acordó de su alianza con Abraham, Isaac y Jacob» (Éxodo 2, 24). En el Deuteronomio, se dice: «acuérdate del Señor tu Dios» (8, 18). «Acuérdate bien de lo que hizo el Señor tu Dios...» (7, 18). En la Biblia, el recuerdo de Dios y el recuerdo del hombre se entrecruzan y constituyen un componente fundamental de la vida del pueblo de Dios. No se trata, sin embargo, de pura conmemoración de un pasado ya extinguido, sino más bien de un «zikkarôn», es decir, de un «memorial». «En el sentido empleado por la Sagrada Escritura, el memorial no es solamente el recuerdo de los acontecimientos del pasado, sino más bien la proclamación de las maravillas que Dios ha realizado en favor de los hombres. En la celebración litúrgica, estos acontecimientos se hacen, en cierta forma, presentes y actuales» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1363). El memorial recuerda una relación de alianza que nunca desfallece: «El Señor se acuerda de nosotros y nos bendice» (Salmo 115, 12).

El recuerdo de las obras de Dios
La fe bíblica implica, por tanto, el recuerdo eficaz de las obras maravillosas de salvación. Éstas son profesadas en el «Gran Hallel», el Salmo 136, que --después de haber proclamado la creación y la salvación ofrecida a Israel en el Éxodo-- concluye: «En nuestra humillación se acordó de nosotros, porque es eterno su amor; y nos libró [...]. Él da el pan a todo viviente, porque es eterno su amor» (Salmo 136, 23-25). Palabras semejantes encontraremos en el Evangelio en los labios de María y de Zacarías: « Acogió a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia [...]. Se ha acordado de su santa alianza» (Lucas 1, 54.72).

La intersección de dos recuerdos
2. En el Antiguo Testamento, el «memorial» por excelencia de las obras de Dios en la historia era la liturgia pascual del Éxodo: cada vez que el pueblo de Israel celebraba la Pascua, Dios le ofrecía de manera eficaz el don de la libertad y de la salvación. En el rito pascual, se entrecruzaban por tanto los dos recuerdos: el divino y el humano, es decir, la gracia salvífica y la fe agradecida: «Este será un día memorable para vosotros, y lo celebraréis como fiesta en honor del Señor [...].Y esto te servirá como señal en tu mano, y como recordatorio ante tus ojos, para que la ley del Señor esté en tu boca; porque con mano fuerte te sacó el Señor de Egipto» (Éxodo 12, 14; 13, 9). En virtud de este acontecimiento, como afirmaba un filósofo judío, Israel será siempre «una comunidad basada en el recuerdo» (M. Buber).

«Haced esto en conmemoración mía...»
3. Esta intersección entre el recuerdo de Dios y el del hombre se encuentra también en el centro de la Eucaristía, que es el «memorial» por excelencia de la Pascua cristiana. La «anámnesis», es decir, el acto de recordar, constituye de hecho el corazón de la celebración: el sacrificio de Cristo, acontecimiento único, realizado «ef’hapax», es decir, «una vez para siempre» (Hebreos 7, 27; 9, 12. 26; 10, 12), difunde su presencia salvífica en el tiempo y en el espacio de la historia humana. Esto queda expresado en el imperativo final que Lucas y Pablo refieren en la narración de la Última Cena: «Este es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en recuerdo mío [...]. Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en recuerdo mío» (1 Corintios 11,24-25; cf. Lucas 22, 19). El pasado del «cuerpo entregado por vosotros» sobre la cruz se presenta vivo en el hoy y, como declara Pablo, se abre al futuro de la redención final: «Cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga» (1 Corintios 11, 26). La Eucaristía es, por tanto, memorial de la muerte de Cristo; ahora bien, también es presencia de su sacrificio y anticipación de su venida gloriosa. Es el sacramento de la continua cercanía salvadora del Señor, resucitado en el historia. Se comprende así la exhortación de Pablo a Timoteo: «Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, descendiente de David» (2 Timoteo 2, 8). Este recuerdo vive y actúa de manera especial en la Eucaristía.

La clave de comprensión: el Espíritu
4. El evangelista Juan nos explica el sentido profundo del «recuerdo» de las palabras y de los acontecimientos de Cristo. Frente al gesto de Jesús, que purifica el templo de los mercaderes y anuncia que será destruido y vuelto a construir en tres días, anuncia: «Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús» (Juan 2, 22). Esta memoria que genera y alimenta la fe es obra del Espíritu Santo «que el Padre enviará en el nombre» de Cristo: «Él os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Juan 14, 26). Se trata, por tanto, de un recuerdo eficaz: el interior que conduce a la comprensión de la Palabra de Dios y el sacramental que se realiza en la Eucaristía. Son las dos realidades de salvación que Lucas ha unido en la espléndida narración de los discípulos de Emaús, salpicado por la explicación de las Escrituras y por «el partir del pan» (cf. Lucas 24, 13-35).

5. «Recordar» es, por tanto, «volver a traer al corazón» la memoria y el afecto, pero es también celebrar una presencia. «Sólo la Eucaristía, verdadero memorial del misterio pascual de Cristo, es capaz de mantener vivo en nosotros el recuerdo de su amor. De ahí que la Iglesia vigile su celebración, ya que si la divina eficacia de esta vigilancia continua y dulcísima, no la fomentara, si no sintiera la fuerza penetrante de la mirada del Esposo fija sobre Ella, fácilmente la misma Iglesia se haría olvidadiza, insensible, infiel» (Carta Apostólica de Juan Pablo II «Patres Ecclesiae», III). Este llamamiento a la vigilancia hace que nuestras liturgias estén abiertas a la venida plena del Señor, a la manifestación de la Jerusalén celestial. En la Eucaristía, el cristiano alimenta la esperanza del encuentro definitivo con su Señor.

Traducción realizada por Zenit.