Juan Pablo II: «La Pascua, manifestación perfecta de la misericordia de Dios»

El Papa comenta el Salmo 135 en la audiencia general del miércoles

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CIUDAD DEL VATICANO, 28 abril 2003 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Juan Pablo II en la audiencia general del pasado miércoles dedicada a comentar el Salmo 135, un himno a la bondad de Dios.




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¡Aleluya!

Alabad el nombre de Yahveh,
alabad, servidores de Yahveh,
que servís en la Casa de Yahveh,
en los atrios de la Casa del Dios nuestro.

Alabad a Yahveh, porque es bueno Yahveh,
salmodiad a su nombre, que es amable.
pues Yahveh se ha elegido a Jacob,
a Israel, como su propiedad.

Bien sé yo que es grande Yahveh,
nuestro Señor más que todos los dioses.
Todo cuanto agrada a Yahveh,
lo hace en el cielo y en la tierra,
en los mares y en todos los abismos.

Levantando las nubes desde el extremo de la tierra,
para la lluvia hace él los relámpagos,
saca de sus depósitos el viento.

Él hirió a los primogénitos de Egipto,
desde el hombre al ganado;
mandó señales y prodigios,
en medio de ti, Egipto,
contra Faraón y todos sus siervos.

Hirió a naciones en gran número,
dio muerte a reyes poderosos,
a Sijón, rey de los amorreos,
a Og, rey de Basán,
y a todos los reinos de Canaán;
y dio sus tierras en herencia,
en herencia a su pueblo Israel.

¡Yahveh, tu nombre para siempre,
Yahveh, tu memoria de edad en edad!
Porque Yahveh a su pueblo hace justicia,
y se compadece de sus siervos.

Los ídolos de las naciones, plata y oro,
obra de manos de hombre
tienen boca y no hablan,
tienen ojos y no ven;
tienen oídos y no oyen,
ni un soplo siquiera hay en su boca.
Como ellos serán los que los hacen,
cuantos en ellos ponen su confianza.

Casa de Israel, bendecid a Yahveh,
casa de Aarón, bendecid a Yahveh,
casa de Leví, bendecid a Yahveh,
los que a Yahveh teméis, bendecid a Yahveh.

¡Bendito sea Yahveh desde Sión,
el que habita en Jerusalén!



1. En estos días de la octava de Pascua es grande el júbilo de la Iglesia por la resurrección de Cristo. Después de sufrir la pasión y la muerte en cruz, ahora vive para siempre, y la muerte ya no tiene ningún poder sobre él.

La comunidad de los fieles, en todas las partes del mundo, eleva al cielo un cántico de alabanza y acción de gracias a Aquel que ha librado al hombre de la esclavitud del mal y del pecado mediante la redención realizada por el Verbo encarnado. Es lo que expresa el Salmo 135 que se acaba de proclamar y que constituye un espléndido himno a la bondad del Señor. El amor misericordioso de Dios se revela de forma plena y definitiva en el Misterio pascual.


2. Después de su resurrección, el Señor se apareció en repetidas ocasiones a los discípulos y se encontró muchas veces con ellos. Los evangelistas refieren varios episodios, que ponen de manifiesto el asombro y la alegría de los testigos de acontecimientos tan prodigiosos. San Juan, en particular, destaca las primeras palabras dirigidas por el Maestro resucitado a los discípulos.


«¡Paz a vosotros!», dice al entrar en el Cenáculo, y repite tres veces este saludo (cf. Jn 20, 19. 21. 26). Podemos decir que la expresión: «¡Paz a vosotros!», en hebreo «shalom», contiene y sintetiza, en cierto modo, todo el mensaje pascual. La paz es el don que el Señor resucitado ofrece a los hombres, y es el fruto de la vida nueva inaugurada por su resurrección.


Por lo tanto, la paz se identifica como «novedad» introducida en la historia por la Pascua de Cristo. Nace de una profunda renovación del corazón del hombre. Así pues, no es el resultado de esfuerzos humanos, ni se puede conseguir sólo gracias a acuerdos entre personas e instituciones. Más bien, es un don que hay que acoger con generosidad, conservar con esmero y hacer fructificar con madurez y responsabilidad. Por más complicadas que sean las situaciones y por más fuertes que sean las tensiones y los conflictos, nada puede resistir a la eficaz renovación traída por Cristo resucitado. Él es nuestra paz. Como leemos en la carta de san Pablo a los Efesios, él con su cruz derribó la enemistad «haciendo las paces, para crear, en él, un solo hombre nuevo» (Ef 2, 15).


3. La octava de Pascua, impregnada de luz y alegría, se concluirá el domingo próximo con el «domingo in Albis», llamado también «domingo de la “Misericordia divina”». La Pascua es manifestación perfecta de esta misericordia de Dios, «que se compadece de sus siervos» (Sal 135, 14).


Con la muerte en cruz, Cristo nos ha reconciliado con Dios y ha puesto en el mundo las bases de una convivencia fraterna de todos. En Cristo el ser humano frágil, y que anhela la felicidad, ha sido rescatado de la esclavitud del maligno y de la muerte, que engendra tristeza y dolor. La sangre del Redentor ha lavado nuestros pecados. Así hemos experimentado la fuerza renovadora de su perdón. La misericordia divina abre el corazón al perdón de los hermanos, y con el perdón ofrecido y recibido es como se construye la paz en las familias y en todos los demás ambientes de vida.


Renuevo de buen grado mi más cordial felicitación pascual a todos vosotros, a la vez que os encomiendo, juntamente con vuestras familias y vuestras comunidades, a la protección celestial de María, Madre de la Misericordia y Reina de la paz.



[Traducción del original italiano de L'Osservatore Romano. Al final de la audiencia, el Papa ofreció en castellano la síntesis que publicamos a continuación.]

Queridos hermanos y hermanas:

En estos días de la Octava de Pascua la Iglesia continua exultando por la resurrección de Cristo, que vive para siempre y la muerte no tiene ningún dominio sobre Él. Una vez resucitado, el Señor se apareció varias veces a sus discípulos saludándolos con la frase «Paz a vosotros». Así, la paz es un don ofrecido a los hombres por el Resucitado y es el fruto de una vida nueva inaugurada por su resurrección. La paz nace de la profunda renovación del corazón humano, es un don que se ha de acoger con generosidad, se ha de custodiar con cuidado y se ha de hacer fructificar con madurez y responsabilidad.


La Octava de Pascua concluirá el domingo próximo llamado «in Albis» o también de la «Divina Misericordia». Con la Sangre del Redentor hemos experimentado el poder de su perdón y la misericordia divina nos abre el corazón al perdón los hermanos. Perdonando y recibiendo el perdón es como se construye la paz en las familias y en todos los grupos humanos.

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española; en especial a los fieles del Arciprestazgo de Aliste, así como a las Corales de Medina del Rioseco y de Tortosa y a los alumnos de los distintos colegios. A todos renuevo mi felicitación pascual y os confío a la protección de la Virgen María, Madre de la Misericordia y Reina de la Paz.