Juan Pablo II: «Nunca podré olvidar el entusiasmo de aquellos jóvenes»

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CIUDAD DEL VATICANO, 23 agosto (ZENIT.org).- Las Jornadas Mundiales de la Juventud del año 2000 han sido sin duda uno de los acontecimientos más importantes e inesperados de este pontificado. Juan Pablo II sigue todavía hoy emocionado. Así lo confesó durante la tradicional audiencia general que concedió en la mañana de este miércoles.



Buena parte de los 40 mil peregrinos presentes eran chicos y chicas, que con sus sombreros y pañuelos, quisieron volver a encontrarse con el pontífice. Y, durante unas dos horas, volvió a revivirse el ambiente del fin de semana pasado en Tor Vergata. El Papa les correspondió dedicando casi exclusivamente la intervención de este miércoles a los momentos que pasó con los dos millones de jóvenes.

La gran sorpresa
«Roma vivió, la semana pasada, un acontecimiento inolvidable», comenzó diciendo el Papa. «Mi mente vuelve a este encuentro verdaderamente extraordinario, que ha ido más allá de todas las expectativas y, diría incluso, más allá de toda expectativa humana».

El Santo Padre, recordó aquellos momentos en los que sobrevoló en helicóptero la inmensa explanada de Tor Vergata. «Pude admirar desde lo alto un espectáculo único e impresionante ---reconoció--: una enorme alfombra humana de gente en fiesta, felices al poder estar juntos. Nunca podré olvidar el entusiasmo de esos jóvenes. Habría querido abrazarles a todos y expresar a cada uno el cariño que me une a la juventud de nuestro tiempo, a la que el Señor confía una gran misión al servicio de la civilización del Amor».

Encuentro con Cristo
«¿Qué es lo que han venido a buscar estos jóvenes si no es a Jesucristo? --preguntó el Papa-- ¿Qué es la Jornada Mundial de la Juventud si no un encuentro personal y comunitario con el Señor, que dan auténtico sentido a la existencia humana?» Y respondió: «En realidad, ha sido él mismo (Cristo) el primero que los ha buscado y llamado, como busca y llama a todo ser humano para conducirlo a la salvación y a la felicidad plena. Y al final del encuentro, fue él quien confió a los jóvenes la singular misión de ser sus testigos en cada rincón de la tierra. Han sido días marcados por el descubrimiento de una presencia amiga y fiel, la de Jesucristo, de quien celebramos los dos mil años de su nacimiento».

Los jóvenes, «más allá de toda raza y cultura, se sienten hermanos unidos por una misma fe, una misma esperanza, y una misma misión: encender el mundo con el amor de Dios», aseguró el obispo de Roma.

«A todos los jóvenes quisiera repetir --concluyó el Papa--: tenéis que sentiros orgullosos con la misión que el Señor os ha confiado y llevarla adelante con humilde y generosa perseverancia».