Juan Pablo II, «peregrino» entre los peregrinos en Lourdes

Cumple con los gestos típicos de los millones de personas que visitan el santuario

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LOURDES, domingo, 15 agosto 2004 (ZENIT.org).- «Peregrino» entre los peregrinos, Juan Pablo II cumplió este sábado con algunos de los gestos más significativos que realizan todos los años unos seis millones de personas en Lourdes.



Tras ser recibido por el presidente Jacques Chirac y por los representantes de la Iglesia en Francia en el aeropuerto de Tarbes-Loudes, el primer lugar que el Santo Padre visitó en la ciudad mariana de los Pirineos, pasado ya el mediodía, fue la Gruta de Massabielle, escenario de las apariciones de María a Bernadette Soubirous, en 1858, acompañado por enfermos.

El Papa bebió el agua del manantial que le ofreció el rector del Santuario, el padre Raymond Zambelli, y se recogió en oración.

El cansancio de las horas de viaje y de la ceremonia de bienvenida le impidieron leer las palabras de saludo que había preparado para los enfermos. En su lugar, lo hizo el cardenal Roger Etchegaray, presidente emérito del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz.

«En mi ministerio apostólico --confesaba el Papa en ese mensaje--, siempre he tenido una gran confianza en la ofrenda, en la oración y en el sacrificio de los que sufren. Os pido que me acompañéis en esta peregrinación para presentar a Dios, por intercesión de la Virgen María, todas las intenciones de la Iglesia y del mundo».

Después, en la tarde, el Santo Padre participó junto a unas cien mil personas en una inédita meditación itinerante de los misterios luminosos del Rosario, que él mismo propuso a la contemplación de la Iglesia durante el año mariano celebrado con motivo del vigesimoquinto aniversario de su pontificado.

Abordo del papamóvil, el obispo de Roma se acercó a cinco lugares simbólicos de Lourdes, uno en cada misterio, en donde se encontraban grupos representativos de peregrinos.

El obispo de Tarbes-Lourdes, monseñor Jacques Perrier, ilustró los diferentes misterios, mientras que Jean Vanier, fundador de las comunidades del Arca, dirigió en cada etapa una emotiva y espontánea oración.

La procesión comenzó en el lugar más característico de Lourdes, las piscinas, en las que en el año 2003, 380.413 peregrinos se sumergieron en respuesta a la petición expresada por la Virgen a Bernadette Soubirous el 28 de febrero de 1858 : «Bebed del manantial y bañaos en él». En este lugar se encontraban los «hospitalarios», término con el que se conoce a quienes ayudan a los enfermos en Lourdes.

«Al arrodillarme aquí, ante la Gruta de Massabielle, siento con emoción que he llegado a la meta de mi peregrinación. Esta gruta, en la que se apareció María, es el corazón de Lourdes», dijo el pontífice en su intervención de introducción.

El segundo misterio de se celebró en la Tienda de la Adoración, que se erigió en 2001 en la Pradera ante la Gruta, donde se esperaban al Papa en oración los jóvenes. El tercer misterio tuvo lugar ante la Iglesia de Santa Bernadette, situada en el lugar aproximado en el que la muchacha recibió la primera aparición de la Virgen. En este lugar, junto al Papa, rezaron los enfermos.

El cuarto misterio de la luz se revivió ante la estatua de san Juan María Vianney, más conocido como el Cura de Ars, en la capilla de la Reconciliación. Acompañaron la oración del Santo Padre los sacerdotes y obispos presentes.

La meditación itinerante concluyó en el atrio de la catedral de Nuestra Señora del Rosario, lugar en el que esperaron al Papa acólitos (monaguillos) y personas que sirven al altar.

El Rosario concluyó con una oración que el Papa compuso encomendándose a la intercesión de la Virgen María, en la que le pidió «permanecer contigo junto a las innumerables cruces en las que tu Hijo todavía está crucificado».

La jornada del sábado concluyó en la noche con la «procesión de las antorchas» desde la Gruta de las Apariciones hasta la Basílica de Lourdes, que el sucesor del apóstol Pedro siguió desde la terraza de la Residencia de Nuestra Señora, en la que se descansó esa noche.

Al comenzar este emotivo acto de oración, él mismo leyó unas palabras para confiar a los peregrinos una «intención particular»: «invocad conmigo a la Virgen María», pidió a los peregrinos, «para que obtenga del mundo el don tan esperado de la paz».

«¡Que suscite en nosotros sentimientos de perdón y de fraternidad! ¡Que se depongan las armas y que se apague el odio y la violencia en nuestros corazones!», invocó.