Juan Pablo II plantea los desafíos del cristianismo en el nuevo milenio

Publica una carta apostólica al concluir el Jubileo

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CIUDAD DEL VATICANO, 6 ene 2001 (ZENIT.org).- La nueva evangelización, la unidad de los cristianos, la profundización del diálogo interreligioso, la defensa de la familia y el medio ambiente, así como la orientación ética de la biotecnología, son algunos de los grandes desafíos que esperan a los cristianos en el tercer milenio.



Lo afirma Juan Pablo II en la Carta Apostólica «Novo Millennio Ineunte» (El nuevo milenio que se abre), firmada, en un gesto sin precedentes, en la plaza de San Pedro del Vaticano, ante los más de cien mil peregrinos que fueron testigos del cierre de la puerta santa, ceremonia con la que ha concluido el gran Jubileo del año 2000.

Con esta carta apostólica, que ya en su título hace referencia a la «Tertio Millennio Adveniente» (1994), con la preparó el gran Jubileo del año 2000, el obispo de Roma pretende profundizar en la experiencia de estos 379 días de «gracia» que han convocado a la Iglesia a «ir mar adentro», según la orden que Jesús dio a Pedro, afrontando los desafíos del mundo.

En el primer capítulo --«El encuentro con Cristo, herencia del Gran Jubileo»--, Juan Pablo II repasa los principales acontecimientos del año jubilar, no tanto para hacer un balance, sino más bien para elevar un himno de alabanza y «descifrar», al mismo tiempo, los mensajes que el Espíritu de Dios ha enviado a la Iglesia a lo largo de este año de gracia.

De este modo, menciona algunos momentos significativos: desde el gran exordio ecuménico en la Basílica de San Pablo al intenso acto de «purificación de la memoria»; desde la peregrinación a Tierra Santa a los numerosos jubileo con las más diversas categorías de personas (niños, jóvenes, familias, discapacitados, gente del mundo del espectáculo...).

En el segundo capítulo --«Un rostro para contemplar»-- el sucesor de Pedro deja espacio a la contemplación. Antes de mirar hacia el futuro en términos inmediatamente operativos, invita a la Iglesia a profundizar en la contemplación del misterio de Cristo.

Este apartado, que no pretende ser un tratado de teología, se detiene en un primer momento a trazar el perfil histórico de Jesús, subrayando la veracidad y credibilidad de los documentos evangélicos, para sumergirse, a continuación, en la contemplación del rostro de Cristo, en la profundidad de su misterio divino-humano, que tras vivir el drama de la cruz, queda plasmado en el esplendor de la resurrección.

Los dos últimos capítulos afrontan directamente el programa que espera a los cristianos en el tercer milenio. El tercero -- «Caminar desde Cristo»-- insiste en la necesidad de orientar la pastoral cristiana hacia una experiencia de fe sólida, que haga florecer la santidad. El Papa exige plantearse ideales elevados y no contentarse con una religiosidad mediocre. La «nueva evangelización» --tantas veces invocada en estos años-- sigue siendo después del Jubileo más urgente que nunca.

De aquí la necesidad de hacer redescubrir la oración en toda la profundidad a la que la experiencia cristiana de Dios puede llevarla, sobre la base del rico patrimonio pastoral y místico de dos mil años de historia. Oración personal, pero sobre todo comunitaria, comenzando por la litúrgica, «fuente y culmen» de la vida eclesial.

Es significativa, la elocuencia con la que Juan Pablo II presenta el sacramento de la reconciliación. El Jubileo ha puesto de manifiesto, considera, que este sacramento, bien presentado y cultivado, es capaz de superar aquella crisis de la que parecía irremediablemente aquejado en los decenios pasados.

El cuarto y último capítulo --«Testigos del amor»-- afronta el desafío del testimonio cristiano en los albores del tercer milenio. Un testimonio, que no será creíble, si los católicos no están unidos, en «comunión», y si no caminan siguiendo la senda del ecumenismo hacia la plena unidad de los cristianos de las diferentes confesiones de la que la Iglesia goza ya misteriosamente en Cristo.

«¿Podemos quedar al margen ante las perspectivas de un desequilibrio ecológico, que hace inhabitables y enemigas del hombre vastas áreas del planeta? --se pregunta el pontífice en la carta-- ¿O ante los problemas de la paz, amenazada a menudo con la pesadilla de guerras catastróficas? ¿O frente al vilipendio de los derechos humanos fundamentales de tantas personas, especialmente de los niños?».

Y añade: «Se debe prestar especial atención a algunos aspectos de la radicalidad evangélica que a menudo son menos comprendidos, hasta el punto de hacer impopular la intervención de la Iglesia, pero que no pueden por ello desaparecer de la agenda eclesial de la caridad».

«Me refiero al deber de comprometerse en la defensa del respeto a la vida de cada ser humano desde la concepción hasta su ocaso natural --explica con gran sinceridad--. Del mismo modo, el servicio al hombre nos obliga a proclamar, oportuna e importunamente, que cuantos se valen de las nuevas potencialidades de la ciencia, especialmente en el terreno de las biotecnologías, nunca han de ignorar las exigencias fundamentales de la ética, apelando tal vez a una discutible solidaridad que acaba por discriminar entre vida y vida, con el desprecio de la dignidad propia de cada ser humano».

Para que el «testimonio cristiano» sea escuchado en el mundo, el Papa insiste en que «no se trata de imponer a los no creyentes una perspectiva de fe».

«La caridad se convertirá entonces necesariamente en servicio a la cultura, a la política, a la economía, a la familia, para que en todas partes se respeten los principios fundamentales, de los que depende el destino del ser humano y el futuro de la civilización».

Se trata, por tanto, de un desafío que el obispo de Roma confía especialmente a los laicos, sumergidos en el mundo. Un reto que se podrá alcanzar si no se cede a «la tentación de reducir las comunidades cristianas a agencias sociales».

En este sentido, los cristianos cuentan en su testimonio con la ayuda que ofrece el diálogo interreligioso: sin quitar nada al anuncio cristiano, el diálogo es una directriz importante para el crecimiento de todos en la búsqueda de la verdad y en la promoción de la paz, explica la carta.

Y como «signo» del compromiso de amor de los cristianos el Papa anuncia una decisión inesperada: Con las ofrendas recibidas en el año jubilar, una vez cubiertos los gastos, se realizará en Roma una obra que quiere ser símbolo de la floreciente caridad de la que la Iglesia universal debe continuar realizando en el nuevo milenio.

La Carta concluye afirmando que aunque la Puerta Santa se cierre, queda abierta más que nunca la «puerta viva» que es Cristo y que la Iglesia después de este año jubilar no vuelve a lo anodino, sino que le espera un nuevo impulso apostólico.