Juan Pablo II pone el milenio en manos de María

Conmovedora ceremonia ante la imagen de la Virgen de Fátima

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CIUDAD DEL VATICANO, 8 oct (ZENIT.org).- La Iglesia universal, representada por 1.500 obispos, reunidos en torno a Juan Pablo II, puso esta mañana en manos de la Virgen María el tercer milenio.



El Papa pronunció las solemnes palabras ante la imagen original de la Virgen de Fátima, que había sido traída a la plaza de San Pedro del Vaticano para esta ocasión. En el centro de la corona, se podía ver la bala que a punto estuvo de quitar la vida al pontífice el 13 de mayo de 1981. En la mano, estaba el anillo que el cardenal Stephan Wiszinski entregó al Papa Wojtyla el día de su elección y que el Santo Padre entregó a la Virgen el 12 de mayo pasado, durante su peregrinación a Fátima.

La plaza de San Pedro estaba llena hasta los topes. Los peregrinos comenzaron a llegar a primeras horas de la mañana. Un entusiasta aplauso acogió la imagen de la Virgen, traída en una procesión seguida por Juan Pablo II. No es fácil describir el entusiasmo y la alegría de la gente, cuando la estatua de la Virgen recorría los espacios de la plaza de San Pedro que habían quedado libres para que pudiera pasar: los rostros radiantes de quienes agitaban pañuelos contrastaban con las lágrimas de personas conmovidas. El sucesor de Pedro tampoco escondió su conmoción.

En la homilía, Juan Pablo II definió el espectáculo de fe y oración que tenía delante de él como un «gran cenáculo». Dirigió, ante todo, unas palabras especiales a los obispos, que en este día celebraban su Jubileo. Ha sido la reunión de obispos más grandes después del Concilio Vaticano II, clausurado hace más de 35 años.

«Ante el relativismo y el subjetivismo que contaminan buena parte de la cultura contemporánea --dijo--, los obispos están llamados a defender y promover la unidad doctrinal de sus fieles. Atentos a toda situación en que se pierde o ignora la fe, trabajan con todas las fuerzas a favor de la evangelización, preparando con este objetivo a los sacerdotes, religiosos y laicos».

Pero el momento más esperado vino al final: «Radio Vaticano» lo ha definido como una «especie de zenit» del año santo. A mediodía, el pontífice pronunció el acto de entrega de la humanidad entera a la Virgen María en la aurora del tercer milenio.

El Papa se hizo intérprete de todos los pastores del mundo al pedir a María su protección materna, implorando con confianza su intercesión ante los desafíos que esconde el porvenir: «Hoy queremos confiarte el futuro que nos espera, rogándote que nos acompañes en nuestro camino. Somos hombres y mujeres de una época extraordinaria, tan apasionante como rica de contradicciones».

«La humanidad posee hoy instrumentos de potencia inaudita --continuó diciendo el Santo Padre--. Puede hacer de este mundo un jardín o reducirlo a un cúmulo de escombros. Ha logrado una extraordinaria capacidad de intervenir en las fuentes mismas de la vida: Puede usarlas para el bien, dentro del marco de la ley moral, o ceder al orgullo miope de una ciencia que no acepta límites, llegando incluso a pisotear el respeto debido a cada ser humano».

«Hoy, como nunca en el pasado, la humanidad está en una encrucijada. Y, una vez más, la salvación está sólo y enteramente, oh Virgen Santa, en tu hijo Jesús», proclamó el Papa recordando el significado profundo de este Jubileo.

El Santo Padre confió a la Madre de Dios a todos los hombres, comenzando por los más débiles: «a los niños que aún no han visto la luz y a los que han nacido en medio de la pobreza y el sufrimiento; a los jóvenes en busca de sentido, a las personas que no tienen trabajo y a las que padecen hambre o enfermedad. Te encomendamos a las familias rotas, a los ancianos que carecen de asistencia y a cuantos están solos y sin esperanza».

«Oh Madre, que conoces los sufrimientos y las esperanzas de la Iglesia y del mundo --concluyó--, ayuda a tus hijos en las pruebas cotidianas que la vida reserva a cada uno y haz que, por el esfuerzo de todos, las tinieblas no prevalezcan sobre la luz».

Al final, cuando la Virgen fue llevada a la Basílica de San Pedro, Juan Pablo II se fue subido en el «papamóvil», saludando a los miles de peregrinos que agitaban sus pañuelos. La gran mayoría, sin embargo, no se fue. Miles de personas esperaron el tiempo necesario, a veces horas, para poder ver quizá por última vez en Roma la imagen de la Virgen que mañana regresará a Portugal.