Juan Pablo II: ¿Por qué podemos dirigirnos a Dios como «Papá»?

Intervención durante la audiencia general de este miércoles

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CIUDAD DEL VATICANO, 20 sep (ZENIT.org).- Una de las grandes diferencias entre el cristianismo y las demás religiones está en que el creyente se dirige a Dios con la expresión «Papá». Para algunos credos algo así podría parecer una blasfemia. Para el cristiano constituye la esencia misma de su experiencia de Dios, la gran novedad traída por Cristo. Juan Pablo II dedicó su intervención durante la audiencia general a explicar como esto es posible. Ofrecemos la intervención íntegra del Santo Padre.



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1. Hemos comenzado nuestro encuentro bajo con una impronta trinitaria, delineada de manera incisiva y luminosa gracias a las palabras del apóstol Pablo en la carta a los Gálatas (cf. 4, 4-7). El Padre, al infundir en el corazón de los cristianos el Espíritu Santo, realiza y revela la adopción filial que Cristo ha alcanzado para nosotros. El Espíritu, de hecho, «se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios» (Romanos 8, 16). Con la mirada fija en esta verdad, como estrella polar de la fe cristiana, meditaremos en algunos aspectos existenciales de nuestra comunión con el Padre a través del Hijo en el Espíritu.

Cristo, camino al Padre
2. La manera típicamente cristiana de considerar a Dios pasa siempre a través de Cristo. Él es el Camino y nadie va al Padre si no es por él (cf. Juan 14, 6). Al apóstol Felipe que le implora: «Muéstranos al Padre y nos basta», Jesús declara: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14, 8-9). Cristo, el Hijo predilecto (cf. Mateo 3, 17; 17, 5), es quien revela por excelencia al Padre. El verdadero rostro de Dios se nos revela sólo en aquel que «está en el seno del Padre». La expresión original en griego del Evangelio de Juan (cf. 1, 18) indica una relación íntima y dinámica de esencia, de amor, de vida del Hijo con el Padre. Esta relación del Verbo eterno involucra a la naturaleza humana que él asumió en la encarnación. Por este motivo, en la óptica cristiana, la experiencia de Dios no puede quedar reducida nunca en un genérico «sentido de lo divino», ni puede considerarse la mediación de la humanidad de Cristo como algo superable, como lo han demostrado muy bien los grandes místicos, como san Bernardo, san Francisco de Asís, santa Catalina de Siena, santa Teresa de Ávila, y tantos enamorados de Cristo de nuestro tiempo, desde Charles de Foucauld hasta santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein).

La experiencia cristiana pasa por el Evangelio
3. Varios aspectos del testimonio de Jesús sobre el Padre se reflejan en toda experiencia cristiana auténtica. Él testimonio ante todo que el Padre se encuentra en el origen de sus enseñanzas: «Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado» (Juan 7, 16). Lo que ha dado a conocer es exactamente lo que «ha escuchado» al Padre (cf. Juan 8, 26; 15, 15; 17, 8.14). La experiencia cristiana de Dios sólo puede desarrollarse, por tanto, en coherencia total con el Evangelio.

«Abbá», Padre
Cristo ha testimoniado con eficacia también el amor del Padre. En la estupenda parábola del hijo pródigo, Jesús presenta al Padre en espera de que el hombre pecador regrese a sus brazos. En el Evangelio de Juan, insiste en el hecho de que el Papa ama a los hombres: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Juan 3, 16). Y más tarde añade: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Juan 14, 23). Quien hace verdaderamente la experiencia del amor de Dios, no puede dejar de repetir con una emoción nueva la exclamación de la primera carta de Juan: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!». (1 Juan 3, 1). Desde esta perspectiva podemos dirigirnos a Dios con la invocación tierna, espontánea, íntima, «Abbá», Padre. Sale constantemente de los labios del fiel que se siente hijo, como nos recuerda san Pablo en el texto que ha abierto nuestro encuentro (cf. Gálatas 4, 4-7).

Vida divina
4. Cristo nos da la vida misma de Dios, una vida que supera el tiempo y nos introduce en el misterio del Padre, en su alegría y luz infinita. Lo testimonia el evangelista Juan, al transmitir las sublimes palabras de Jesús: «Como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo» (Juan 5, 26). «Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día... Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí» (Juan 6, 40.57).

El hombre vive en Dios
Esta participación en la vida de Cristo, que nos hace «hijos en el Hijo», se hace posible gracias al don del Espíritu. El apóstol nos presenta, de hecho, nuestra condición de hijos de Dios en unión íntima con el Espíritu Santo: «todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios» (Romanos 8, 14). El Espíritu nos pone en relación con Cristo y con el Padre: «Por este Espíritu, que es el don eterno, Dios uno y trino se abre al hombre, al espíritu humano. El soplo oculto del Espíritu divino hace que el espíritu humano se abra, a su vez, a la acción de Dios salvífica y santificante [...]. En la comunión de gracia con la Trinidad se dilata el "área vital" del hombre, elevada a nivel sobrenatural por la vida divina. El hombre vive en Dios y de Dios: vive "según el Espíritu" y "desde lo espiritual"» («Dominum et vivificantem», n. 58).

Como un pajarillo
5. Dios muestra verdaderamente su rostro paterno al cristiano iluminado por la gracia del Espíritu. Puede dirigirse a él con la confianza que santa Teresa de Lisieux testimonia en este intenso pasaje autobiográfico: «El pajarillo quisiera volar hacia ese Sol radiante que encandila sus ojos; quisiera imitar a sus hermanas, las águilas, a las que ve elevarse hacia el foco divino de la Trinidad [...]. Pero, ¡ay!, lo más que puede hacer es alzar sus alitas, ¡pero eso de volar no está en su modesto poder! [...]. Con audaz abandono, quiere seguir con la mirada fija en su divino Sol. Nada podrá asustarlo, ni el viento ni la lluvia» («Manuscrits autobiographiques», París 1957, p. 231).