Juan Pablo II proclama la santidad de tres grandes misioneros

En una larga celebración eucarística en la que se impuso al propio cansancio

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CIUDAD DEL VATICANO, 5 octubre 2003 (ZENIT.org).- Juan Pablo II canonizó en el marco de una larga celebración eucarística de más de dos horas de duración a tres misioneros que han dejado una huella particular en la historia de la Iglesia del siglo XIX e inicios del siglo XX.



Ante los 30.000 peregrinos de los cinco continentes presentes en la plaza de San Pedro del Vaticano, el Papa constató que con su ejemplo los nuevos santos recuerdan que «todo cristiano es enviado en misión, pero para ser auténticos testigos de Cristo es necesario buscar constantemente la santidad».

Entre los tres nuevos santos se encuentra Daniele Comboni (1831-1881), italiano, primer obispo de África Central, fundador de los misioneros y misioneras combonianos, considerado como uno de los más grandes evangelizadores de la historia del continente africano, quien vivió su vida con el lema «Salvar África por medio de Africa».

Otro de los nuevos santos, que también dio vida a una familia misionera, es Arnold Janssen (1837-1909), sacerdote alemán, fundador de la Sociedad del Verbo Divino, de las misioneras Siervas del Espíritu Santo y de las Siervas del Espíritu Santo de Adoración Perpetua.

Por último, el Santo Padre canonizó a Josef Freinademetz (1852-1908), uno de los primeros seguidores del padre Janssen, como sacerdote en la Sociedad del Verbo Divino, quien desarrolló una intensa labor misionera en China donde se consideraba «chino entre los chinos».

La existencia de estos tres misioneros «pone de manifiesto que el anuncio del Evangelio constituye el primer servicio que la Iglesia puede ofrecer a cada hombre y a toda la humanidad», afirmó el Papa en la homilía de la que leyó algunos pasajes en italiano.

Las evocaciones de los dos misioneros verbitas que había preparado para la misma en alemán fueron leídas por un sacerdote para evitarle un ulterior cansancio, pues en las últimas semanas ha experimentado dificultades para articular con claridad.

A pesar de estos problemas, el pontífice manifestó una cierta mejoría, con respecto incluso a las condiciones en que recibió el sábado anterior al arzobispo de Canterbury, Rowan Williams.

El Santo Padre se impuso al propio cansancio y quiso dar personalmente la comunión a unas treinta personas. La fórmula de canonización la pronunció con voz clara, aunque temblorosa, y tras el esfuerzo que le había impuesto la homilía, recuperó energía al final de la misa, en sus saludos a los peregrinos.

Los peregrinos, particularmente al inicio y al final de la misa, alentaron al Papa con largos aplausos que querían convertirse en un signo de aliento.

La celebración estuvo caracterizada por los cantos y danzas de cristianos sudaneses (san Daniele Comboni tenía su residencia en Jartum), que vinieron a Roma acompañados por su arzobispo, monseñor Grabriel Zubeir Wako, a quien el Papa creará cardenal el próximo 21 de octubre.

Antes de rezar la oración mariana del «Angelus», el Santo Padre invitó a los peregrinos reunidos en una mañana de viento y nubes a invocar a la Virgen María, particularmente en este mes de octubre en el que concluye el año del Rosario, y recordó precisamente que, «si Dios quiere», el próximo martes acudirá en peregrinación al Santuario de la Virgen del Rosario de Pompeya.