Juan Pablo II: Una nueva primavera para la Iglesia en la ex Unión Soviética

Recibe a los obispos de repúblicas surgidas del antiguo imperio comunista

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CIUDAD DEL VATICANO, 9 feb 2001 (ZENIT.org).- Juan Pablo II impulsó esta mañana el renacimiento la Iglesia católica en las cenizas de lo que fue la antigua Unión Soviética, al concluir una serie de encuentros que ha mantenido en estos días con los obispos de esas tierras divididas ahora en varias repúblicas.



En los encuentros han participado obispos y sacerdotes de Rusia, Armenia, Georgia, Azerbaiyán, Tayikistán, Kirguizistán, Turkmenistán, Mongolia y Uzbekistán. Nueve países surgidos de la Unión Soviética o al menos unidos por el largo y doloroso monopolio político del marxismo militante.

Después de haber escuchado durante esta semana, en diálogos personales, los problemas e inquietudes de los pastores de esas Iglesias, el Papa quiso dirigirles esta mañana unas reflexiones en tres mensajes para cada una de las tres Conferencias Episcopales que conforman la región: la del Cáucaso, la de Asia Central y la de Rusia.

El mensaje más amplio está dirigido a monseñor Tadeusz Kondruszewicz, obispo católico de Moscú, y a los otros tres administradores apostólicos de la Federación Rusa. El Papa, escribiendo en ruso, idioma que aprendió en el seminario, no se queda en la constatación de los dramáticos efectos del ateísmo militante, sino que menciona también los esfuerzos de la Iglesia local, que ha tenido que traducir, por ejemplo, toda la liturgia, el catecismo, y el magisterio papal, acercando así por primera vez desde hace décadas a los hombres y mujeres rusos la enseñanza de la Iglesia católica.

Tras haber perdido prácticamente a todos sus sacerdotes rusos, en tiempos del invierno soviético, la Iglesia, constató, tiene ahora entre sus prioridades la formación de un clero nacido en Rusia (el renacimiento católico en estas tierras se debe sobre todo a misioneros extranjeros) capaz de «comprender en profundidad la mentalidad y la herencia del gran pueblo al que pertenecen».

La otra gran prioridad propuesta por el Papa a los obispos católicos rusos es la ayuda a la familia, destrozada en ese país por «la desolación espiritual y moral dejada en herencia por el siglo que acaba de transcurrir». «Abrid [a las familias] los tesoros de la misericordia divina y partid para ellas el pan de la verdad de Cristo», les explicó a los prelados. «Esta es la gran acción apostólica que estáis llamados a llevar adelante con aquellos que Dios ha puesto a vuestro lado: sacerdotes, personas consagradas y laicos colaboradores».

Por último, el Papa no dejó de mencionar el diálogo con la Iglesia ortodoxa rusa, que en ocasiones experimenta tensiones, pues ésta última ve a los católicos como seres extraños en la Gran Madre Rusia de religión ortodoxa. Recomendó a los obispos entablar un «diálogo respetuoso» y «paciente».

«Por ello --añadió--, buscad aquello que favorece una comprensión recíproca y, cuando sea posible, la colaboración». Como regla concreta regla de diálogo ecuménico les dejó la fórmula acuñada por Juan XXIII, quien solía repetir: «es mucho más lo que nos une que lo que nos separa».

A las Iglesias del Cáucaso, por su parte, Juan Pablo II les recomendó difundir una cultura nueva, basada en el respeto de los demás, y en el reconocimiento de la primacía de Dios y de los valores del espíritu. A los prelados de estos países, que sufren una aguda crisis económica, les recordó, entre otras cosas, la opción preferencial de la Iglesia por los pobres.

Por último, al dirigirse a las pequeñas pero prometedoras comunidades de Asia Central, donde los cristianos son una exigua minoría, en sociedades islámicas, el pontífice consideró que ha llegado la hora de la esperanza. Tras el período de la persecución y el martirio, para estas jóvenes Iglesias comienza una tímida primavera, dijo. Eso sí, el obispo de Roma reivindicó para estos cristianos un reconocimiento jurídico que respete su libertad, algo que no siempre se da en la práctica en esas tierras, donde el registro de las comunidades católicas encuentra con frecuencia problemas.