Juan XXIII y Benedicto XVI

Algunas confluencias

Málaga, (Zenit.org) Isabel Orellana Vilches | 1741 hits

Muchas reflexiones y opiniones se han vertido estos días respecto a la noticia que saltó a los titulares de todo el mundo el pasado 11 de febrero. Siempre me ha conmovido la generosidad de las personas que tienen cierta edad y que lejos de buscar un lugar donde reclinar su cabeza, como ha hecho Benedicto XVI estos años, y antes sus predecesores, han antepuesto el bien de la Iglesia al suyo propio. Juan XXIII y él, me parece, confluyen en algunas circunstancias. Y como este espacio es limitado, me permito señalar unas pocas que ofrece la historia como sentido homenaje a este amado pontífice que nos seguirá alumbrando con su oración.

Caracterizados ambos por su bondad y por un pontificado breve, el del primero algo más que el de Benedicto XVI, los dos accedieron a la Silla de Pedro prácticamente a la misma edad. El beato Juan tenía 77 años en ese momento y el actual pontífice 78. El “papa bueno” sucedía a Pío XII, que había estado al frente de la Iglesia 19 años, y otro tanto le sucedía a Benedicto XVI con su predecesor Juan Pablo II, 27 años, el tercer pontificado más largo de la historia. Tanto Pío XII como Juan Pablo II, cada uno en su estilo, tenían una personalidad llena de magnetismo que no dejó a nadie indiferente. Pacelli, que procedía de la nobleza, era brillante, lúcido, enérgico. Afrontó situaciones políticas complejas, frecuentemente incomprendidas y sacadas de contexto, que se han ido clarificando, pero lo cierto es que tenía carácter y carisma. Y de Wojtyla, ¿qué se puede añadir que no se haya dicho ya? Por cercanía histórica hemos sido testigos de su fuerza arrolladora, de su energía, de una lucidez espectacular aún en medio de su enfermedad, y de esa capacidad singular para llegar al corazón de masas compuestas por personas de todas las edades. Ha sido admirado por creyentes y no creyentes, aclamado hasta la saciedad.

Pues bien, en estos dos siglos, el XX y el XXI, que formaron parte de las vidas de estos grandes hombres, los ciudadanos del mundo se habían acostumbrado a su presencia y, tras su desaparición, el sucesor no lo tenía fácil. Porque el imaginario colectivo ya había interiorizado sus rasgos. Al  tratarse de personas públicas habitualmente presentes en todos los hogares a través de los medios de comunicación, cada uno se había formado su arquetipo, la idea de cómo debería ser el nuevo pastor de la Iglesia. De modo que las comparaciones, algo ordinario en la vida, en este caso parecían inevitables. Además, la alta notoriedad de un papa no se ciñe al acontecer de millones de católicos. También los que se declaran no creyentes están atentos al proceso electoral que nuevamente se pone en marcha en estos días en la Iglesia. Y, como estamos viendo ahora, todos tienen algo que decir para bien y para mal.

En este panorama, la elección de Juan XXIII, y en su momento la de Benedicto XVI, se produjo ante la expectación de un mundo que, aunque solo fuera por la edad a la que tomaron sobre sus hombros tan alta misión, no les arrogaba más que un gobierno, en cierto modo anodino, o de transición, como fue calificado directamente el del “papa bueno”. Éste era un hombre realista. Por eso dijo de sí mismo: «No puedo mirar demasiado lejos en el tiempo». Y ese escaso periodo del que dispuso, lo aprovechó como nadie. Nada hacía presagiar lo que iba a dar de sí su pontificado. Pero vista la historia retrospectivamente se calibra el error de tantos juicios precipitados y suposiciones ancladas en ideas sin fundamento. La edad no tiene por qué ser un condicionante ni impedimento para nada. Es una etapa venerable, donde las canas son, digámoslo así, un plus, un signo de lo mucho que se ha vivido. Y aunque solo fuera por experiencia acumulada, en la que se presupone lucha y entrega a raudales, es digna de altísimo respeto y gratitud. Y prueba de que la edad no constituye ningún veto, el flamante Juan XXIII a los tres meses de su pontificado, el 25 de enero de 1959, convocaba el Concilio Vaticano II.

Y Benedicto XVI, que al tomar posesión reconoció también hallarse impresionado ante una misión como la que había recaído sobre su persona, circunstancia a la que aludí el otro día en este mismo espacio, se ha desvivido noche y día para alumbrar a la Iglesia. Y contra todo vaticinio, después de haber trabajado con ahínco por el reino de Dios, el pasado 11 de febrero presentaba su renuncia. Un paso que otros no se plantearon y que teniendo en cuenta de qué modo lo ha dado, libre y conscientemente, sabiendo lo que ello iba a suponer, no cabe duda de que es una prueba de valentía que no siempre se presupone en personas que ya suman respetables años. Esta decisión, como fue la convocatoria del Vaticano II, aún con su carácter diverso, son dos hitos de histórica envergadura sin parangón que han hecho circular ríos de tinta. Al igual que sucedió con el primer acontecimiento, que abrió nuevos caminos en la Iglesia, también lo hará la decisión del papa actual. Y todo ello, ¿qué nos quiere decir? Simple y llanamente que es el Espíritu Santo el que la conduce. El hecho de que la elección de un pontífice se produzca dentro de un proceso electoral que tiene una dinámica propia, y en el que intervienen personas que muestran sus acuerdos y diferencias –o preferencias, si se quiere decir así–, con sus aciertos y errores, no hay que temer: la mano de Dios está sobre todos ellos. Y el elegido es el que realmente necesita la Iglesia en ese momento histórico del que se trate. Lo mismo que Juan XXIII era el que convenía en 1958, le ocurrió a Benedicto XVI en 2005.

Ambos han tenido un pontificado breve pero intensísimo. Pasarán a la historia por haber impreso en tan breve periodo la huella de un innegable carisma que se ha manifestado en multitud de documentos, definiciones, declaraciones, intervenciones en toda clase de estamentos, pero, sobre todo, por haber entregado lo mejor de sí mismos a la Iglesia. Amabilidad, cortesía, humildad, modestia, sencillez y buen sentido del humor son rasgos que ambos comparten. Juan XXIII ha sido el papa de la paz. También Benedicto XVI tiene ese mismo anhelo de paz y reconciliación, inserto incluso en su emblema pontifical. Además, cuando trazó las líneas que deseaba seguir al presentarse al mundo por vez primera el año 2005, subrayó este afán: «poner mi ministerio al servicio de la reconciliación y de la armonía entre los hombres y los pueblos, profundamente convencido que el gran bien de la paz es sobre todo don de Dios, don frágil y precioso que debe ser invocado, tutelado y construido día tras día con el aporte de todos». Ya se sabe que lo que se declara en ese primer y emotivo instante tanto para el elegido como para el mundo que le escucha con suma atención, jamás se olvida. Y aunque no se haya dispuesto del tiempo preciso para pensar en esas primeras palabras que acompañan al saludo inicial, como de la abundancia del corazón habla la boca, evidentemente eso que se dice no es fruto de la improvisación, sino que está bien anclado en el interior.

Los dos, Juan XXIII y él, han intervenido queriendo pacificar al mundo siempre golpeado por conflictos bélicos. Ambos son profetas de paz. Han compartido la certeza de que el diálogo disuelve toda tensión y han dado pruebas fehacientes de ello buscando el consenso aún en situaciones difíciles. Debo terminar dejando abierta esta vía para seguir profundizando en ella, pero no sin recordar que cuando Juan XXIII decidió convocar el concilio, hizo notar a su secretario Capodevilla: «No hay que preocuparse de sí mismo y de quedar bien. En la concepción de las grandes empresas basta con el honor de haber sido providencialmente invitados. Hemos sido llamados a poner en marcha, no a concluir». Podría decirse que este es el espíritu de Benedicto XVI. Y en este saberse retirar a tiempo hay una dosis de generosidad que no puede medirse en manera alguna. Es el signo de una grandeza que la historia se ocupará de juzgar, y por la que incontables personas ya damos gracias al Padre, que nos ha concedido el don de tener a un papa como él, con su talla humana y espiritual, todos estos años al frente de nuestras vidas. Benedicto XVI te amamos y lo seguiremos haciendo. Gracias de todo corazón.