Jubileo de los científicos: nuevo horizonte en el diálogo fe y ciencia

Conclusiones inesperadas del histórico encuentro

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CIUDAD DEL VATICANO, 7 junio (ZENIT.org).- «Relanzar con esperanza el dialogo con la ciencia, en una cultura dominada por los desafíos de la tecnología». Con estas palabras, el cardenal Paul Poupard, presidente del Pontificio Consejo de la Cultura --el «ministro de la cultura» del Papa-- sintetiza el objetivo de la histórica celebración en el Vaticano, del 23 al 25 de mayo, del Jubileo del Mundo de la Investigación y de la Ciencia, el jubileo de los científicos. Histórica, ciertamente, pues hasta ahora, en la larga historia de los años santos, no se había producido un acontecimiento semejante.



La jornada jubilar estuvo precedida por un Congreso Internacional, con el título «El hombre en busca de la verdad: Ciencia, Filosofía y Teología», celebrado del 23 al 24 en el Aula del Sínodo del Vaticano. Algunos de los temas clave que se fueron suscitando a lo largo de los dos días de reflexión y debate dominarán sin duda la nueva fase del diálogo entre la ciencia y la fe.

Preguntas éticas
En el centro de las preocupaciones del congreso ha estado la persona humana. Así lo puso de manifiesto el hecho de que los temas que suscitaron una discusión más viva iban desde la cuestión del lugar del hombre en el proceso evolutivo a la de la inteligencia artificial, los dilemas implicados en la investigación biogenética y en la clonación de células humanas. Sin embargo, el diálogo entre ciencia y fe no puede limitarse a resolver las candentes cuestiones éticas que la ciencia plantea a la religión, aun cuando se trate del campo de la bioética. Ni se trata tampoco sólo de invocar la ayuda de la religión para evitar el uso inhumano de la ciencia y la tecnología que ha conducido en el siglo XX a Auschwitz, Hiroshima o Chernobyl. Se requiere --dijeron los participantes en el encuentro-- un diálogo sistemático de orden epistemológico, que delimite los campos de competencia, el alcance y los límites de cada disciplina, para el cual es necesaria la mediación de la filosofía, ya que es ésta quien proporciona las herramientas conceptuales y el marco epistemológico imprescindibles.

Un encuentro poco académico
Los organizadores han querido alejarse del modelo habitual en este tipo de encuentros que suele consistir en una fastidiosa e interminable sucesión de conferencias, buscando en cambio subrayar el vínculo entre el aspecto intelectual y el religioso. Para ello, se redujo al mínimo el número de intervenciones de los relatores, dejando mayor espacio a la libre discusión, y comenzando cada sesión con una meditación preparada y guiada por uno de los participantes: Robert Sokolowski, especialista en el campo del diálogo ciencia-fe de Georgetown University; Peter Hodgson, astrofísico retirado de la Universidad de Oxford; monseñor Elio Sgreccia, vicepresidente de la Pontificia Academia para la Vida; la señora Hanna Suchocka, Ministra polaca de Justicia. El hecho de que las meditaciones fueran propuestas por laicos, proporcionó un ambiente diferente al encuentro, y contribuyó a subrayar de un modo natural el vínculo entre las reflexión intelectual y la persona de Jesucristo, que es el centro del Jubileo.

La mayor parte de los asistentes procedía de Europa y Norte América, con una representación de países de América del Sur (Chile, Brasil), de Oriente Medio (Egipto, Líbano) y un número reducido de África, Asia y Australia. La mayor parte de los conferenciantes y asistentes eran católicos practicantes. Sin embargo, desde el comienzo se decidió dar la máxima apertura al Congreso, sin restricciones de tipo confesional, de modo que uno de los relatores era ministro de una Iglesia Protestante, y no faltaron entre los asistentes, un pastor luterano de la Iglesia sueca, profesor de Física en Lund, y una pastora de la Iglesia de Inglaterra, socióloga en la Universidad de Nottingham.

Es sólo una muestra del variopinto grupo, altamente cualificado, que tomó parte activa en los debates. Si la solemnidad del lugar --el Aula donde se reúnen los obispos durante el Sínodo--, parecía imponer un cierto respeto a algunos de los participantes, el buen humor e incluso las risas durante los debates, especialmente en el abundante coloquio con John Searle (Universidad de Berkeley, California) disiparon cualquier temor acerca de restricciones a la libertad de expresión en el Vaticano. Efectivamente, el debate ha sido franco, en ocasiones muy animado, de altísimo nivel, siempre constructivo y correcto.

El 24 por la tarde tuvo lugar un encuentro entre algunos miembros del Consejo de la Cultura, presididos por el cardenal Poupard y diversas instituciones romanas, europeas y americanas que trabajan en el campo del diálogo ciencia-fe, aprovechando su presencia en el Jubileo. Se trataba de presentar y coordinar el lanzamiento, fuera del área anglo norteamericana, de tres interesantes proyectos nacidos en Estado Unidos. El cardenal los acogió como una excelente ocasión para fomentar el diálogo y la coordinación de esfuerzos en este campo, más allá de las fronteras confesionales, que constituye uno de los objetivos del Jubileo.

Científicos en el confesionario
El aspecto espiritual del Jubileo tuvo dos momentos importantes: una liturgia penitencial la tarde del 24 y la celebración eucarística al día siguiente en la Basílica de San Pedro. La celebración penitencial había despertado el interés de la prensa, con especulaciones acerca de una posible petición de perdón por los pecados cometidos por la Iglesia en su relación con la ciencia. En realidad, se trató de un sencillo pero elocuente acto: escuchando la Palabra de Dios y acercándose a la confesión, hombres y mujeres eminentes del mundo de la investigación, despojándose de sus seguridades, se convirtieron ante Dios en mendigos necesitados de misericordia. En la homilía de la misa, el cardenal Poupard destacó la apertura y el respeto de la Iglesia hacia la investigación científica, trazando una nítida línea de separación respecto a los temores y desconfianzas de antaño. Añadió: «¿Qué significa decir que estamos en manos de Dios?». «¿Quiere decir que la investigación científica está sujeta a alguna oscura forma de control que amenaza su autonomía e impone límites intolerables a la libertad del hombre, restringiéndola a una pequeña parcela? Si es así, la investigación no carece de sentido, se empobrece, es una pérdida de tiempo? … Pero no es así». Dios quiere que los talentos -- incluida la búsqueda de conocimiento implícita en toda investigación seria-- sean usados por personas que «se convierten ellos mismos en un don para sus compañeros».

Al acabar la celebración eucarística, el profesor Nicola Cabibbo, presidente de la Academia Pontificia de las Ciencias, --que cuenta entre sus miembros más de 40 premios Nobel-- se dirigió al Papa en nombre de la comunidad científica, agradeciéndole su empeño en defender la autonomía y el valor de la investigación científica, al tiempo que expresó su esperanza de que la ciencia pueda recuperar su originaria vocación sapiencial, superando la trágica división entre la ciencia y la conciencia.

El Papa saludó a los participantes en el Jubileo, y expresó y admiración por su trabajo en las diversas disciplinas que representaban. Invitó a los presentes a mantener la mente abierta, para «pasar del fenómeno al fundamento, de la experiencia a la reflexión especulativa». Reiteró el aprecio de la Iglesia hacia la ciencia y añadió en español: «La fe no tiene miedo de la razón… Si en el pasado la separación entre fe y razón ha sido un drama para el hombre, que ha conocido el riesgo de perder su unidad interior bajo la amenaza de un saber cada vez más fragmentado, vuestra misión consiste hoy en proseguir la investigación, convencidos de que, para el hombre inteligente todas las cosas se armonizan y concuerdan».

Al final del encuentro, los participantes en el Jubileo regalaron al Papa un telescopio, símbolo de la más alta aspiración del hombre, en la que convergen ciencia y fe, el deseo de conocer el mundo y el anhelo de ver a Dios, como dijo el cardenal Poupard, citando el salmo 18, «los cielos proclaman la gloria de Dios».