Kirguistán la Iglesia renace con 600 católicos

Declaraciones de su obispo, monseñor Nikolaus Messmer

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CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 2 octubre 2008 (ZENIT.org).- Las obras de caridad constituyen el lenguaje con el que testimonian su fe los 600 bautizados en el seno de Iglesia católica en la antigua república soviética de Kirguistán, país de mayoría musulmana.

Lo ha explicado en Roma el obispo Nikolaus Messmer, S.J., administrador apostólico desde 2006 de este país de algo más de cinco millones de habitantes, que cuenta con un 75% de musulmanes y un 20% de ortodoxos rusos.

En una entrevista concedida al diario vaticano "L'Osservatore Romano" el 2 de octubre, con motivo de la quinquenal visita "ad limina apostolorum", el prelado presenta una radiografía de la vida de esta comunidad católica compuesta en su mayoría por descendientes de deportados alemanes en las repúblicas ex soviéticas.

En su capital Bishkek no existe ni una sola iglesia católica. Este país sólo tiene tres parroquias, siete sacerdotes y tres religiosas.

"Durante la época de la Unión Soviética todo lo controlaba el partido comunista. Los católicos tenían pocas oportunidades de manifestar su vida religiosa. Además tenían poco contacto con personas de otro credos", afirma el prelado.

Hoy, explica, "tenemos pocas posibilidades de mantener relación con otras religiones. Quizás la única excepción es con los luteranos. Con los ortodoxos y los musulmanes es muy difícil establecer una relación significativa", informa el prelado.

El obispo cuenta que anunciar la palabra de Dios en medio de los musulmanes es una labor prácticamente imposible: "nos limitamos, a la asistencia a los católicos, a un apostolado de presencia".

La pequeña comunidad católica realiza su servicio sobre todo en el ámbito social, aclara: "con la caída de la antigua Unión Soviética, Kirguistán era una de las repúblicas más pobres de la ex Unión. Hoy nada ha cambiado de verdad. Por esto los problemas sociales son muy grandes".

"Buscamos ayudar donde podemos: sostenemos a los pobres, los enfermos, organizamos comedores para los niños, visitamos a las personas en los asilos para ancianos y en las cárceles. Organizamos campamentos de verano para los jóvenes", revela.

El prelado, de 53 años, hijo de san Ignacio de Loyola, reconoce que su formación jesuita ha orientado su misión, que se ha desarrollado en el pasado también en Siberia.