La alegría del evangelio: invita a incluir también en el campo económico

La inequidad social agravada por la corrupción genera exclusión. Las acusaciones de marxismo demuestra que ni han leído la exhortación

Roma, (Zenit.org) H. Sergio Mora | 896 hits

En la Unión Europea un país como Luxemburgo tiene un Producto Interno Bruto de 255.000 millones de euros, mientras que el PIB de Rumanía es de 35.000 millones euros. La renta per cápita a nivel mundial oscila de los casi 50.000 de Estados Unidos, y los 40.000 de Japón, a los 1.300 de Haití o a los 94 del Congo.

Cifras que para ser entendidas tienen que ser vistas a través de ciertos parámetros de interpretación, pero que en cuanto números no son opiniones. Y de los 3.333 dólares de promedio mensual que se gana en Japón a los menos de 8 dólares mensuales con los que se vive en el Congo, por más interpretaciones que existan la diferencia es abismal.

La crisis en Europa ha hecho que la gente corte los gastos en la Navidad. Según una encuesta realizada para e-bay el estado que gastará más es Irlanda, en donde cada habitante gastará más de 500 euros entre regalos y fiesta, seguida por Suecia con 422 euros, y terceros serán los franceses con 387 euros. Cifras astronómicas para los países pobres o en vías de desarrollo, en donde muchos viven con menos de un dólar al día.

"Lo que dice el Papa es puro marxismo", ha denunciado Rush Limbaugh, conocido locutor estadounidense y una de las estrellas mediáticas del "Tea Party", al referirse a la exhortación Evangelii Gaudium, ganando así mucha audiencia para su show. Mientras por otra parte el portavoz del Vaticano precisó: “La Exhortación debe ser leída y comprendida en su naturaleza y en el espíritu y el enfoque que el Papa ha elegido para tratar los problemas de la pobreza y de la justicia en el mundo".

¿Pero qué ha escrito el papa en la Evangelii Gaudium para suscitar tonos tan ásperos, al mismo tiempo en que las cifras de las desigualdades sociales son notables?

El santo padre recuerda algunos de los desafíos del mundo actual, en un mundo en el que “podemos ver en los adelantos que se producen en diversos campos” pero al mismo tiempo en donde “la alegría de vivir frecuentemente se apaga, la falta de respeto y la violencia crecen, la inequidad es cada vez más patente”.

Francisco señala: “No a una economía de la exclusión”, en la que “no se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil”. Esto que señala el papa vale para una mentalidad existente en todos los países.

“Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera”.

Tras esta reflexión del papa Bergoglio, invitamos a nuestros lectores a recordar dentro de los países ricos, la exclusión en acto de los trabajos que sufren muchas personas con más de una cierta edad, porque tienen un costo mucho mayor para las empresas debido a su ancianidad, las cuales son sustituidas por jóvenes recién recibidos a los cuales les contratan por poco dinero. Y para los despedidos podemos usar las palabras del papa: “Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes»”.

“En este contexto, algunos todavía defienden las teorías del «derrame», que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo”, indica la exhortación apostólica.

“Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando. Para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia”.

Como se ve en esta frase, el pensamiento del papa va mucho más allá de un país, y no resulta que el marxismo u otros sistemas hayan hablado de problemáticas semejantes en estos términos. 

“Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera”.

El santo padre invita aquí a dar un “no a la nueva idolatría del dinero” y denuncia que se “reduce al ser humano a una sola de sus necesidades: el consumo”.

“Una de las causas de esta situación se encuentra en la relación que hemos establecido con el dinero, ya que aceptamos pacíficamente su predominio sobre nosotros y nuestras sociedades. La crisis financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano! Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro (cf. Ex 32,1-35) ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano. La crisis mundial que afecta a las finanzas y a la economía pone de manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la grave carencia de su orientación antropológica que reduce al ser humano a una sola de sus necesidades: el consumo”.

“Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común”.

El papa indica que el Estado debe defender el bien común ante “la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera”, lo que claramente no significa un estatismo soviético. Baste recordar las encíclicas Rerum Novarum, Centesimus Annus, y la Caritas in Veritate en las cuales se indica que el capitalismo en si mismo no es condenable, pero sí los abusos del mismo.

“Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas. Además, la deuda y sus intereses alejan a los países de las posibilidades viables de su economía y a los ciudadanos de su poder adquisitivo real. A todo ello se añade una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta, que han asumido dimensiones mundiales. El afán de poder y de tener no conoce límites. En este sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta”.

No a un dinero que gobierna en lugar de servir” es la otra denuncia del papa.

“Tras esta actitud se esconde el rechazo de la ética y el rechazo de Dios. La ética suele ser mirada con cierto desprecio burlón. Se considera contraproducente, demasiado humana, porque relativiza el dinero y el poder. Se la siente como una amenaza, pues condena la manipulación y la degradación de la persona. En definitiva, la ética lleva a un Dios que espera una respuesta comprometida que está fuera de las categorías del mercado. Para éstas, si son absolutizadas, Dios es incontrolable, inmanejable, incluso peligroso, por llamar al ser humano a su plena realización y a la independencia de cualquier tipo de esclavitud”.

“La ética –una ética no ideologizada– permite crear un equilibrio y un orden social más humano. En este sentido, animo a los expertos financieros y a los gobernantes de los países a considerar las palabras de un sabio de la antigüedad: «No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos»”.

El papa invita a realizar una reforma financiera, “Una reforma financiera que no ignore la ética requeriría un cambio de actitud enérgico por parte de los dirigentes políticos, a quienes exhorto a afrontar este reto con determinación y visión de futuro, sin ignorar, por supuesto, la especificidad de cada contexto. ¡El dinero debe servir y no gobernar! El Papa ama a todos, ricos y pobres, pero tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promocionarlos. Os exhorto a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del ser humano”.

No a la inequidad que genera violencia” es el último punto de esta parte de la exhortación.

“Hoy en muchas partes se reclama mayor seguridad. Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia. Se acusa de la violencia a los pobres y a los pueblos pobres pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión”.

Aquí encontramos otro punto importante, la igualdad de oportunidades, que permita a la gente de desarrollar sus talentos y capacidades, lo que produce desigualdad económica, algo seguramente no compartido por el socialismo marxista. Carlos Marx indicaba que el comunismo se podía resumir en una sola palabra: destrucción de la propiedad privada. 

“Cuando la sociedad –local, nacional o mundial– abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad. Esto no sucede solamente porque la inequidad provoca la reacción violenta de los excluidos del sistema, sino porque el sistema social y económico es injusto en su raíz. Así como el bien tiende a comunicarse, el mal consentido, que es la injusticia, tiende a expandir su potencia dañina y a socavar silenciosamente las bases de cualquier sistema político y social por más sólido que parezca”.

La exhortación, como puede ver el lector, habla de la justicia. La definición de justicia, es dar a cada uno lo que se merece, y lo contrario produce injusticia. El marxismo habla no de dar a cada uno lo que se merece, o sea quien trabaja más merece más, sino pagar según sus necesidades, lo que es muy diverso.

“Si cada acción tiene consecuencias, un mal enquistado en las estructuras de una sociedad tiene siempre un potencial de disolución y de muerte. Es el mal cristalizado en estructuras sociales injustas, a partir del cual no puede esperarse un futuro mejor. Estamos lejos del llamado «fin de la historia», ya que las condiciones de un desarrollo sostenible y en paz todavía no están adecuadamente planteadas y realizadas”.

“Los mecanismos de la economía actual promueven una exacerbación del consumo, pero resulta que el consumismo desenfrenado unido a la inequidad es doblemente dañino del tejido social. Así la inequidad genera tarde o temprano una violencia que las carreras armamentistas no resuelven ni resolverán jamás. Sólo sirven para pretender engañar a los que reclaman mayor seguridad, como si hoy no supiéramos que las armas y la represión violenta, más que aportar soluciones, crean nuevos y peores conflictos. Algunos simplemente se regodean culpando a los pobres y a los países pobres de sus propios males, con indebidas generalizaciones, y pretenden encontrar la solución en una «educación» que los tranquilice y los convierta en seres domesticados e inofensivos. Esto se vuelve todavía más irritante si los excluidos ven crecer ese cáncer social que es la corrupción profundamente arraigada en muchos países –en sus gobiernos, empresarios e instituciones– cualquiera que sea la ideología política de los gobernantes”.

La exhortación apostólica Evangelii Gaudium en píldoras

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