La alegría en tiempos turbulentos

Nadie puede vivir sin este don

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MADRID, viernes 14 diciembre 2012 (ZENIT.org).- Nuestro colaborador monseñor Juan del Río Martín, arzobispo castrense de España, invita en esta reflexión a la alegría, un don sin el que nadie puede vivir.

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+Juan del Río Martín

Los profetas de calamidades y los optimistas irresponsables son prototipos que se dan con demasiada frecuencia en épocas de complejidad cultura, social y económica como la que estamos viviendo. Para los primeros la alegría no tiene cabida, para los otros el “buenismo” se ha convertido en una filosofía de vida que nada tiene que ver con la alegría del corazón. Desde otro punto de vista, la sociedad tecnológica y de la comunicación ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, de fabricar farsa que distrae al personal y ofrece seguridades materiales que entusiasma en un primer momento, pero luego viene el tedio, la aflicción, la tristeza, la amargura y hasta llegar a la misma violencia.

No todo está fuera, también en el seno de algunas comunidades cristianas se ha perdido el sentido del gozo de la fe y un pesimismo contagioso inoperante paraliza la evangelización. Ello es debido a que se ha difuminado la centralidad de Dios en la vida personal y eclesial, a la ausencia de una visión sobrenatural de lo que acontece, y la pérdida de la dimensión escatológica. ¡Sin fe en Dios y en la vida eterna, no hay alegría permanente! Recuperar la belleza y la alegría del ser cristiano, es una constante del pontificado de Benedicto XVI (cf. Porta fidei).

Nadie puede vivir sin alegría porque es lo que da “sabor” a la existencia. Es algo que está inscrito en el corazón de cada persona y es una aspiración constante en todas las culturas. Sólo cuando la persona es esclava de sí misma o del ambiente maléfico, no encuentra motivos para la alegría a su alrededor y puede llegar a pensar, que eso es pura ilusión, una escapatoria de los problemas de este mundo. Porque no hay mayor infelicidad que la de aquellos que viven cautivos del pecado.

El don de la alegría cristiana nos hace más libre y realista. Tiene su fundamento en el encuentro con el Dios-Amor que se manifiesta de modo pleno en el acontecimiento salvador de Jesucristo: ¡Él es la única fuente de nuestra alegría! “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor… Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud” (Jn 15,9.11).

En efecto, únicamente el amor produce en el hombre la perfecta alegría y solo disfruta de vera aquel que vive en la caridad. La alegría imborrable es fruto de la fe, es consecuencia de sentirse amado y acompañado por Dios y a la vez impulsado a dar ese amor. Por eso, en su día nos decía Juan Pablo II: “¡No apaguéis esta alegría que brota de la fe en Cristo crucificado y resucitado! ¡Testimoniad vuestra alegría! ¡Habituaos a gozar de esta alegría! (Aloc. 24.3. 1979).

La Iglesia nace con vocación de llevar la alegría al mundo, una alegría auténtica y duradera, aquella que anunció el arcángel Gabriel a María (Lc 1,28), la que experimentaron los pastores (Lc 2,11), alumbró a los Magos (Mt 2,10), transformó a Zaqueo (Lc 19,5-6) y que los discípulos la encontraron en el Resucitado (cf. Mt 28,8-9).

Esta alegría espiritual es gracia del Espíritu. No es intimista, sino que brota desde dentro hacia exterior. Tiene su matriz en la virtud teologal de la esperanza, exige la fidelidad diaria al Señor y el cumplimiento de los Mandamientos, los cuales nos conducen a una existencia feliz. Siempre ayudados por la Palabra de Dios y los Sacramentos, que nos renuevan y nos hacen ir creciendo en alegría y gozo hasta llegar a su plenitud en el Cielo.

No se trata de momentos de alegría, estados de ánimos o puras emociones, sino de aquel hábito y expresión que envuelve el ser cristiano, sin el cual el testimonio y el anuncio del Evangelio se vuelven opacos: “una persona alegre obra el bien, gusta de las cosas buenas, agrada a Dios y a los hermanos. En cambio, el triste siempre obra el mal” (Pastor de Hermas Mand. 10,1).

La fuerza de la verdadera alegría hace que pueda darse en medio de todas las pruebas, incluso en los momentos de oscuridad personal y en tiempos belicosos. El reguero de santos y mártires de la historia de la Iglesia testimonian lo que ya afirmaba san Pablo: “estoy lleno de consuelo, reboso de gozo en todas nuestras tribulaciones” (2Cor 7,4). La clave para no perder la alegría en nuestro peregrinar por “este valle de lagrimas”, se encuentra en la plena confianza en el Señor, en el sentir que nuestras vidas estás aseguradas en las manos de Él, en el saber que no estamos solos, sino que Alguien camina a nuestro lado, y que nada ni nadie nos puede separar “del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rom 8, 39).

La espiritualidad del Adviento es una continua invitación a “estad siempre alegres en el Señor” (Filp. 4,4). La alegría perenne es sanadora, crea comunión y nos conduce a la misión. El evangelizador, en esta época tan depresiva y complicada, ha de brillar por la alegría de su fe, por la coherencia de vida y por saber llegar al alma del hombre triste y descreído. ¡Necesitamos misioneros entusiasmados para la nueva evangelización!