La amistad con Cristo no puede encerrarse en una iglesia, afirma el Papa

Intervención de Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles

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CIUDAD DEL VATICANO, 1 agosto 2001 (ZENIT.org).- «Quien quiere servir a Jesucristo dentro de una iglesia tiene que ser su testigo por doquier». Este fue el mensaje que dejó Juan Pablo II a los 22 mil acólitos, o como él mismo les llamó, monaguillos, procedentes de toda Europa, que participaron en la audiencia general de este miércoles.



«Sois mucho más que simples "ayudantes del párroco" --dijo el Papa a los chicos y chicas que escuchaban sus palabras, en su gran mayoría alemanes--. Sois sobre todo servidores de Jesucristo, del eterno Sumo Sacerdote. Así, vosotros, monaguillos, estáis llamados en particular a ser jóvenes amigos de Jesús».

Ofrecemos a continuación la intervención del pontífice en la audiencia general, que supuso la número mil de sus casi 23 años de pontificado.


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¡Queridos hermanos y hermanas!
¡Queridos jóvenes!

1. La plaza de San Pedro es hoy la plaza de la juventud. Hace más o menos un año, en el corazón del gran Jubileo del año 2000, aquí encontraron una cariñosa acogida los jóvenes procedentes de todo el mundo para la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud. Hoy esta plaza, que acoge la audiencia general número mil desde que la Providencia divina me llamó a ser sucesor del apóstol Pedro, se abre a los miles de chicos y chicas, venidos de toda Europa en peregrinación a la tumba del príncipe de los apóstoles.

¡Queridos monaguillos! Ayer atravesasteis en una larga procesión la plaza de San Pedro para acercaros al altar de la Confesión de la Basílica. De este modo, en cierto sentido, habéis prolongado el camino que los jóvenes del mundo comenzaron en el año santo. El motivo de vuestra peregrinación a la Ciudad Eterna, «Hacia el mundo nuevo», es signo de vuestra voluntad de tomar en serio la vocación cristiana.

2. Os saludo con cariño, queridos jóvenes, y estoy muy contento por el hecho de que se haya podido tener lugar este encuentro. En particular, doy las gracias al obispo auxiliar Martin Gächter, presidente del «Coetus Internationalis Ministrantium», que me ha dirigido en vuestro nombre palabras tan cordiales.

Me dirijo con alegría particular a los monaguillos de los países de habla alemana, que componen el grupo numéricamente más grande. ¡Es bello que tantos jóvenes cristianos hayan venido de Alemania!

Vuestro compromiso en el altar no es sólo un deber, sino un gran honor, un auténtico servicio santo. Quisiera ofreceros algunas reflexiones a propósito de este servicio.

La túnica del monaguillo es particular. Recuerda al vestido que lleva quien es acogido en Jesucristo en la comunidad. Me refiero al indumento bautismal cuyo significado profundo explica san Pablo: «Todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo»(Gálatas 3, 27).

Si bien a vosotros, queridos monaguillos, os queda ahora ya muy pequeño el vestido bautismal, os habéis revestido con el de los monaguillos. Sí, el bautismo es el punto de partida de vuestro «auténtico servicio litúrgico», que os pone al lado de vuestros obispos, sacerdotes y diáconos (cf. «Sacrosanctum Concilium», n. 29).

3. El monaguillo ocupa un puesto privilegiado en las celebraciones litúrgicas. Quien ayuda a misa, se presenta ante una comunidad. Experimenta de cerca que en todo acto litúrgico Jesucristo está presente y actúa. Jesús está presente cuando la comunidad se reúne para rezar o alabar a Dios. Jesús está presente en la Palabra de las sagradas Escrituras. Jesús está presente sobre todo en la Eucaristía, en los signos del pan y del vino. Él actúa por medio del sacerdote que «in persona Christi» celebra la santa misa y administra los sacramentos.

De este modo, en la Liturgia sois mucho más que simples «ayudantes del párroco». Sois sobre todo servidores de Jesucristo, del eterno Sumo Sacerdote. Así, vosotros, monaguillos, estáis llamados en particular a ser jóvenes amigos de Jesús. Profundizad y cultivad esta amistad con Él. Descubriréis que habéis encontrado en Jesús un auténtico amigo para toda la vida.

4. Con frecuencia el monaguillo lleva en su mano una vela. Recuerda a lo que dijo Jesús en el Discurso de la Montaña: «Vosotros sois la luz del mundo» (Mateo 5, 14). Vuestro servicio no puede quedar limitado al interior de la una iglesia. Deber irradiarse en la vida de todos los días: en la escuela, en la familia y en los diferentes ámbitos de la sociedad. Pues quien quiere servir a Jesucristo dentro de una iglesia tiene que ser su testigo por doquier.

¡Queridos jóvenes! Vuestros contemporáneos esperan la auténtica «luz del mundo» (cf. Juan 1,9). No tengáis vuestro candelero sólo dentro de la iglesia, llevad la llama del Evangelio a todos los que están en las tinieblas y viven un momento difícil de su existencia.

5. He hablado de la amistad con Jesús. ¡Qué contento estaría si de esta amistad surgiera algo más! ¡Que bello sería el que alguno de vosotros pudiera descubrir la vocación al sacerdocio! Jesucristo tiene necesidad urgente de jóvenes que se pongan a su disposición con generosidad y sin reservas. Además, ¿no podría llamar el señor a alguna de vosotras, muchachas, a abrazar la vida consagrada para servir a la Iglesia y a los hermanos? El servicio del monaguillo enseña también a aquellos que quieran unirse en matrimonio que una auténtica unión debe incluir siempre la disponibilidad al servicio recíproco y gratuito.

[Traducción del texto original italiano y alemán realizada por Zenit]