La ayuda al desarrollo sirve..., a ciertas condiciones

Los expertos difieren sobre cómo ayudar a los países más pobres

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MONTERREY, 20 abril 2002 (ZENIT.org).- En la conferencia de las Naciones Unidas celebrada en Monterrey del 18 al 22 de marzo sobre la ayuda al Tercer Mundo, parecía que Estados Unidos y la Unión Europea pujaban por demostrar cuán generosos podían llegar a ser.



Un funcionario de la Unión Europea se jactó de que una propuesta del Viejo Continente podría canalizar más dinero a los países pobres que el plan de Washington, informó Reuters el 20 de marzo. Algunas horas después de esta declaración, los Estados Unidos anunciaron que su programa alcanzaría el doble de la cantidad previamente anunciada.

Poul Nielson, comisario europeo para el desarrollo y la ayuda humanitaria, dijo a Reuters que Estados Unidos estaba dispuesto a ofrecer 7.000 millones de dólares adicionales al año en ayudas hasta el 2006, y añadiría 20.000 millones de dólares a fondos de desarrollo desde ahora hasta el 2006.

Por su parte, la Casa Blanca primero anunció que su plan asignaría un extra de 5.000 millones de dólares adicionales durante tres años. Más tarde, afirmó que el aumento propuesto de ayuda al exterior totalizaría los 10.000 millones de dólares.

Muchos observadores aplaudieron estos aumentos. No faltaron quienes los consideraron, sin embargo, insuficientes. Al mismo tiempo, la conferencia suscitó un vivo debate en la prensa sobre la mejor manera de destinar las ayudas a los países más pobres.

Debate sobre la fórmula correcta
En su discurso a la conferencia, el presidente norteamericano George W. Bush hizo hincapié en el cambio de la condiciones bajo las que se da la ayuda. Como informó el New York Times el 23 de marzo, el aumento de la ayuda de Estados Unidos dependerá de las reformas políticas, legales y económicas de los que las perciban. “El dinero invertido en un status quo equivocado hace poco por ayudar a los pobres, y puede retrasar realmente el progreso de las reformas”, declaró Bush.

Si los países receptores necesitan utilizar mejor sus ayudas, Estados Unidos también debe reformar sus donaciones, según un análisis publicado el 25 de marzo en la página web de The Economist. Es verdad que se ha perdido con mucha frecuencia la ayuda por culpa de una burocracia ineficiente, políticas económicas erróneas, o corrupción. Pero The Economist observaba que “Estados Unidos tendrá que reconocer, a pesar de su nueva retórica sobre la efectividad de las ayudas, que sus pasadas políticas de ayuda han tendido a recompensar a países menos necesitados y a aquellos con dudosa reputación de buen gobierno”. Los Estados Unidos dan sólo el 40% de sus ayudas a los países más pobres, prefiriendo utilizar los fondos para apoyar políticas exteriores en naciones de renta media.

El Banco Mundial defendió poco antes de la cumbre de Monterrey los programas de ayuda. En un estudio titulado “El Papel y la Efectividad de la Asistencia al Desarrollo”, consideraba que las ayudas al extranjero son “un catalizador para el cambio, permitiendo que la gente pobre aumente su renta y tenga una vida más larga, más sana y más productiva".

El informe afirma que la ayuda exterior de los países industrializados sirvió para aumentar la esperanza de vida en 20 años durante las últimas cuatro décadas. El analfabetismo se ha reducido casi a la mitad en los últimos 30 años. Y en la lucha contra la pobreza, afirma el informe, el número de personas pobres en el mundo se ha reducido en cerca de 200 millones en los últimos 20 años, a pesar de que la población mundial ha aumentado en 1.600 millones.

El informe también afirma que la ayuda es ahora más productiva. En 1990, 1.000 millones de dólares en ayudas levantaban una población estimada en 105.000 personas por encima de la línea de pobreza de 1 dólar diario. En 1997-1998 la misma cantidad de ayuda levantaba a 284.000 personas de ese nivel de pobreza.

Como casos de éxito de los programas de ayuda, el Banco Mundial citaba Botswana, Chile, Corea del Sur, China, Uganda y Vietnam. Admitía, sin embargo, que en el África subsahariana “los ingresos medios de la región se habían estancado desde 1965”. Además, “muchas de las economías de transición en Europa oriental y Asia central también han sufrido aumentos sostenidos de pobreza en los años noventa”.

Del otro lado de la barricada, William Easterly, antiguo economista del Banco Mundial, lanzó una crítica mordaz a los planes de ayuda. Escribiendo en el Wall Street Journal el 18 de marzo, Easterly decía que la ayuda en los años noventa alcanzó un promedio del 17% del producto interior bruto de los países africanos (el valor total de los bienes y servicios producidos dentro de las fronteras de cada nación). Aunque ha habido algunas mejoras en cuanto a la mortalidad infantil y la educación, “todavía estamos esperando que el crecimiento africano comience”, escribía.

Uno de los errores cometidos, según Easterly, es el énfasis en el volumen de la financiación. “El tema importante no es la cantidad de dinero, sino adónde va”, argüía. También acusó a los participantes en Monterrey de “reciclar el cansado y viejo fetiche de los objetivos escolares”. Con demasiada frecuencia, “las ayudas respaldan a profesores incompetentes pero con conexiones políticas, se construyen escuelas sin libros de texto, y carreteras que atraen a contratistas retorcidos a las que después no se les da mantenimiento”, defendía Easterly.

En cuanto a la propuesta de Estados Unidos, Easterly juzgaba que es un paso en la dirección correcta, “pero no cubre bastante las ayudas ni hace responsables a las agencias de ayuda de los resultados”. Además de los cambios propuestos por Bush, Easterly recomienda dejar a los países pobres que elijan a las agencias de ayuda de las que desean recibir servicio, de manera que se cree una sana competencia entre ellas.

Reformas necesarias
Alan Beattie hacía notar en el Financial Times del 11 de marzo que muchos expertos avalan ahora en este tema las tesis de los economistas del Banco Mundial, David Dollar, A. Craig Burnside y Paul Collier: “Las ayudas pueden servir, pero se deberían concentrar en países con buenas políticas macroeconómicas y gobiernos genuinamente comprometidos en mejorar los servicios públicos e infraestructuras, y desterrar la corrupción”.

Las estimaciones de Dollar y Burnside afirman que un 1% de producto interior bruto dado en ayuda a los países pobres pero bien gestionados puede aumentar su tasa de crecimiento en un sostenido 0,5%.

Beattie mencionó una serie de puntos que es necesario tener presente a la hora de diseñar proyectos de ayuda. Tales programas, afirmaba, deben: evitar las soluciones tecnócratas que se imponen de arriba hacia abajo; abandonar el viejo modelo de ayudas no coordinadas para proyectos individuales; dar ayuda a los países más pobres; evitar promesas simplistas de dinero para alcanzar resultados, prefiriendo en su lugar que se consolide la construcción de una capacidad duradera de los gobiernos de los países en vías de desarrollo. Pero, agregaba, los proyectos no deberían acordar la compra de exportaciones del país donante, ni acordar ayuda según objetivos de política exterior para apoyar a aliados regionales.

Otros puntos a reformar fueron sugeridos por Moisés Naím, editor de la revista norteamericana Foreign Policy. Escribiendo en el Financial Times del 1 de abril, identificaba tres problemas que es necesario resolver.

Primero, los niveles actuales de ayuda son demasiado bajos. Por ejemplo, el presupuesto de Estados Unidos dedicado a ayudar a las naciones pobres sigue siendo más bajo que en los años entre el final de la Segunda Guerra Mundial y la mitad de los noventa.

En segundo lugar, es urgente hacer públicos los mecanismos del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial, de la Organización Mundial de Comercio y de otras agencias multilaterales. “Estas organizaciones, que predican la democracia, conseguir méritos, la responsabilidad y la transparencia a los gobiernos a los que prestan o sobre los que tienen influencia, no practican ninguna de estas virtudes a la hora de seleccionar a sus principales líderes”, afirmaba Naim.

Tercero, “Occidente debe reconocer que luchar contra la pobreza significa en ocasiones luchar contra las armas”. La ayuda de Estados Unidos a las restricciones en las ventas de armas, hasta ahora inexistente, es necesaria para reducir la facilidad con que se obtienen las armas. Reducir la disponibilidad de armas ayudará a limitar muchos conflictos del Tercer Mundo.

Hacer más productiva la ayuda, y así reducir la pobreza más rápidamente, es un paso en la dirección correcta. Se necesita un esfuerzo para asegurar el cumplimiento de las promesas hechas en Monterrey, así como dar un respaldo público para continuar ayudando a los países más pobres.