La búsqueda de la felicidad

El dinero no puede comprarlo todo

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NUEVA YORK, sábado, 15 julio 2006 (ZENIT.org).- Las últimas investigaciones sobre la vieja búsqueda de la felicidad confirman la opinión de que el bienestar material no trae la satisfacción duradera.



Un artículo reciente en la revista Science afirmaba que es una ilusión pensar que los altos ingresos traen automáticamente la felicidad.

El 3 de julio, el Washington Post informaba del estudio de Science en el que los investigadores concluían que la gente con ingresos sobre la media son apenas más felices que los demás, y tienden a estar más tensos.

"La gente exagera enormemente el impacto que unos ingresos más altos tendrían en su bienestar subjetivo", afirmaba Alan Krueger, profesor de economía y política pública en la Universidad de Princeton y uno de los autores del estudio.

Según el Post, abundantes datos durante los últimos años muestran que una vez que el bienestar personal excede los 12.000 dólares al año, más dinero no produce virtualmente un aumento en la satisfacción vital.

Sólo unos días antes, los investigadores publicaron un estudio que demostraba que Islandia es el país con la gente más feliz, seguido de Australia.

En el Adelaide Advertiser, un periódico australiano, se publicó el 28 de junio información sobre el estudio de los economistas Andrew Leigh, de la Universidad Nacional Australiana, y Justin Wolfers, de la Universidad Wharton de Pennsylvania.

Leigh sostenía que lo que muestra la investigación es que, aunque las naciones más desarrolladas gozan de un alto nivel de felicidad, las encuestas también mostraban que las personas de algunos países en desarrollo relativamente pobres eran más felices que las del mundo desarrollado. Los mexicanos y nigerianos, por ejemplo, puntúan bastante bien en cuanto a felicidad a pesar de los ingresos más bajos de estas naciones.

En Escocia también apareció información sobre el tema. Allí los investigadores de la Universidad de Aberdeen concluyeron que la satisfacción laboral es la clave de la felicidad personal.

Sin embargo, en un reportaje el 30 de junio en Scotsman, el director de la investigación, Ioannis Theodossiou, afirmaba que la satisfacción laboral no depende únicamente del sueldo, aunque éste tenga un importante papel. Otros factores como la seguridad laboral y el control sobre las horas de trabajo también juegan un importante papel en la determinación de la satisfacción y, por tanto, en la felicidad personal.

Tentación materialista

Un libro recientemente publicado, "The Challenge of Affluence" (Oxford University Press), analiza con profundidad la relación entre bienestar material y felicidad. Escrito por Avner Offer, profesor de historia económica en la Universidad de Oxford, el libro examina la experiencia de Gran Bretaña y Estados Unidos desde 1950.

En este periodo, observa Offer, los americanos y británicos han llegado a gozar de una abundancia material sin precedentes. Sin embargo, desde los años setenta, los niveles de felicidad que cada cual dice tener han languidecido o incluso disminuido, de forma que la subida de ingresos desde entonces ha hecho poco o nada por mejorar la sensación de bienestar. Junto a esto, existen numerosos problemas sociales y personales: ruptura familiar, adicciones, crimen, inseguridad económica y descenso de confianza.

Las sociedades liberales mantienen la promesa de que cada persona puede elegir su propia forma de autorrealización. La sociedad libre y el libre mercado dan las condiciones individuales para perseguir el bienestar y hacer elecciones. Pero la elección también puede fallar, no siempre es consistente y, además, lograr objetivos más remotos requiere un alto nivel de compromiso.

Por tanto, hacer elecciones requiere autocontrol y prudencia, cualidades cada vez menos comunes en las sociedades opulentas. De hecho, las sociedades de mercado competitivo favorecen la novedad y la innovación, y esto mina las convicciones, los hábitos y las instituciones.

Offer sostiene que el sistema de mercado también tiende a promover las recompensas a corto plazo, el individualismo y el hedonismo. Esto mina el compromiso necesario para alcanzar recompensas a largo plazo más satisfactorias que son más difíciles de obtener, pero que realizan más.

Offer cree que otro hecho que mina nuestra felicidad es la relativa desigualdad de ingresos. La desigualdad tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos ha empeorado en los últimos años, y éste es el principal factor para explicar la falta de satisfacción con su situación. La gente que disfruta de un aumento de ingresos, pero se ve a sí misma detrás de otros que gozan de un mayor progreso, no consiguen felicidad de su situación mejorada.

El amor, el matrimonio y la familia son otro área donde las carencias dañan nuestra felicidad. Una combinación de anticoncepción, divorcio, más cohabitación y altos niveles de nacimientos fuera del matrimonio debilitaron el matrimonio. El aumento de la sexualidad explícita y de las relaciones sexuales fuera del matrimonio también ha debilitado la capacidad para el amor y el compromiso dentro del matrimonio.

El matrimonio, observa Offer, aporta importantes ventajas: salud física y mental; vida más larga; felicidad; junto a numerosas ventajas para los niños. La proporción de gente casada ha descendido, lo que significa que uno de cada siete adultos no disfruta de la protección y de las ventajas del matrimonio. Así, aunque quienes proponen cambios en el matrimonio y la familia defienden las ventajas de más libertad y espacio para la "autorrealización", los costes para muchos han sido altos.

Offer, no obstante, está de acuerdo en que el crecimiento económico no es algo malo. No debería ser, sin embargo, la prioridad número uno y es necesario que tratemos con escepticismo las afirmaciones de los supuestos beneficios resultantes del desarrollo.

En las sociedades que son ya ricas, es necesario que los esfuerzos posteriores por elevar el desarrollo económico se evalúen junto con los costes que este impondrá. Un redescubrimiento de las virtudes de la moderación y de dominio de sí mismo podría beneficiar a la sociedad. Esto hace que Offer concluya que el bienestar depende de lo bien que nos comprendamos a nosotros mismo y no sólo del tener más.

Comprender la felicidad

Otro punto de vista apareció en un artículo de una revista católica italiana, la Civiltà Cattolica. El padre jesuita Gianpaolo Salvini, escribiendo sobre el tema el 20 de mayo, observaba que muchos italianos, a pesar de vivir en un país rico, no están satisfechos con sus vidas.

Aristóteles, observaba el padre Salvini, consideraba que no era posible ser feliz sin ser virtuoso. Escritores más modernos, tales como el premio Nobel de Economía, Amartya Sen, consideran que la felicidad no consiste sólo en posesiones materiales, sino en una serie de bienes y fines que dan sentido de plenitud a la vida.

El padre Salvini también llamaba la atención sobre la importancia de las relaciones personales para lograr la felicidad. Esto incluye la amistad, la familia y las relaciones sociales.

El Catecismo de la Iglesia Católica explica que las bienaventuranzas del Nuevo Testamento responden a nuestro deseo natural de felicidad. Este "deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer
(No. 1718).

Otra clave para explicar nuestro deseo de felicidad es la virtud cristiana de la esperanza. Dios ha puesto el deseo de felicidad en el corazón de cada persona y la esperanza responde a esto, explica el número 1818 del Catecismo. La purificación de nuestras aspiraciones por medio de la virtud de la esperanza no sólo nos ayuda a evitar el desánimo, sino también nos preserva del egoísmo y nos conduce a la felicidad que nace de la caridad.

En términos de bienes materiales y felicidad, el Catecismo recuerda las palabras de Jesús que exhortan a los discípulos a renunciar a todo por su causa y por la causa del Evangelio (Lucas 14,33).

En una serie de números (2544-47) el Catecismo desarrolla el tema de la pobreza de corazón, recordando a los cristianos cómo Jesús motivaba a sus seguidores a renunciar a las riquezas mundanas y a poner su confianza en Dios.

La verdadera felicidad no viene de las riquezas, la fama o el poder, explica el No. 1723 del Catecismo. Estas cosas son beneficiosas, pero la felicidad duradera sólo viene de Dios, fuente de todo bien y del amor.

Una lección no siempre fácil de recordar.