La ciencia no puede explicarlo todo, asegura el Papa

Aboga por una apertura a la filosofía y la teología

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CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 6 noviembre 2006 (ZENIT.org).- Benedicto XVI se sumergió este lunes en las extraordinarias posibilidades que ha abierto la ciencia a la humanidad, reconociendo sin embargo que no pude explicarlo todo.



Así lo expresó a los miembros de la Academia Pontificia de las Ciencias, reunidos en Roma, con motivo de su asamblea plenaria celebrada sobre el tema: «La posibilidad de predicción en la ciencia: precisión y limitaciones».

El pontífice comenzó constatando en su discurso pronunciado en inglés que «el creciente “avance” de la ciencia, y especialmente su capacidad para controlar la naturaleza a través de la tecnología, en ocasiones ha sido asociado con una correspondiente “retirada” de la filosofía, de la religión e incluso de la fe cristiana».

«De hecho --añadió--, algunos han visto en el progreso de la ciencia y de la tecnología modernas una de las principales causas de secularización y materialismo».

«¿Por qué invocar el dominio de Dios sobre esos fenómenos, cuando la ciencia ha mostrado su propia capacidad de hacer lo mismo?», preguntó.

«Si pensamos, por ejemplo --respondió--, en la manera en que la ciencia moderna, ha contribuido a la protección del ambiente, previendo los fenómenos naturales, al progreso de los países en vías de desarrollo, a la lucha contra las epidemias y al aumento de la esperanza de vida, queda claro que no hay conflicto entre la Providencia de Dios y la acción del hombre».

«La ciencia, si bien es generosa, sólo da lo que tiene que dar», advirtió. «El ser humano no puede depositar en la ciencia y en la tecnología una confianza tan radical e incondicional, como para creer que el progreso de la ciencia y la tecnología puede explicarlo todo y satisfacer plenamente sus necesidades existenciales y espirituales», afirmó.

«La ciencia no puede sustituir a la filosofía y a la revelación, dando una respuesta exhaustiva a las cuestiones fundamentales del hombre, como las que conciernen al sentido de la vida y de la muerte, a los valores últimos y a la naturaleza del progreso», indicó.

«El mismo método científico, en su capacidad de reunir los datos, elaborarlos y utilizarlos en sus proyecciones, tiene límites propios que restringen necesariamente la posibilidad de predicción científica en determinados contextos y aspectos».

«La ciencia, por tanto, no puede pretender proporcionar una representación completa y determinista de nuestro futuro y del desarrollo de cada fenómeno que estudia», indicó.

«La filosofía y la teología podrían aportar, en este sentido, una contribución importante a esta cuestión» aseguró.

Por ejemplo, sugirió, pueden ayudar «a las ciencias empíricas a reconocer la diferencia entre la incapacidad matemática para predecir ciertos acontecimientos y la validez del principio de causalidad».

La filosofía y la teología, añadió, ayudan a explicar la diferencia entre «la evolución como el origen de una sucesión en el espacio y el tiempo y la creación como el origen último de del ser participado en el Ser esencial».

Si la ciencia niega la trascendencia del ser humano «en nombre de una supuesta capacidad absoluta del método científico de prever y condicionar el mundo humano», «podría abrir peligrosamente las puertas a abusar de él», concluyó.

La Academia Pontificia de las Ciencias fue fundada en Roma en 1603 con el nombre de Academia de los Linces (Galileo Galilei fue miembro), y está compuesta por ochenta «académicos pontificios» nombrados por el Papa a propuesta del Cuerpo Académico, sin discriminación de ningún tipo.

Tiene como fin honrar la ciencia pura dondequiera que se encuentre, asegurar su libertad y favorecer las investigaciones, que constituyen la base indispensable para el progreso de las ciencias.

La Academia se encuentra bajo la dependencia del Santo Padre. Su presidente, elegido por cuatro años, es desde 1993 Nicola Cabibbo, profesor de Física en la Universidad La Sapienza de Roma, y ex presidente del Instituto Nacional Italiano de Física Nuclear. El director de la Cancillería es el obispo argentino Marcelo Sánchez Sorondo.