La conciencia moral de Europa

El Papa apela a un Occidente que ya no se ama a sí mismo

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Por Rafael Navarro-Valls

MADRID, lunes 13 de junio de 2011 (ZENIT.org).-Ofrecemos una nueva contribución en nuestra sección Observatorio Jurídico, sobre libertad, cuestiones relacionadas con los derechos humanos y su relación con la antropología y la fe cristianas, que dirige el español Rafael Navarro – Valls, catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid, y secretario general de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España.

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Hace unos días, Benedicto XVI visitaba Croacia, un país de casi 5 millones de habitantes, de los que el 89 % son católicos. Era su primer viaje a un país balcánico. Antes, el pasado 11 de abril, al recibir al nuevo embajador croata, el Papa resaltaba sus “raíces cristianas”. Añadiendo, que su cercana entrada en la UE debería hacerse “con total respeto a su cultura y a su vida religiosa”. ¿Por qué esta advertencia?

La respuesta la dio el 4 de junio, primer día de su estancia en Zagreb, al reunirse con una amplia representación del mundo político, académico, cultural y diplomático croata. En esta ocasión volvía sobre el tema, pero esta vez desde la óptica del humanismo de base católica, que pone en el centro “la conciencia del ser humano, su apertura trascendente y al mismo tiempo su realidad histórica, capaz de inspirar proyectos políticos diversificados pero convergentes en la construcción de una democracia sustancial, basada en los valores éticos arraigados en la misma naturaleza humana".

Era una reivindicación de la conciencia “objetiva”, la basada en la búsqueda de la verdad. Su advertencia era clara. Relegar la religión y la moral al inestable mundo de la subjetividad - una concepción muy en boga en Occidente - sería un paso atrás que llevaría a Europa a la involución. Es decir, a una crisis “sin remedio”.

Permítaseme reflexionar brevemente sobre este duro juicio, desde el punto de vista jurídico. Según una difundida visión de la ley, su origen tendería a residenciarse exclusivamente en la llamada “conciencia común de la sociedad”, manifestada normalmente en la voluntad general, reflejo de esa ambigua expresión que es la opinión pública. Cuando, a través del mecanismo parlamentario, toma forma de ley, el positivismo legalista la refuerza con este doble postulado: “La ley es todo el Derecho; la ley es toda Derecho”. Por encima de esa “común opinión” no cabe la referencia a una conciencia moral superior. Una conciencia construida sobre la verdad y los valores que de ella se desprenden.

Frente a esta angosta visión, el enfoque clásico de la justicia piensa que, en la sociedad democrática, además de la ley positiva, existen otras instancias jurídicas; y que, para que el Derecho realice la verdadera justicia, no basta que la ley haya sido aprobada por la mayoría: es necesario que concuerde con patrones objetivos de justicia. Hace unas semanas, en esta misma Sección de ZENIT, hacíamos un elogio de los juicios de Nuremberg contra el nazismo. Desde luego en esos procesos hubo irregularidades. Entre otras, que en el Tribunal se sentaran representantes de la Unión Soviética, que había realizado también crímenes contra la humanidad. Pero, al rechazar la tesis de la obediencia debida a la ley nacional -socialista y a la cadena de mando cuando exige acciones contrarias a la ley objetiva, Nuremberg hizo verdadera justicia. Potenció la función ética que en la teoría clásica corresponde a la conciencia personal. Ciertamente una justicia que no siempre encontraba precedente en las leyes positivas, pero sí en ese derecho escrito en la conciencia de todo hombre. Es decir demostró que la cultura democrática occidental se fundamenta en valores jurídicos radicales, por encima de eventuales mayorías o imposiciones plebiscitarias. Esos valores jurídicos radicales son “la conciencia moral” a la que aludía el Papa en Croacia

Frente a ella, hoy se está reinventando una suerte de conciencia civil, con demasiada frecuencia desgajada de su raíz original. Al convertirse el Estado en una especie de tierra de nadie, apto para ser colonizada por cualquier ideología con vocación de cuasi-religión, la sociedad civil, una vez ideológicamente colonizada, se torna refractaria a todo otro influjo y se hace intolerante. La afirmación de que el relativismo es consustancial a la democracia supone una visión pesimista frente a las posibilidades reales de la pervivencia del sistema.

Hace unos años, el propio cardenal Ratzinger, en un debate con el presidente del senado italiano, Marcello Pera, hacía radicar los elementos de la actual crisis europea en estos factores: parálisis de las fuerzas espirituales, envejecimiento demográfico, destrucción de la conciencia moral, banalización de la dimensión religiosa del hombre. Ante otras culturas —otras religiones— Occidente renuncia a la defensa de la verdad, radicada en sus raíces cristianas. En definitiva: “Aquí hay un odio de Occidente a sí mismo, que es extraño y que solo se puede considerar como algo patológico; Occidente intenta, de manera loable, abrirse lleno de comprensión a valores externos, pero ya no se ama a sí mismo; de su propia historia ya solo ve lo que es execrable y destructivo, mientras que ya no está en situación de percibir lo que es grande y puro”.

Hoy Benedicto XVI vuelve a insistir en la necesidad de un redescubrimiento de la conciencia moral de Europa. Un lugar “de escucha de la verdad y del bien, lugar de la responsabilidad ante Dios y los hermanos en humanidad, que es la fuerza más fuerte contra cualquier dictadura”.