La corrupción impide acabar con la esclavitud sexual en el sureste asiático

Denuncias de las organizaciones de derechos humanos implicadas

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BANGKOK, 23 agosto 2002 (ZENIT.org).- La lucha contra la esclavitud sexual en el sureste asiático, donde cada año unas 200.000 mujeres se convierten en nueva mercancía, sigue estrellándose contra el muro de la corrupción y la multimillonaria industria de la prostitución, denuncian organizaciones de derechos humanos.



Varios miles de mujeres, muchas aún adolescentes, son vendidas en Camboya por sus propias familias, a veces ávidas de dinero y otras por pobreza o ignorancia, y zanjado el trato, la víctima es encerrada, torturada y obligada a mantener relaciones sexuales.

Los activistas de las organizaciones envueltas en la batalla contra la esclavitud sexual saben el precio en metálico que los burdeles pagan a los funcionarios y policías que en la oscuridad de la noche tocan a la puerta para garantizar la impunidad del antro.

«La corrupción carcome todo; la policía, militares y funcionarios están envueltos en la prostitución», denunció a la agencia EFE Pierre Legros, de Acción para Mujeres en Situaciones Angustiosas (AFESIP), una asociación de defensa de los derechos de la mujer.

Las investigaciones llevadas a cabo por los grupos que rescatan y rehabilitan a las víctimas reflejan que el 80 por ciento de los burdeles están protegidos por miembros de la policía civil y militar, o por funcionarios del Ministerio del Interior.

El grupo Desarrollo de la Mujer Camboyana indicó, en un estudio elaborado a finales de la pasada década, que cerca del 50 por ciento de las mujeres explotadas en Camboya, cuya cifra oscila entre las 30.000 y 50.000, fueron adquiridas por los tratantes o raptadas en sus aldeas.

La comisaria saliente de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Mary Robinson, durante la visita que esta semana hizo a Camboya recordó a las autoridades que su país «es proveedor, punto de tránsito e importador» de esclavas sexuales.
Robinson echó gran parte de la culpa del problema al comportamiento y a las malas costumbres de los camboyanos.

«Debería ser inaceptable que el varón busque sexo en niñas de ocho años, nueve, diez, once, menores de 16, o por debajo de 18 años», manifestó la responsable de la ONU.

Además de las víctimas camboyanas, la trata de esclavas, según la Organización Internacional del Trabajo (OTI), suma cada año al menos 3.000 mujeres vietnamitas que son vendidas en Camboya, y un número similar compradas en China para casarlas o colocarlas como amantes de camboyanos adinerados.

Algunas organizaciones creen que la magnitud del problema de la esclavitud sexual en Camboya, Vietnam y Tailandia es mucho mayor de lo que reflejan las cifras oficiales.

«Los medios y el poderío económico que tienen las redes de trafico de seres humanos son cada día más sofisticados y mayores», destacó un funcionario de la oficina regional de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), que pidió el anonimato.

Un informe del Ministerio de Justicia de Vietnam calcula que más de 100.000 mujeres de este país han sido llevadas a otras naciones asiáticas tras ser adquiridas por las redes ilegales.

En Tailandia, donde la prostitución está muy arraigada, la esclavitud sexual continua imbatida, pese a que el problema ha remitido en las ciudades más grandes al tornarse complicado impedir la entrada de activistas internacionales en los prostíbulos.

La mayor parte de las mujeres captadas por las redes mafiosas proceden de Birmania y Laos, aunque también, los mercaderes las llevan desde más lejos: China e incluso de las antiguas repúblicas soviéticas.

Mientras la mayoría de las birmanas y laosianas son vendidas a los siniestros burdeles de aldeas y de los pequeños puertos, las chinas y ex soviéticas son incorporadas a la plantilla de prostíbulos camuflados bajo las más variopintas etiquetas, como saunas o locales de masajes, en los que el cliente desembolsa cantidades superiores.

«Resolver el problema es muy complicado porque el negocio del sexo es demasiado grande y está en juego mucho dinero», manifestó Rangsima Limpisawat, de la Fundación Tailandesa para la Mujer.