La decadencia del imperio de las virtudes

El New Age y la Ética del propio bienestar pasan a un primer plano

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LONDRES, sábado, 29 octubre 2005 (ZENIT.org).- Europa occidental y Estados Unidos son sociedades decadentes porque han abandonado la moralidad basada en las virtudes tradicionales. Es lo que dice un libro recientemente publicado por la Social Affairs Unit de Londres: «Decadence: The Passing of Personal Virtue and Its Replacement by Political and Psychological Slogans» (Decadencia: La Desaparición de la Virtud Personal y su Reemplazo por Eslóganes Políticos y Psicológicos).



Editado por Digby Anderson, el volumen reúne autores de diversas corrientes y opiniones. Una primera sección contiene ensayos sobre las «viejas» virtudes, tales como la prudencia, el amor y la valentía. La segunda trata de las «nuevas» virtudes, centradas en el medio ambiente, el humanitarismo, la terapia y el ser críticos.

El libro no pretende dar un análisis completo de cada virtud, y los autores de los capítulos difieren en sus acercamientos a la materia en cuestión. Los lectores pueden discrepar también de algunas de las interpretaciones de las virtudes. Sin embargo, el libro proporciona, en general, una reflexión estimulante sobre los peligros de desechar las verdaderas virtudes para pasar a los caprichos.

En la introducción, Anderson explica que las antiguas virtudes eran genuinas, en el sentido de exigir a las personas formas específicas de comportamiento. Las nuevas, en cambio, suelen caer en la categoría de eslóganes o requiebros retóricos. O, si en algunos casos contienen elementos de verdadera virtud, tienden a sobredimensionar un aspecto trivial de la virtud principal.

Kenneth Minogue, profesor retirado de ciencias políticas de la School of Economics de Londres, trata la virtud de la prudencia. Tras mirar a sus orígenes clásicos en Aristóteles y sus modificaciones posteriores, Minogue observa que la prudencia ha sido especialmente importante para el equilibrio de la conducta al coordinar los actos virtuosos de la persona.

Este concepto de la prudencia fue desafiado en el siglo XVIII por los filósofos utilitaristas, que intentaron sustituirlo por un sistema científico que maximizara la felicidad. Más recientemente, el mundo moderno ha interpretado la prudencia como evitar riesgos y, en vez de la virtud, ahora tenemos un análisis estadístico y una teoría de la probabilidad.

Otra forma en la que se ha debilitado la virtud de la prudencia es a través del papel creciente del Estado. En lugar de responsabilidad personal, ahora tenemos una regulación cada vez mayor de la conducta por parte de los gobiernos.

Ética sentimental
Digby Anderson, hasta el año pasado director de la Social Affairs Unit, consideró la virtud cristiana del amor en uno de los capítulos del libro. Esta virtud, explica, ha caído en dificultades porque sólo puede entenderse y vivirse dentro del contexto de una teología cristiana más amplia. Una vez que la fe en Dios, el cielo y el pecado desaparecen, entonces el amor, junto con muchas otras virtudes, se desvanece.

En su lugar tenemos una populista ética sentimental, o una ética secular basada en derechos. Permanece algo del tradicional lenguaje de la virtud del amor, pero es superficial, sin una metafísica o una sólida antropología que lo fundamente.

Así, en lugar de una virtud que ponga a Dios en primer lugar y nos requiera amar a nuestro prójimo, tenemos ahora un amor que nos libera de las normas, nos anima a seguir nuestros sentimientos y nos exhortar a ser agradables con la gente.

Theodore Malloch, director ejecutivo del Roosevelt Group, de Maryland, examina la virtud de la frugalidad. La frugalidad tiene sus orígenes en la tradición calvinista, según Malloch. Se basaba en la idea de que el valor de una persona no se determinaba por cuánto gasta, sino por la sabiduría que muestra en sus responsabilidades asumidas, en el contexto de ser un administrador de la creación de Dios.

Para una persona motivada por tal visión, un deseo ilimitado de poseer bienes se considera que denota inestabilidad espiritual. La sociedad moderna, sin embargo, ha invertido las cosas y ve en el tener más posesiones un signo de éxito. Así, el dominio ha sido sustituido por la prodigalidad, y la frugalidad por el endeudamiento. «En tal universo moral, el deseo es lo único verdaderamente absoluto», comenta Malloch.

Esta indulgencia de nuestros apetitos, añade, suele conducir a la corrupción y al decaimiento, personal y colectivamente. Al final, como sucede con los objetos materiales que los compramos y tiramos, mucha gente puede sentirse decepcionada.

La virtud del humanitarismo
Peter Mullen, rector de la Iglesia anglicana de St. Michael’s en Londres, dio un vistazo crítico a las nuevas virtudes «humanitarias». La nueva sociedad humanitaria, observa, se basa en eufemismos y sentimientos, en lugar de en una comunidad de fe.

La muerte y las tragedias personales, por ejemplo, no son tratadas en referencia a la fe, sino que se confían a la atención de consejeros y terapeutas. En vez de ser consolados con las promesas de la vida eterna contenidas en el Evangelio, la gente ahora se conforta con promesas de curación y de potenciación.

El negocio del asesoramiento ante el dolor evoca, de hecho, difusos sentimientos religiosos, pero vaciándolos de toda doctrina y enseñanza cristiana, dejándolos apenas en una farsa de la religión.

Basándose en sus 35 años de experiencia en la parroquia, Mullen advierte que el asesoramiento ante el dolor es pretencioso y sólo está pensado para buscar la atención del asesor en vez del beneficio del afligido. Al final, tenemos «una New Age en lugar de las promesas del evangelio», escribe.

Otro aspecto de la sociedad humanitaria es que estamos esperando a sentirnos conmovidos por la muerte de cualquier celebridad o figura pública. El resultado, sin embargo, es que nuestra respuesta emocional se degrada a través de la exageración.

Narcisismo
Mullen también critica el egocentrismo de la nueva espiritualidad. La vieja idea religiosa de actuar virtuosamente por propia motivación, o por causa de Dios, ha sido reemplazada por la noción psicoterapéutica de la virtud por nuestro propio bienestar.

El respeto a uno mismo ha sido reemplazado por la autoestima. El respeto a uno mismo solía surgir de la paz de intentar vivir una vida virtuosa y del tener una conciencia clara. Ahora sólo consiste en sentirse bien consigo mismo y carece de todo contenido moral.

Las religiones tradicionales decían a sus seguidores que habíamos caído y teníamos necesidad de ayuda espiritual, y explicaban las realidades del pecado y el perdón. El nuevo evangelio de la autorrealización, en cambio, niega cualquier deficiencia personal y vende una serie de técnicas que nos permitirán llevar a la práctica nuestro potencial. En el proceso, los conceptos de lo correcto y lo incorrecto se quedan en la cuneta.

La confianza psicológica en las nuevas virtudes es tratada en el capítulo a cargo de Frank Furedi, profesor de sociología de la Universidad de Kent. La enseñanza tradicional sobre los siete pecados capitales, y sus virtudes contrarias, se ha dado la vuelta, observa.

Se nos advierte en contra de la demasiada amabilidad, porque puede conducir a una fatiga de la compasión. La diligencia se desprecia a veces como ejemplo de alguien que sufre de un complejo de perfeccionismo. La gente humilde carece de autoestima, y la castidad es una disfunción sexual. «La virtud ya no es tanto su propia recompensa, sino que es una situación que requiere intervención terapéutica», concluye.

La moderna cultura terapéutica también anima a una exhibición abierta y desinhibida de las emociones, observa Furedi. Reconocer nuestros sentimientos se presenta como un acto de virtud. Y, en consecuencia, la invitación a buscar terapia o ayuda ha adquirido una connotación relacionada con el acto de admitir culpabilidad.

Existe, por tanto, una tendencia a inflar los problemas de vulnerabilidad emocional y a minimizar la capacidad de la persona para hacer frente al dolor sin la ayuda de terapia externa. Esta cultura de la terapia también trae consigo la idea de que la persona no es autora de su propia vida, sino víctima de la causalidad. La virtud se reemplaza así por la terapia, dejándonos más pobres como consecuencia.