La difícil diplomacia vaticana ante la Polonia comunista

Entrevista al nuevo primado polaco, que fue primer Nuncio tras el Muro

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VARSOVIA, martes 11 de mayo de 2010 (ZENIT.org).- Monseñor Józef Kowalczyk, primado de Polonia desde el sábado pasado, posee una amplia experiencia en el ámbito de la diplomacia vaticana, a la que se ha dedicado durante cuarenta años, y conoce a fondo su país de origen, Polonia, y su historia.

Monseñor Kowalczyk (Jadowniki Mokre, 28 de agosto de 1938), fue nombrado nuncio apostólico en Polonia en 1989 por Juan Pablo II, convirtiéndose en el primer representante pontificio en el país tras la Segunda Guerra Mundial. Ahora, Benedicto XVI le nombra arzobispo de Gniezno y nuevo primado de Polonia.

En la siguiente entrevista concedida a ZENIT poco antes de este nombramiento, recuerda la “falsedad y perversión de los métodos de los representantes del Gobierno comunista polaco”, así como algunas experiencias de su estrecho contacto con Juan Pablo II.

La segunda parte de esta entrevista se publicará en el servicio de mañana miércoles.

- Usted, nacido en Polonia, en los cuarenta años de servicio a la Santa Sede, ¿se ocupaba también de los problemas concretos referentes a su país de origen?

Mons. Kowalczyk: Al principio no, pero en 1976 fui nombrado -de acuerdo con el episcopado polaco- miembro del grupo de la Santa Sede para los Contactos Permanentes de Trabajo con la República Popular de Polonia.

En el ámbito de ese cargo, viajaba a Polonia con los demás miembros del Grupo – entre ellos quiero recordar al menos al arzobispo Luigi Poggi – para reunirme con los representantes del episcopado, del Gobierno y de la Oficina para el Culto Divino.

- ¿Cómo cambió su vida con la elección a la cátedra de Pedro del arzobispo de Cracovia?

Mons. Kowalczyk: En seguida después de su elección, el 18 de octubre de 1978, Juan Pablo II me pidió que me convirtiera en jefe de la sección polaca de la secretaría de Estado, que debía organizar y hacer funcionar, asumiendo los colaboradores.

Mi tarea principal era editar todos los textos en polaco del Santo Padre -encíclicas, cartas apostólicas, homilías, catequesis de los miércoles, mensajes, etcétera, y ocuparme de su publicación.

Aún más, la sección polaca debía ocuparse de la correspondencia, oficial y privada, que el Papa recibía en polaco.

Por supuesto, de acuerdo con él, respondía a las cartas o las clasificaba entre las distintas oficinas de la curia.

- Puedo imaginar que debía ser una tarea enorme...

Monseñor Kowalczyk: Es verdad. Pero poco tiempo después tuve que ocuparme también de otra: el 17 de noviembre de 1978, el secretario de Estado me puso al frente de la Comisión para la publicación de los escritos de Karol Wojtyła, cuya tarea era la preparación de las traducciones y de las publicaciones de todos los textos de Wojtyla, antes de la elección a la cátedra de Pedro.

Este trabajo – que incluía también centenares de contratos para las traducciones y las publicaciones en varias lenguas – se hacía en colaboración con la Libreria Editrice Vaticana.

- También estuvo comprometido usted en la Fundación Juan Pablo II...

Monseñor Kowalczyk: Fue otra tarea que me confió el secretario de Estado: debía preparar el estatuto y la reglamentación de la Fundación Juan Pablo II, que servía para recoger la documentación del pontificado y para la difusión del magisterio del papa polaco.

- ¿Al mismo tiempo continuaba ocupándose también de los contactos con las autoridades comunistas polacas?

Mons. Kowalczyk: Sí, me ocupaba siempre de los contactos, ya fuera con el episcopado polaco o con el Gobierno, de manera particular con el Grupo de la República Popular Polaca para los contactos permanentes de trabajo con la Santa Sede, con base en la Embajada Polaca en Roma.

Los temas de nuestras conversaciones eran múltiples, pero querría recordar en primer lugar los preparativos del viaje del Papa a Polonia, el primero en 1979 y el segundo en 1983, especialmente difíciles a causa de la prolongación del estado de guerra introducido por la junta militar del general Jaruzelski en 1981 y después por los viajes sucesivos.

Yo informaba de todo al Santo Padre, que me daba también indicaciones. Por ejemplo, cuando los comunistas no quisieron que el primer viaje se hiciera en mayo de 1979 y propusieron el junio siguiente, el Papa consintió pero me pidió exigir que ese viaje coincidiera con el jubileo de san Estanislao.

Una tarea particular era el trabajo relacionado con la elaboración de un acuerdo referente a las relaciones Estado-Iglesia: los comunistas, para salir del aislamiento, lo querían; en cambio, para la Iglesia católica en Polonia, ese acuerdo era una condición necesaria para que la Santa Sede pudiera establecer relaciones diplomáticas con Polonia.

- Excelencia, con cierto pesar, y diría también un poco de indignación, querría hablar con usted sobre un tema delicado que afecta a la Iglesia en Polonia: la llamada lustracja (verificación). Recordemos a nuestros lectores que en 1989 los comunistas polacos cedieron el poder (tras los acuerdos llamados de la mesa redonda) a cambio de la impunidad para los miembros del partido y de todo el aparato de los servicios de seguridad. De esta manera, los organizadores y los ejecutores del Estado totalitario y también los fieles servidores del régimen comunista -jueces, periodistas, profesores, gente de cultura, etcétera- tenían garantizada la condición de intocables. La regla de impunidad se respetó también cuando se decidió abrir los archivos de los servicios de seguridad para dar la posibilidad a las víctimas del régimen de consultar su expediente. Por desgracia, los primeros que “aprovecharon” la posibilidad de acceder a los archivos de los servicios de seguridad fueron no los perseguidos, sino algunos periodistas interesados sólo en las cartas referentes al clero. Por este motivo, la opinión pública, no sólo en Polonia sino en todo el mundo, en lugar de escuchar las historias de los ejecutores y de los servidores fieles del régimen comunista, empezó a ser informada sobre la presunta “colaboración” del clero polaco con los servicios de seguridad. Así se ha invertido la perspectiva histórica y los sacerdotes polacos, las primeras víctimas del régimen, han sido presentados como espías y colaboracionistas. Hace años, titulé así uno de mis artículos referentes al caso del linchamiento mediático al arzobispo Wielgus: Desde la tumba de la historia, el comunismo golpea aún a la Iglesia polaca. Los venenos también le afectaron a usted, cuando alguien sacó de los archivos los “documentos” que mostraban su presunta colaboración con los servicios secretos comunistas (registrada como “contacto informativo” con el pseudónimo Cappino).

Monseñor Kowalczyk: La lustracja fue un proceso de verificación cuyo objetivo fue descubrir a los que hubieran colaborado voluntariamente con los servicios secretos comunistas. Este proceso también incluyó a sacerdotes y obispos polacos.

Yo soy ciudadano de la Santa Sede, la represento en Polonia, soy decano del cuerpo diplomático y como los demás embajadores disfruto de inmunidad diplomática. Por este motivo el proceso de lustracja no me afectó.

Pero nací aquí, hablo la lengua de aquí, por tanto soy un obispo polaco como los demás. Entonces, aquí y allá se alzaron voces para “verificar” también al arzobispo Kowalczyk.

Yo decidí consultar mi expediente procedente de los archivos comunistas, como signo de solidaridad con los demás obispos.

Se descubrió que en el Instituto de la Memoria Nacional (IPN) se encontraban algunas hojas que habían sido entregadas a los miembros de la Comisión Histórica de la Archidiócesis de Varsovia.

Del análisis de estas pocas cartas, la comisión descubrió que desde 1963 y después, cuando estudiaba en Roma y trabajaba en las estructuras de la curia romana y en el Grupo de la Santa Sede para los contactos permanentes de trabajo con el Gobierno polaco, estaba bajo la mirada de los servicios de seguridad polacos (como todos los demás estudiantes sacerdotes,tanto en Polonia como en Roma).

Tras mi salida a Roma para el cargo en la curia, desde 1971, estaba bajo la atención de los servicios secretos polacos (el Departamento del Ministerio de Asuntos Internos) y el 15 de diciembre de 1982 fui registrado – francamente, sin saberlo – en el mismo ministerio como “contacto informativo” con el pseudónimo Cappino.

Entre las cartas había también una nota fechada el 3 de enero de 1990 con la información de que el expediente fue destruido, teniendo en cuenta “la inutilidad operativa”.

En consecuencia, la Comisión de la archidiócesis declaró que no había ningún indicio que pudiera sugerir la colaboración voluntaria y consciente del entonces monseñor Józef Kowalczyk con los servicios de seguridad polacos.

A continuación, la Conferencia Episcopal Polaca publicó una declaración en la que reiteró la plena confianza en monseñor Kowalczyk, como fiel y leal colaborador del Santo Padre Juan Pablo II.

Y después en los archivos del IPN encontraron un “documento”, publicado más tarde en un diario polaco bajo el título Los servicios de seguridad comunistas han perdido frente al nuncio, porque el registro se realizó sin el conocimiento del interesado, y aún más, para cubrir a uno de los secretarios del representante del Gobierno polaco acreditado ante la Santa Sede que actuaba como espía de las autoridades comunistas de Varsovia.

Esto demuestra la falsedad y la perversión de los métodos de trabajo de los representantes del Gobierno comunista polaco, también de los acreditados ante la Santa Sede.



[Por Wlodzimierz Redzioch, traducción del italiano por Patricia Navas]