La doctrina social de la Iglesia y los organismos genéticamente modificados

Postura de los estudiosos sobre los cultivos OGM, como solución al hambre

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ROMA, miércoles, 1 diciembre 2004 (ZENIT.org).- Se acaban de publicar en italiano recoge las ponencias de un congreso, a puertas cerradas, promovido por el Vaticano sobre el tema de los alimentos genéticamente modificados.



El volumen, que lleva por título «OGM, ¿amenaza o esperanza?» («OGM: minaccia o speranza?», Editorial ART), presenta las intervenciones de científicos, agricultores, ministros y teólogos de todo el mundo reunidos en noviembre de 2003 en Roma por el Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz.

Su objetivo era evaluar, desde un punto de vista ético, la producción y el uso de semillas genéticamente modificadas.

En la introducción, el cardenal Renato Raffaele Martino, presidente del Consejo Pontificio Justicia y Paz, subraya que la idea del seminario nació de «una exigencia profunda y esencial de la misión religiosa y moral de la Iglesia», que desea «iluminar con la luz del Evangelio todo aquello que se refiere a la promoción humana y a la afirmación de su dignidad».

«La Iglesia lo hace respetando la ley natural, aprovechando los resultados de la investigación científica, actualizando el mensaje de las sagradas escrituras y aplicando los principios de su doctrina social», añade.

El presidente del dicasterio promotor del convenio internacional recuerda que el libro del Génesis revela que «en el designio del Creador, la realidad creada, buena en sí misma, existe en función de la persona humana».

«El dominio del hombre sobre todos los otros seres vivientes, sin embargo, no debe ser despótico ni insensato; por el contrario, debe cultivar y custodiar los bienes creados por Dios: bienes que el hombre ha recibido como un regalo precioso, puesto por el Creador bajo su responsabilidad», añade.

Martino subraya que la tarea del hombre es la de cultivar, no la destruir: «Cultivar significa intervenir, decidir, hacer, no dejar que las plantas crezcan a su aire. Cultivar significa potenciar y perfeccionar, para que haya frutos mejores y más abundantes. Cultivar significa ordenar, limpiar, eliminar lo que destruye y arruina. Cultivar es el mejor modo de custodiar».

El libro hay voces críticas y otras favorables a la utilización de organismos genéticamente modificados.

El padre Gonzalo Miranda LC, decano de la Facultad de Bioética del Ateneo «Regina Apostolorum» explica que «algunas personas piensan que la manipulación genética de los seres vivientes sea en sí misma, por su mismo objeto, un acto éticamente reprobable, en cuanto que tiende a alterar lo que es natural».

Miranda cita las palabras de Juan Pablo II, quien escribe que «en el delicado campo de la medicina y de la biotecnología, la Iglesia católica no se opone de ningún modo al progreso», sino que, por el contrario «la ciencia y la tecnología son un producto maravilloso de la creatividad humana que es un don de Dios, dado que nos han proporcionado posibilidades maravillosas, de las que nos beneficiamos con ánimo agradecido».


Es más crítico el padre Roland Lesseps, S.J. director del Centro de Reflexión Teológica de Lusaka (Zambia), quien llega a afirmar que, según su punto de vista, «la manipulación genética no concuerda con la doctrina social de la Iglesia».

El libro es el último de los documentos referentes a las biotecnologías, publicados por un organismo de la Santa Sede.

En 1999, la Pontificia Academia para la Vida había publicado un detallado estudio sobre «Biotecnologías vegetales y animales» (Libreria Editrice Vaticana). En febrero de 2001, la Academia Pontificia de Ciencias ha publicado un informe sobre «Las plantas genéticamente modificadas para la producción de alimento».

El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, publicado en octubre por el Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz, en el capítulo referente al ambiente, dedica un espacio específico a las biotecnologías.