La enfermedad y el hospital en la enseñanza y experiencia del Papa

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CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 2 febrero 2005 (ZENIT.org).- En la noche del martes, poco después del ingreso hospitalario urgente de Juan Pablo II por complicaciones derivadas de su gripe, su secretario, monseñor Stanislaw Dziwisz, afirmó que no le había encontrado «demasiado preocupado» y que dijo «orad y estad tranquilos».



Así lo recogía anoche en una edición extraordinaria «on-line» el diario italiano «Il Corriere della Sera». Haciéndose eco de ello, «Radio Vaticana» difundió en la mañana de este miércoles la actualización del estado de salud del Santo Padre: «No hay motivo para una alarma especial», dijo su portavoz, Joaquín Navarro-Valls (Cf. Zenit, 2 febrero 2005).

Un accidente llevó a Karol Wojtyla, a los 24 años, a pasar por doce días de hospitalización en Cracovia. Desde entonces, en sus más de 26 años de pontificado, Juan Pablo II –tiene 84 años— ha pasado nueve veces por el hospital, ocho de ellas en el "Agostino Gemelli" de Roma, donde está actualmente ingresado.

El 13 de mayo de 1981, el atentado que sufrió en la Plaza de San Pedro le mantuvo en el hospital 21 días y tuvo que ser intervenido quirúrgicamente. Un mes después, una infección motivó otra operación y 55 días de ingreso. En julio de 1992 fue ingresado 18 días para la extirpación de un tumor benigno en el intestino. El año siguiente, por unas horas para ser sometido a un examen rutinario.

En 1993 sufrió una luxación de hombro por una caída y permaneció ingresado dos días; 29 días en 1994 por una fractura de fémur también por una caída; en 1996 pasó por el hospital de Albano por un control y nuevamente estuvo en Gemelli para ser operado de apendicitis.

«Al haber compartido también yo, durante estos años, en varias ocasiones, la experiencia de la enfermedad, he comprendido cada vez más claramente su valor para mi ministerio petrino y para la vida misma de la Iglesia», reconoció el Papa en su Mensaje para la IX Jornada Mundial del Enfermo (2001).

En aquella ocasión, a la vez que expresaba su afecto y solidaridad con los que sufren, les invitó «a contemplar con fe el misterio de Cristo, crucificado y resucitado, para llegar a descubrir en sus sufrimientos el designio amoroso de Dios», pues «sólo contemplando a Jesús, "varón de dolores y familiarizado con el sufrimiento" (Is 53, 3), es posible encontrar serenidad y confianza».

Esa fue precisamente la línea que el Papa trazó, menos de tres años después de que sufriera el atentado, en su carta apostólica «Salvifici doloris», en cuyas líneas abordó el sentido cristiano del sufrimiento humano.

En este documento también reconoció que «es ante todo consolador —como es evangélica e históricamente exacto— notar que al lado de Cristo, en primerísimo y muy destacado lugar junto a Él está siempre su Madre Santísima por el testimonio ejemplar que con su vida entera da a este particular Evangelio del sufrimiento».

De una especial dimensión mariana quiso dotar Juan Pablo II la Jornada Mundial del Enfermo, que él mismo instituyó y que desde hace trece años se celebra el 11 de febrero, día de la memoria de la Virgen de Lourdes.

De hecho, han acogido esa celebración lugares marianos como el santuario de Czestochowa (Polonia), el santuario de María, Reina de la paz, de Yamusukro (Costa de Marfil), el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe (México), el santuario de Nuestra Señora de Fátima (Portugal), el santuario de Loreto (Italia), el santuario de Nuestra Señora de Harisa (Líbano), la catedral de Sydney, dedicada a la Virgen María, Madre de la Iglesia (Australia), el santuario de la «Virgen de la salud» en Vailankanny (la India), el santuario de Lourdes (Francia) o el santuario de María Reina de los Apóstoles en Yaoundé (Camerún) la próxima semana.

Y es que «todos tenemos necesidad de modelos que nos animen a caminar por la senda de la santificación del dolor», admitió Juan Pablo II en su
Mensaje para la II Jornada Mundial del Enfermo (1994), proponiendo en la memoria de Nuestra Señora de Lourdes contemplar «a María como una imagen viva del evangelio del sufrimiento».

Expresión de su comunión y preocupación hacia el enfermo, la iniciativa papal de la Jornada Mundial del Enfermo busca «sensibilizar al pueblo de Dios» y «a las varias instituciones sanitarias católicas y a la misma sociedad civil, ante la necesidad de asegurar la mejor asistencia posible a los enfermos», pero también se orienta a «ayudar al enfermo a valorar, en el plano humano y sobre todo en el sobrenatural, el sufrimiento» (Cf. Carta de Juan Pablo II, 13 de mayo de 1992).

Cada año, con ocasión de la Jornada, el Papa difunde un mensaje en el que aborda aspectos esenciales del sufrimiento humano y exhorta a dirigir la atención a situaciones de carencia o de particular preocupación, como actualmente hace con la pandemia del Sida (Cf. Zenit, 30 de septiembre de 2004).

De hecho, Juan Pablo II reconoce que ama mucho la Jornada Mundial del Enfermo (Cf. Mensaje con ocasión de su V celebración, 1997).

Veinte años se cumplirán además el próximo 11 de febrero desde que, como expresión de la «solicitud de la Iglesia hacia los enfermos», el Papa también decidió instituir la Comisión pontificia que fue después Consejo pontificio para la pastoral de los agentes sanitarios.

Y cada día Juan Pablo II se dirige «espiritualmente en peregrinación a los hospitales y a los centros sanitarios, donde viven personas de toda edad y de toda clase social», pues para él estos lugares son «una especie de santuarios, en los que las personas participan en el misterio pascual de Cristo»

«Allí incluso los más distraídos se ven impulsados a interrogarse acerca de su existencia y su significado, y acerca del porqué del mal, del sufrimiento y de la muerte (cf. Gaudium et spes, 10). Precisamente por eso es importante que en esos centros nunca falte la presencia cualificada y significativa de los creyentes», indicaba en su Mensaje para la IX Jornada Mundial del Enfermo (2001).

El año pasado Juan Pablo II se unió a los enfermos, a sus acompañantes, a quienes les atienden y a sus familias en la Gruta de Massabielle, en Lourdes (Francia), «como peregrino ante la Virgen» (Cf. Zenit, 15 agosto 2004).

«Hago mías vuestras oraciones y vuestras esperanzas –les dijo--; comparto con vosotros este momento de la vida marcado por el sufrimiento físico, pero no por ello menos fecundo en el designio admirable de Dios».