La fascinante vida de la beata Mary MacKillop

La fundadora de las Hermanas de San José será canonizada el próximo 17 de octubre

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ROMA, martes 13 de julio de 2010 (ZENIT.org).- Audaz, intrépida y adelantada para su tiempo. Al mismo tiempo dulce, bondadosa y muy espiritual. Así era Mary MacKillop (1842- 1909) la primera australiana en ser reconocida como santa. Benedicto XVI la canonizará el próximo 17 de octubre en la Plaza de San Pedro en el Vaticano.

Para conocer más detalles sobre su vida, ZENIT entrevistó a la postuladora para su causa de canonización, la hermana Mary Casey, miembro las Hermanas de San José del Sagrado Corazón, congregación religiosa fundada por la futura santa.

-¿Cómo vivió Mary MacKillop su infancia y su juventud?

Hna Mary Casey: Mary MacKillop, hija de inmigrantes, nació en Scotland (Melbourne), una ciudad que en ese entonces tenía sólo siete años de existencia. Australia había sido colonizada por los europeos, unos 100 años atrás. Sus padres Alexander y Flora llegaron de manera separada, pero quizás se conocieron en Escocia, su lugar de procedencia.

Mary nació el 15 de enero de 1842, fue la primera de 8 hijos. Su padre no había podido tener un empleo estable y por ello las circunstancias de la familia cambiaban mucho. A veces dependían de sus familiares para poder vivir. Desde muy temprana edad Mary tuvo que trabajar, primero en una papelería y luego, como profesora y después como institutriz de sus primos. Mary amaba la naturaleza y tenía un gran afecto por su familia.

-¿Cómo sintió la llamada de fundar a las Hijas de San José?

Hna Mary Casey: Cuando Mary era institutriz en el sur este de Australia, se dio cuenta que había muchos niños en el área rural que no tenían educación, especialmente los niños católicos. Ella soñaba con ser religiosa, pero dejó de lado este anhelo por ayudar a su familia. Mientras trabajaba como institutriz conoció a un sacerdote, el padre Julian Tenison Woods, cuya parroquia era muy grande, casi tenía la misma extensión que Inglaterra. Él compartió el anhelo de Mary y, a los 24 años ella se consideraba ya libre para cumplir su sueño.

No quiso entrar en ninguna congregación religiosa de las que estaban presentes en Australia, cuyo trabajo estaba más focalizado en las ciudades. En 1866 ella y su hermana abrieron el primer colegio en una caballeriza en desuso ubicada en Penola. Así nació la congregación de las Hermanas de San José del Sagrado Corazón.

A Mary le aconsejaron que se mudara a Adelaida, donde la nueva congregación se expandió tan pronto como las otras colonias de Nueva Zelanda. Le pidieron su apoyo y sólo le pidió a sus padres si podían ayudarla económicamente de alguna manera. María no podía pagar nada. Pronto Mary estableció algunas casas para chicas solteras embarazadas, para las mujeres que salían de la cárcel y para los ancianos indigentes.

-¿Cuáles son sus principales virtudes?

Hna Mary Casey: Recordamos a Mary, tanto por las obras que hizo como por la persona que fue. Como dijo Juan Pablo II durante su beatificación en Sydney: “Porque el amor de Dios inflamó su corazón, ella valientemente defendió a los débiles, los pobres, los sufrientes y todos aquellos que pertenecían a la sociedad marginada. Ella trabajó para asistir a las mujeres y las familias en peligro, para erradicar la ignorancia entre los jóvenes. En ella, los rechazados, los que nadie ama y aquellos que son apartados de la sociedad encontraron consuelo y fortaleza”. (Juan Pablo II, Sydney, 18 de enero de 1995).

Ella vivió el Evangelio imperativo de amar al prójimo como a sí mismo. Ella le dio dignidad a los pobres, especialmente a las mujeres que se movían en un ambiente de grandes dificultades. Trataba a los aborígenes con el respeto que hasta ese momento nadie lo había hecho. Como institutriz, se hizo amiga de los niños aborígenes y les enseñó a leer y escribir.

-¿De dónde provenía tanta bondad?

Hna Mary Casey: Mary recibió de su madre una profunda fe en la Providencia de Dios. Ella vivió como muchos creyentes y contagiaba a sus hermanas de esta fe. Su fe viva, su activa esperanza, caridad y apertura a la acción de la gracia la nutrían en su vida diaria y se hacían evidentes en el ejercicio de sus virtudes.

Con valentía, dulzura y compasión, vivió aislada en las zonas rurales con los habitantes de los tugurios y con las personas de la clase obrera. A sus hermanas les exhortaba a vivir con las constituciones y reglas, a orar individual y comunitariamente, a tener devoción hacia el Santísimo Sacramento, a vivir en constante presencia de Dios y a asistir a la misa cada vez que el sacerdote estuviera disponible.

Ella fue leal a la Iglesia y tuvo un cariño especial por los sacerdotes y por el apostolado que hacían. Nunca permitió que alguna de sus hermanas hablara mal de un sacerdote u obispo.

Vivió la ley en el espíritu y no sólo en la letra. No dudaba en adecuar las a cada hermana cuando las circunstancias individuales lo requerían. Era amiga de personas de todos los niveles sociales. Su amiga, Joanna Barr Smith, una mujer anglicana, escribió al final de su vida sobre la vida de Mary: “Viviendo o muriendo, yo soy siempre la misma para ti y estoy orgullosa de mirar atrás en estos casi 40 años de amistad”.

Sin embargo, su don más destacado fue la bondad. No era sólo la bondad reflejada en todas las obras de las que era responsable, ni la bondad como una cualidad aislada, distante sino la bondad que describe San Pablo en su Primera carta a los corintios: “El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tienen en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. (1 Corintios, 13, 4 – 7).

Después de su beatificación el Primer Ministro de Australia, dirigió al Parlamento reiterando su contribución: Dijo: “Las cualidades que ella consagró: apertura y tolerancia, valentía, persistencia, fe y amor hacia los demás – son cualidades que deben vivir las naciones ya sea personal o comunitariamente”. (Paul Keating, primer ministro de Australia al Parlamento, 21 de enero de 1995

Hace dos años, durante su visita a Sydney en ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud, el Papa Benedicto XVI, refiriéndose a Mary MacKillop dijo: “conozco su perseverancia en momentos de adversidad, su plegaria por la justicia en nombre de quienes son tratados injustamente y su ejemplo práctico de santidad se han convertido en una fuente de inspiración para todos los australianos”.

-¿Por qué dicen que era una mujer con una mentalidad avanzada para su tiempo?

Hna Mary Casey: Por varias razones: en primer lugar, en Australia ella quería que sus hermanas estuvieran bajo el gobierno de una religiosa que fuese la superiora general que tuviera la libertad de enviarla donde fuese necesario.

En aquella época las religiosas estaban bajo la jurisdicción del obispo local. Ella quería que sus hermanas vivieran como los pobres, en pequeñas comunidades de dos o tres hermanas y en lugres lejanos donde tanto la misa como los sacramentos no siempre estuvieran al alcance de la gente. Además, ella tenía una visión de toda Australia cuando éste era apenas un país conformado por colonias individuales.

-Un evento insólito ocurrió en su vida: la excomunión por el obispo de Adelaida ¿por qué se dio esto?

Hna Mary Casey: Las razones de su excomunión son complejas. El padre fundador, Julian Tenison Woods, había trabajado como el director de Educación Católica en Adelaida y no era muy popular entre sus feligreses. Al establecer nuevas escuelas, aumentaron las deudas de muchos de los que eran atendidos por las Hermanas de San José.

Algunas hermanas no estaban educadas como deberían pero Mary insistía en que no podían existir divisiones dentro del coro y de las hermanas laicas. El problema final fue que uno de los consejeros del obispo le dijo a Mary que el obispo quería que regresara inmediatamente a la zona rural. Mary respondió que ella necesitaba verlo antes de regresar allí. Su respuesta fue comunicada al obispo como un rechazo a su petición. Sus consejeros le recomendaron excomulgarla y así lo hizo.

-¿Y qué hizo ella?

Hna Mary Casey: Cuando Mary fue excomulgada, a las otras hermanas se les prohibió hablar con ella y muchas fueron alejadas de la congregación. Mary fue acogida por sus amigos y eventualmente, por algunos hombres de negocios judíos, quienes le proporcionaron una casa a ella y a algunas mujeres que se vieron obligadas a irse.

Los padres jesuitas se dieron cuenta de esta injusticia y continuaron suministrándole los sacramentos. Cinco meses después de la excomunión el obispo se dio cuenta de su error y desde su lecho de muerte envió a uno de los sacerdotes para que cancelara la sentencia. Durante el tiempo de excomunión, Mary nunca pronunció una palabra contra el obispo y siguió orando por él.

-¿Cuál fue el milagro para su canonización?

Hna Mary Casey: Fue la curación de una mujer que padeció un largo cáncer que en teoría no tenía cura ni tratamiento alguno. Le habían dado pocas semanas de vida, a lo mucho unos pocos meses. Su familia, sus amigos y las hermanas de San José oraron a través de la intercesión de la beata Mary MacKillop para su pronta recuperación. Han pasado los años y ella está viva, bien y de acuerdo con  las más estrictas pruebas de evidencia médica, libre del cáncer.

Por Carmen Elena Villa