La fe en la ex Unión Soviética sobrevivió gracias a los catequistas

Testimonio de sor María, evangelizadora en Kazajstán

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CIUDAD DEL VATICANO, 11 dic 2000 (ZENIT.org).- Se reunían en un escondite a rezar por la noche. «Nadie debía saberlo fuera de los presentes». María Feist, farmacéutica por necesidad y religiosa por vocación, recuerda aquellos años en Kazajstán pasados junto a centenares de otros «catequistas clandestinos».



Era el «único modo» para desarrollar su misión. Justamente como las primeras comunidades cristianas, cuando la tradición oral era «el único modo» para transmitir el conocimiento de la fe.

El relato de sor María resonó en la sala de las audiencias generales del Vaticano el sábado pasado, con motivo del Jubileo de los catequistas y profesores de religión. Miles de catequistas del todo el mundo escuchaban a esta peregrina venida de la ex URSS.

En la Unión Soviética el peligro para las vidas de los creyentes era más que real. «Practicar la religión estaba prohibido. Desde niña tuve la experiencia sólo poder vivir la fe a escondidas». En aquellos años se consumaban grandes tragedias.

Sor María mencionó el caso de numerosas familias «de origen alemán, polaco, ucraniano, deportadas a Kazajstán durante el periodo estalinista, que trataban de transmitir de todos modos la fe a sus hijos».

Y, «¡mucho cuidado con dejar huellas! Ni Biblias, ni documentos, ni libros de oración. La liturgia se celebraba durante la noche en casas privadas».

Siempre con el miedo y el KGB a la salida. «La policía nos seguía la pista y nos amenazaba».

No son tiempos remotos sino experiencias que han llegado hasta los años ochenta. Por un extraño acontecer de la historia, aquellas regiones no han sido nunca fáciles para los creyentes. «En Asia central, no había cristianos desde el siglo XIII, cuando tuvo lugar la insurrección de los mongoles. Antes de la guerra mundial comenzaron a surgir comunidades cristianas entre los exiliados».

Iglesias forjadas con el coraje y el martirio: «De vez en cuando, algún catequista osaba poner por escrito las verdades de la fe. Con mucha cautela los textos se pasaban a los colegas más jóvenes».

La aventura de sor María empieza gracias a uno de estos escritos. Una catequista paisana suya fue descubierta por los servicios de seguridad. Fue expulsada del Kazajstán pero le dio tiempo a entregar un librito a María que lo hizo fructificar dedicándose a los niños que, en grupos de quince, participaban en la catequesis. Para ello no podían utilizar ningún tipo de material, pues era necesario proteger a la familia de los pequeños.

«Poseer y difundir literatura cristiana estaba prohibido», subraya sor María, que entró en una congregación religiosa fundada en la clandestinidad, las Hermanas de la Eucaristía.

«Las reuniones se hacían en las habitaciones privadas, en los apartamentos o en las casas de familias elegidas porque se distinguían por su conducta cristiana». Se tomaban toda serie de precauciones: «Se cerraban las ventanas y se actuaba silenciosamente evitando hacer cualquier ruido». A medida que la comunidad cristiana crecía, la «atención» de los militares se hacia más oprimente.

«Los registros por parte de la policía secreta, que venía a nuestra casa muchas veces, nos obligaban a tener una mayor cautela».

Por todas estas razones, «en las familias, el apostolado de los catequistas era muy estimado y aquellas molestias habían hecho más arraigado y profundo su entusiasmo en la fe y la convicción cristiana». Una acción arriesgada que tenia su compensación: «Los niños y los adolescentes que venían a la catequesis tenían un gran respeto y nos escuchaban con gran interés».

La «farmacéutica religiosa» habla en nombre de aquellos que han sobrevivido y de aquellos de los que no se ha vuelto a saber nada. «Las experiencias de aquel tiempo me han enriquecido mucho y han confirmado mi fe. Me han hecho comprender que el Reino de Dios está muy cerca».