La fe es «lucha y sumisión»

Dijo el arzobispo y teólogo Forte ante los obispos de Inglaterra y Gales

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LEEDS, viernes, 16 noviembre 2007 (ZENIT.org).- La fe es «lucha y sumisión», explicó el teólogo Bruno Forte, arzobispo de Chieti-Vasto, Italia, dirigiéndose el 12 de noviembre a los obispos de Inglaterra y Gales, en Leeds, con una intervención sobre el tema «Religión y Libertad. Las realidades terrestres no se devalúan a causa de los sagrado».



«¿Cómo pueden creyentes y no creyentes, y los creyentes de diversas confesiones, encontrarse y dialogar en la verdad, dados los desafíos del panorama actual?», se preguntó el arzobispo, miembro de la Comisión Teológica Internacional.

«Los creyentes --respondió-- están llamados a ir más allá de toda reducción del cristianismo a una ideología y a estar sinceramente atentos a los demás en toda su dignidad, cualquiera que sea su credo».

Creer, añadió el arzobispo Forte «es ser hechos prisioneros del Totalmente Otro», «hacerse prisioneros del Invisible».

«El pensamiento de quien cree no defiende una explicación para cualquier cosa, ni quiere dar luz sobre todo, sino que vive más bien como de noche, cargado de expectativa, suspendido entre la primera y la última venida del Señor, reforzado ya, seguramente, por la luz que llegó en la oscuridad, y todavía deseoso del alba», observó.

«El pensamiento del creyente no está todavía totalmente iluminado por el día, pues pertenece a otro tiempo y a otro lugar, pero recibe suficiente luz para llevar el peso del mantener la fe».

Los no creyentes, observó monseñor Forte, «viven en el mismo estado de búsqueda y espera». Ahora bien, «a condición de que su ‘falta de fe’ sea algo más que una etiqueta, que sea fruto de su experiencia de sufrimiento y de lucha con Dios y del hecho de lograr creer en él».

«El verdadero no creer --reveló el prelado-- no es una negación fácil, con pocos efectos sobre la persona interesada. El serio y reflexionado no creer, atento a los verdaderos interrogantes del mundo y de la vida, significa sufrimiento; es una pasión por la verdad que paga un precio personal por el amargo coraje de no creer».

Quien no cree y vive esta condición de modo responsable «es consciente del agudo dolor de la ausencia, sintiéndose huérfano, profundamente abandonado», comentó el arzobispo.

En cuanto a los creyentes, para monseñor Forte «están llamados a poner en discusión su fe y a redescubrir la lucha con Dios como parte de su amor por Él».

«Ser humanos, ser libres, significa partir de viaje: los seres humanos están en un éxodo, llamados permanentemente a salir fuera de sí, a ponerse en discusión, a buscar una casa».

Si los hombres son, por tanto, «por constitución, peregrinos en la vida», «la verdadera tentación es dejar de viajar, sentir que ya han llegado, no pensar más en sí mismos como peregrinos en este mundo, sino amos».

Este razonamiento puede ser aplicado también a la vida de fe: la tentación, en este caso como en el precedente, es pararse.

La fe, añadió el arzobispo, es «lucha y sumisión», lucha porque «no es el descanso ante una certeza poseída», sumisión porque «en el combate llega un momento en el que se comprende que el perdedor en realidad vence, y por tanto se rinde ante Él».

La fe se hace por consiguiente «autoabandono y olvido de sí, y alegría de confiarse en los brazos del Amado».

Si la fe en verdad es todo esto, los creyentes no buscarán signos visibles que muestren la fidelidad del Dios en el que creen. «Creerán en Él también cuando la respuesta a los verdaderos interrogantes sobre el sufrimiento humano quede escondida en su Silencio».

Hay que decir «no» a una fe estática «hecha de confortable tolerancia, que se defiende condenando a los demás porque no sabe cómo vivir el sufrimiento del amor», y decir «sí» a una fe que se interroga, «capaz de empezar cada día a fiarse de los demás, de vivir el éxodo sin retorno, viajando siempre hacia el misterio de Dios, desvelado y escondido en su Palabra».

En todo este contexto, «el diálogo entre creyentes y no creyentes puede entenderse como un ejercicio de respeto recíproco y un testimonio de libertad religiosa», además de «uno de los principales y más enriquecedores desafíos en las culturas caracterizadas por la falta de credo y por la indiferencia religiosa».