La fragilidad humana permite descubrir la grandeza de Dios, explica el Papa

«Señor, ¿qué es el hombre para que te fijes en él?», se pregunta en la audiencia general

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CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 11 enero 2006 (ZENIT.org).- La constatación de la propia fragilidad, lejos de hundir en la desesperación, permite descubrir la grandeza de Dios, aseguró Benedicto XVI en la audiencia general de este miércoles.



«Señor, ¿qué es el hombre para que te fijes en él?», preguntó al comentar el Salmo 143 ante unos ocho mil peregrinos congregados en el Aula Pablo VI del Vaticano.

En su meditación, el pontífice se hizo eco de los impresiones del salmista, que «se siente \"igual que un soplo\", igual que \"una sombra que pasa\", inconsistente, sumergido en el flujo del tiempo que transcurre, marcado por la limitación que es propia de la criatura».

«Surge entonces la pregunta: ¿por qué se preocupa Dios de esta criatura tan miserable y caduca?». Respondió, como hace la composición poética bíblica, recordando las grandes obras cósmicas e históricas realizadas por «el Rey supremo del ser, del universo y de historia».

«El hombre no es nada. \"Vanidad de vanidades y todo vanidad\"», reconoció el Papa, pero puede «conocer a su propio Creador», en esto se diferencia del resto de los animales. «El hombre es capaz de la verdad, de un conocimiento que se convierte en relación, en amistad».

«En nuestro tiempo, es importante que no nos olvidemos de Dios, junto a los demás conocimientos que hemos adquirido mientras tanto, ¡y que son tantos! --recomendó el obispo de Roma dejando a un lado por un momento los papeles--. Se vuelven problemáticos, es más, peligrosos, si falta el conocimiento fundamental que da sentido y orientación a todo, si falta el conocimiento de Dios, del Creador».

«Para nosotros, cristianos, Dios ya no es, como en la filosofía precedente al cristianismo, una hipótesis, sino una realidad», pues Dios se ha encarnado en Jesucristo, subrayó.

«Sí, en la Encarnación, Él ha descendido y ha cargado a hombros nuestra carne --aseguró--, nos ha cargado a hombros a nosotros mismos. De este modo, el conocimiento de Dios se ha hecho realidad, se ha hecho amistad, comunión».

La conclusión sirvió de síntesis de su intervención: si bien nos damos cuenta de que «somos débiles y alejados del esplendor divino, al final llega esta gran sorpresa de la acción divina --reconoció--: junto a nosotros está Dios-Emanuel, que para el cristiano tiene el rostro amoroso de Jesucristo, Dios hecho hombre, hecho uno de nosotros».

Con esta reflexión, Benedicto XVI continuó con la serie de meditaciones en torno a los salmos y cánticos de la Biblia que forman parte de la Liturgia de las Horas, comenzada por Juan Pablo II. Pueden leerse en la sección «Audiencia del miércoles» de la página web de www.zenit.org.