La grandiosidad de la Capilla Paulina

Explicada por el director de los Museos Vaticanos

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CIUDAD DEL VATICANO, martes 30 de junio de 2009 (ZENIT.org) El director de los Museos Vaticanos, Antonio Paolucci, se ha referido a los trabajos de restauración de la Capilla Paulina como una labor que rescata la belleza y armonía de algunas joyas de la Historia del Arte.



Esta capilla restaurada será inaugurada este sábado por el Papa Benedicto XVI tras siete años de labor de restauración.

Ubicada muy cerca de la Capilla Sixtina, está reservada al Papa y a la familia Pontificia. Allí usualmente permanece expuesto el Santísimo Sacramento.

Dos inmensos frescos de Miguel Angel engalanan sus paredes laterales: “La crucifixión de Pedro” y “La caída de Saulo”.

El trabajo de construcción de la Capilla Paulina comenzó en 1537 bajo el mandato del Papa Pablo III y fue dirigido por el arquitecto Antonio de Sangallo.

Allí destacan además algunos frescos de Federico Zuccari y Lorenzo Sabatini sobre la vida de San Pedro y San Pablo.

“Miguel Angel es coprotagonista de un conjunto de muchas voces que los siglos han homologado en la percepción visual”, aseguró Antonio Paolucci durante una rueda de prensa celebrada este martes en el Palacio Apostólico para presentar los trabajos de restauración de esta capilla.

“También porque Lorenzo Sabatini y Federico Zuccari, los principales autores llamados a confrontarse con Miguel Ángel, han buscado en sus frescos, mantener un tono más bajo”, dijo.

Estos artistas escogieron “aparecer no de manera competitiva; es más, buscaban mimetizarse respecto a la obra del venerado maestro”, indicó Paolucci.

Siete años de restauración

El director de los Museos Vaticanos explicó a los periodistas cómo se dio el proceso de restauración.

“Comenzamos por lo que no era de Miguel Angel, es decir, por los frescos de Sabaitini y de Zuccari, y las decoraciones blancas policrimias y doradas”, indicó.

“Queríamos que el nivel de limpieza de los dos murales de Miguel Ángel, reservados para el final, no contrastara con las características luminosas y cromáticas del conjunto”, reveló.

“Recuperada entonces la gama colorida de toda la capilla, (…) modulamos la limpieza de la Caida de Saulo y la Crucifixión de San Pedro”, señaló Paolucci.

El director de los Museos Vaticanos recordó el esfuerzo de Miguel Ángel al pintar estos frescos, cuyos resultados pueden apreciarse después de tantos siglos.

“Trabajó en la capilla Paulina con una paciencia agotadora, por poco menos de diez años, pintando primero la Caída y luego la Crucifixión –explicó-. Tenía setenta años y muy mala salud”.

“Había quedado desgastado por el inmenso esfuerzo del Juicio y le preocupaba el proyecto de la Cúpula de San Pedro”, relató.
“A su alrededor veía desaparecer su mundo –continuó-. En 1547, moría la poetisa Vittoria Colonna, la amiga y confidente, y dos años más tarde faltó Pablo III Farnesio, “su Papa”.

En 1550, Miguel Angel concluyó sus trabajos en la Capilla Paulina.

El experto destacó las principales características pictóricas de las dos obras maestras.

“La gama cromática y la firmeza plástica de las figuras son todavía las del Juicio, pero la tensión dramática y el exceso expresionista aparecen aún más fuertes”, señaló.

Paolucci ofreció entonces su apreciación personal sobre esta obra.

“Se tiene la impresión de que el misterio de la Gracia misteriosamente ofrecida a una humanidad inmerecida, angustia el alma del artista, que vive y testimonia, como cristiano, la crisis religiosa de su época, consecuencia de la Reforma”.

“Los frescos de Miguel Angel han llegado a nosotros consumados y logrados en más puntos, cubiertos de una oscura tela de suciedad, de retoques incongruentes”, destacó el director de los Museos Vaticanos.

Para el experto, ”la limpieza y las mínimas integraciones dirigidas por Maurizio de Luca y Maria Pustka, le han restituido, no ya al esplendor original, como escriben algunos periodistas, sino de la mejor manera posible, su legibilidad y placer”.

Eso, en su opinión, es “todo lo que se debe buscar en una buena restauración; nada más y nada menos”.


Por Carmen Elena Villa