La herencia de los monjes de Tibhirine (Argelia) a los diez años de su mortal secuestro

Según el padre Becker, presente en el monasterio argelino la noche del suceso

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TIBHIRINE, lunes, 27 marzo 2006 (ZENIT.org).- Amigo íntimo del prior de los monjes trapenses de Tibhirine (Argelia), el padre Thierry Becker se hace portavoz de la herencia espiritual de aquellos hombres consagrados que hace exactamente diez años fueron secuestrados. Su asesinato se confirmó al poco tiempo.



Fue la noche del 26 al 27 de marzo de 1996: un comando armado formado por una veintena de hombres irrumpió en el monasterio de Nuestra Señora del Atlas en Tibhirine y secuestró a sus los siete monjes trapenses de nacionalidad francesa.

Un mes después reivindicaba el acto criminal el jefe de los «Grupos islámicos armados» (GIA), Djamel Zitouni, en un comunicado en el que proponía a Francia un intercambio de prisioneros. Al mes siguiente un segundo comunicado de los GIA anunciaba sus muertes: «Les hemos cortado las gargantas a los monjes». Ocurrió el 21 de mayo de 1996. Nueve días después fueron hallados sus cuerpos.

Sacerdote de la diócesis argelina de Orán (una de las cuatro del país), el padre Becker, de 44 años, estaba en Tibhirine, huésped del monasterio de Nuestra Señora del Atlas, la noche en que los fundamentalistas islámicos se llevaron al padre Christian de Chergé, prior e íntimo amigo suyo, y a los otros seis trapenses. No les volvió a ver con vida.

Sin entrar en detalles, en declaraciones recientes a «Avvenrie» asegura que «lo que cuenta es la herencia de los monjes de Tibhirine».

«Un mensaje de pobreza, de abandono en las manos de Dios y de los hombres, de compartir con todos la fragilidad, la vulnerabilidad, la condición de pecadores perdonados. En la convicción de que sólo desarmados se puede encontrar el islam y descubrir en los musulmanes una parte del rostro total de Cristo», sintetiza.

Del contexto argelino es testigo el padre Becker. No sólo vio cómo se llevaban a sus amigos de Tibhirine. Era vicario general en Orán cuando el 1 de agosto de 1996 su obispo, monseñor Pierre Lucien Claverie, fue asesinado junto a un joven amigo argelino, Muhammed Pouchikhi.

Muerto a los 58 años, el prelado dominico nacido en Argel había dedicado toda su vida por el diálogo entre musulmanes y cristianos; tenía conocimiento tan profundo del islam que a menudo era consultado en esta materia por los propios musulmanes.

El padre Becker prosigue recordando: «Precisamente el deseo de acogerse en la verdad nos había convocado hace diez años en Tibhirine. Allí tenía lugar en esos días el encuentro de “Ribat es-Salâm”, el Vínculo de paz, un grupo de diálogo islamo-cristiano que se orientaba a compartir las respectivas riquezas espirituales a través de la oración, el silencio, la comparación de experiencias».

«El “Ribat” existe aún --confirma--; no ha renunciado al desafío de la comunión con la profundidad espiritual del islam. Así hacemos nuestro el testimonio espiritual del padre Christian de Chergé, quien había madurado la elección monástica después de que le salvara la vida un amigo argelino durante la guerra de liberación, mientras ese amigo, musulmán de gran espiritualidad, había sido asesinado en represalia».

«Somos orantes en medio de un pueblo de orantes, amaba decir el prior a sus hermanos de comunidad, quienes --todos— habían decidido permanecer en Tibhirine incluso cuando la violencia estaba al máximo», subraya el padre Becker.

«El monasterio, en el curso de las décadas, se despojó de sus riquezas, donó casi toda su tierra al Estado, compartió su gran jardín con el pueblo vecino... Los monjes hicieron una elección de pobreza: también en el sentido de abandono total a la voluntad de Dios y de los hombres», aclara el sacerdote.

«Y con la gente del pueblo nació una gran confianza --apunta--, tanto que diez años después de los sucesos no ha desaparecido nada del monasterio, todo ha sido respetado. Pero el futuro de aquel lugar santo está en manos de los argelinos».

Cuando intervino en la videoconferencia mundial --organizada por la Congregación vaticana para el Clero-- sobre «El martirio y los nuevos mártires», el arzobispo Bruno Forte, miembro de la Comisión Teológica Internacional, no dudó en citar textualmente el «testamento espiritual» del prior trapense Christian de Chergé, y lo describió como «espléndido ejemplo de cómo el martirio es el coronamiento de toda una vida de fe y amor a Cristo y a su Iglesia».

Por su interés, lo reproducimos a continuación.

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«Si un día me aconteciera --y podría ser hoy-- ser víctima del terrorismo que actualmente parece querer alcanzar a todos los extranjeros que viven en Argelia, quisiera que mi comunidad, mi Iglesia, mi familia, recordaran que mi vida ha sido donada a Dios y a este país. Que aceptaran que el único Señor de todas las vidas no podría permanecer ajeno a esta muerte brutal. Que rezaran por mí: ¿cómo ser digno de semejante ofrenda? Que supieran asociar esta muerte a muchas otras, igualmente violentas, abandonadas a la indiferencia y el anonimato. Mi vida no vale más que otra. Tampoco vale menos. De todos modos, no tengo la inocencia de la infancia. He vivido lo suficiente como para saber que soy cómplice del mal que ¡desgraciadamente! parece prevalecer en el mundo y también del que podría golpearme a ciegas. Al llegar el momento, querría poder tener ese instante de lucidez que me permita pedir perdón a Dios y a mis hermanos en la humanidad, perdonando al mismo tiempo, de todo corazón, a quien me hubiere golpeado. No podría desear una muerte semejante. Me parece importante declararlo. En efecto, no veo cómo podría alegrarme del hecho de que este pueblo que amo fuera acusado indiscriminadamente de mi asesinato. Sería un precio demasiado alto para la que, quizá, sería llamada la gracia del martirio, que se debiera a un argelino, quienquiera que sea, sobre todo si dice que actúa por fidelidad a lo que supone que es el islam. Sé de cuánto desprecio han podido ser tachados los argelinos en su conjunto y conozco también qué caricaturas del islam promueve cierto islamismo. Es demasiado fácil poner en paz la conciencia identificando esta vía religiosa con los integralismos de sus extremismos. Argelia y el islam, para mí, son otra cosa, son un cuerpo y un alma. Me parece haberlo proclamado bastante sobre la base de lo que he visto y aprendido por experiencia, volviendo a encontrar tan a menudo ese hilo conductor del Evangelio que aprendí sobre las rodillas de mi madre, mi primera Iglesia inicial, justamente en Argelia, y ya entonces, en el respeto de los creyentes musulmanes. Evidentemente, mi muerte parecerá darles razón a quienes me han tratado sin reflexionar como ingenuo o idealista: ¡Que diga ahora lo que piensa! Pero estas personas deben saber que, por fin, quedará satisfecha la curiosidad que más me atormenta. Si Dios quiere podré, pues, sumergir mi mirada en la del Padre para contemplar junto con Él a sus hijos del islam, así como Él los ve, iluminados todos por la gloria de Cristo, fruto de su Pasión, colmados por el don del Espíritu, cuyo gozo secreto será siempre el de establecer la comunión y restablecer la semejanza, jugando con las diferencias. De esta vida perdida, totalmente mía y totalmente de ellos, doy gracias a Dios porque parece haberla querido por entero para esta alegría, por encima de todo y a pesar de todo. En este “gracias”, en el que ya está dicho todo de mi vida, os incluyo a vosotros, por supuesto, amigos de ayer y de hoy, y a vosotros, amigos de aquí, junto con mi madre y mi padre, mis hermanas y mis hermanos y a ellos, ¡céntuplo regalado como había sido prometido! Y a ti también, amigo del último instante, que no sabrás lo que estés haciendo, sí, porque también por ti quiero decir este “gracias” y este a-Dios en cuyo rostro te contemplo. Y que nos sea dado volvernos a encontrar, ladrones colmados de gozo, en el paraíso, si así le place a Dios, Padre nuestro, Padre de ambos. Amén. Inchalá» (Padre Christian M. de Chergé, Prior del monasterio de Nôtre-Dame del Atlas en Tibhirine, Argelia: Argel, 1 de diciembre de 1993 - Tibhirine, 1 de enero de 1994).