La Iglesia ante la investigación biomédica

Entrevista con el obispo Elio Sgreccia, de la Academia para la Vida

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CIUDAD DEL VATICANO, 14 febrero 2001 (ZENIT.org).- La decodificación del genoma humano, que desde hace unos días se encuentra al alcance de todo el mundo en Internet, constituye un paso histórico para la ciencia y un motivo de interrogantes sobre el uso que de estas informaciones podrían hacer algunos científicos.



Interrogantes que, como es normal, también experimentan los católicos y a los que en esta entrevista concedida a «Radio Vaticano» responde el obispo Elio Sgreccia, vicepresidente de la Academia Pontificia para la Vida, institución fundada por Juan Pablo II con el objetivo, en palabras del mismo Papa, de «estudiar, informar y formar sobre los principales problemas de la medicina y el derecho relativos a la promoción y a la defensa de la vida».

--Ante todo, monseñor Sgreccia, ¿la Iglesia está a favor o en contra de la investigación biomédica?

--Monseñor Elio Sgreccia: Es conocido el pensamiento oficial de la Iglesia católica, que ha manifestado en repetidas ocasiones su aprecio y aliento por la investigación científica, especialmente cuando está dirigida a la prevención y al tratamiento de enfermedades y al alivio del sufrimiento humano. Este tipo de investigación es considerado como coherente con la fe en Dios creador.

Se podrían citar muchos textos del Magisterio de la Iglesia en este sentido. Basta pensar, por ejemplo, en el pasaje del Concilio Vaticano II que dice: «la investigación metódica en todos los campos del saber, si está realizada de una forma auténticamente científica y conforme a las normas morales, nunca será en realidad contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de la fe tienen su origen en un mismo Dios. Más aún, quien con perseverancia y humildad se esfuerza por penetrar en los secretos de la realidad, está llevado, aun sin saberlo, como por la mano de Dios, quien, sosteniendo todas las cosas, da a todas ellas el ser» («Gaudium et Spes» 36).

Quien cree en Dios no se contenta con las teorías imposibles de defender sobre «el azar y la necesidad» (por ejemplo, «Le Hasard et la nécessité», Jacques Monod, 1970 Chance and Necessity) que explicarían de manera simplemente material el origen del hombre. Por el contrario, tiene una razón más fuerte y válida para alentar la investigación en la búsqueda del bien del hombre: Dios quien ha pedido al hombre para que coopere con él en la obra de la creación (cf. Génesis 1, 28; 2, 15).

Por lo que se refiere al reconocimiento de la utilidad de la investigación en el campo biomédico, el mismo Concilio Vaticano II afirma también que «los progresos de las ciencias biológicas, psicológicas y sociales permiten al hombre no sólo conocerse mejor, sino aun influir directamente sobre la vida de las sociedades por medio de métodos técnicos» (Ibídem n. 5). Juan Pablo II, en el reciente discurso dirigido a los participantes en el Congreso internacional sobre transplantes, expresó su claro aliento a la investigación biomédica (Cf. Zenit, 29 de agosto de 2000)

--¿Colabora la Iglesia en la investigación biomédica actual?

--Monseñor Elio Sgreccia: La historia confirma este colaboración ya desde los descubrimientos en el campo genético realizados por el monje Gregor Johann Mendel (1822-1884). Este apoyo es hoy de elocuente actualidad en las instituciones de investigación, en las facultades de Medicina y en los hospitales dirigidos por la Iglesia. En ellos, se cultiva la investigación científica con un reconocido empeño y resultados eficaces, a pesar de que a veces carecen de recursos. Particularmente son reconocidos por sus resultados en la prevención y tratamiento de las enfermedades.

Por ejemplo, hace tan sólo unas semanas se ha inaugurado aquí, en Roma, el Instituto Mendel, renovado y potenciado con el aliento y la participación de la Santa Sede, en memoria de un genetista que fue miembro de nuestra Academia Pontificia para la Vida, el profesor italiano Luigi Gedda. La colaboración con las instituciones públicas y con personalidades (de toda cultura filosófica) que trabajan en el ámbito científico nunca ha sido interrumpida. La estima y el aprecio que siente la Iglesia por los científicos ha sido testimoniado también por la presencia de muchos científicos de otras religiones o no creyentes en instituciones académicas de la Iglesia, como sucede por ejemplo en la Academia de las Ciencias de la Santa Sede.

--Sin embargo, la Iglesia pone límites a la investigación. ¿Cuáles son?

--Monseñor Elio Sgreccia: No cabe duda de que la ciencia experimental, al igual que toda actividad humana, tiene que estar orientada al bien del hombre y al respeto de cada persona, ya sea en los objetivos que persigue, ya sea en los medios que utiliza. Siempre tiene que respetar al hombre, a todo sujeto humano implicado en la experimentación, especialmente en las fases de la vida más frágiles, o cuando el sujeto sometido a la experimentación no puede dar su consenso. Una investigación científica que pretendiera evitar un examen riguroso ético de sus objetivos, de sus métodos, y de sus consecuencias, no sería digna del hombre, y correría el peligro de ser utilizada contra los más débiles e indefensos. Este uso desfigurado de la ciencia ha escrito páginas oscuras en la historia no demasiado lejanas y una investigación de este tipo no debe volver a surgir, pues no sólo atentaría contra Dios, sino contra el mismo hombre y la civilización.

--La Iglesia se ha metido particularmente en el debate surgido por los interrogantes éticos que plantea la experimentación con células madre (o estaminales). ¿Cuál es la posición de la Academia Pontificia para la Vida en este sentido.

--Monseñor Elio Sgreccia: En este sentido, vale la pena recordar que, en el documento de nuestra Academia dedicado al uso de las células estaminales (Cf. Zenit, 24 de agosto), se expresa el aliento a la investigación con las células estaminales extraídas del organismo del adulto o, en el nacimiento, del cordón umbilical, así como también de los fetos abortados involuntariamente, en conformidad con hipótesis convalidadas por investigaciones acreditadas internacionalmente.

El auspicio de tratar de poner remedio a graves enfermedades por este camino ha sido repetido, alentado y aplicado en las mismas instituciones de investigación de inspiración católica. El hecho de que nuestra misma Academia haya expresado un juicio negativo desde el punto de vista ético de la utilización destructiva de embriones con el objetivo de investigar con células estaminales y de toda forma de clonación humana, también de la llamada de manera inapropiada «terapéutica», se debe a motivos basados en la ética racional y no en una instancia basada únicamente en la fe religiosa.

Consideramos, de hecho, que el embrión humano vivo es un ser humano, un individuo humano, que exige el respeto que merece todo hombre, sin discriminación alguna. Estamos convencidos con ello que estamos respetando la ciencia en lo que se refiere a la identidad y el estatuto del embrión humano, argumento sobre el que la Academia ha reflexionado desde hace tiempo y está publicando estudios universalmente apreciados (Cf. «Identity and status of the Human Embryo», Librería Vaticana, y otros en http://www.ixtmedia.com/).

Nuestra posición, además, está en acuerdo con la de otras instituciones, como el Parlamento Europeo. Una ciencia que quiera servirse de la experimentación que prevé la supresión de embriones o fetos humanos o que quisiera crearlos para la experimentación quedaría descalificada y se mancharía con la inhumanidad. La experimentación biomédica selectiva y discriminatoria no puede ser justificada, ni siquiera ante hipotéticas ventajas, que por otra parte, pueden ser alcanzadas con otros métodos.

--Algunos han criticado la postura de la Iglesia en el tema del uso de las biotecnologías animales y vegetales.

--Monseñor Elio Sgreccia: Por lo que se refiere al uso de las biotecnologías animales y vegetales, argumento sobre el que nuestra Academia también ha publicado un informe apreciado a nivel internacional por su equilibrio, se ha puesto simplemente en evidencia la necesidad de asegurarse previamente de los riesgos para la salud, especialmente en el caso del cultivo de semillas y vegetales que intervienen en la preparación de los alimentos derivados, los organismos transgénicos.

Asimismo hemos confirmado la obligación de informar a los ciudadanos y de salvaguardar la justicia en el ámbito económico, especialmente en lo que se refiere a los países en vías de desarrollo.

El compromiso de reflexión ética y científica de nuestra Academia Pontificia para la Vida, así como de otros organismos de la Iglesia, pretende ofrecer una contribución intelectual honesta y leal a los investigadores y una información a las poblaciones y al público en el mundo, exigiendo respeto por el esfuerzo que se realiza y por los valores que se proponen.