La Iglesia de Inglaterra quiere que Tony Blair deje de nombrar a sus obispos

Propuestas de reforma para el Sínodo general de julio

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LONDRES, 10 junio 2001 (ZENIT.org).- La Iglesia anglicana quiere acabar con su sometimiento total al Estado británico, quien nombra directamente a sus obispos. El tema debería ser afrontado en el próximo sínodo general convocado para el mes de julio.



En la Iglesia de Inglaterra, en la que el monarca es la autoridad suprema, los obispos son elegidos por el primer ministro, en estos momentos el reelegido Tony Blair, cuyo «consejo» siempre es aceptado por el rey o la reina.

Un informe publicado el 9 de mayo reclama un proceso más transparente, con mayor número de candidatos y la posibilidad de que éstos puedan promoverse, en lugar de esperar discretamente a que otros lo hagan por ellos.

«No decimos que el sistema sea injusto, débil o ineficaz», afirma la baronesa Perry de Southwark, presidente de la Comisión Real de Supervisión de Designaciones. «Pero para que tenga una apariencia justa, sólida y eficaz, para que haya confianza en él, el sistema debe ser más abierto y transparente».

Según la comisión, se debe informar a los sacerdotes si están en la lista de candidatos y se les debe permitir que revisen y corrijan los informes que se presenten sobre ellos.

El semanario anglicano independiente «Church Times» informa que las propuestas eran «una respuesta inteligente a insatisfacciones que no han pasado del nivel de la queja en voz baja, pero que amenazan con hacerlo».

«Sobre todo celebramos los esfuerzos por disipar la bruma de sigilo que ha contaminado partes de la administración central de la Iglesia», dijo el semanario.

No es casual que se haya adoptado una regla distinta en la Iglesia Anglicana, una institución cuya cabeza es el monarca desde que Enrique VIII rechazó la autoridad de Roma en el siglo XVI. Durante el siglo XVIII, el monarca cedió esa autoridad al primer ministro, aunque en algunos casos éstos buscaban el consejo de la Iglesia. La reina Victoria se interesaba por los nombramientos episcopales, pero otros monarcas le prestaron poca atención.

En 1954, la Asamblea Eclesiástica declaró que «el procedimiento actual para presentar consejos al soberano se presta a objeciones y debe ser modificado», pero no propuso un sistema diferente.

Veinte años después, un sínodo general sostuvo que la propia iglesia debía tener la «voz decisiva» en la elección de sus obispos, pero el gobierno del entonces primer ministro James Callaghan respondió con una negativa terminante.

Callaghan dijo que era importante que el primer ministro tuviera un papel, ya que algunos obispos son miembros de la Cámara de los Lores y participan en las votaciones de las leyes.

Sin embargo, coincidió en que la Iglesia debía cumplir un papel más visible en la elección de los obispos. Por eso, en 1977 se creó la Comisión Real de Designaciones, encargada de presentar dos candidatos para cada diócesis vacante.

Los candidatos no saben que han sido postulados, lo cual perturba a algunos observadores. «Parece absurdo no confiar en que la iglesia sea capaz de elegir a sus propios dirigentes», escribía Monica Furlong en un tomo sobre el estado de la Iglesia anglicana, publicado el año pasado.