La Iglesia: garantizar a los enfermos de lepra “justicia y amor”

Monseñor Zimowski pide “pruebas urgentes de diagnóstico” para todos

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CIUDAD DEL VATICANO, viernes 28 de enero de 2011 (ZENIT.org).- La justicia y el amor son dos conceptos clave para luchar contra la lepra, destacó la Iglesia en vista de la Jornada Mundial de Lucha contra la Lepra 2011, que se celebrará este domingo 30 de enero.

En su mensaje para esta ocasión, el Presidente para el Consejo Pontificio para los Agentes Sanitarios (de la Pastoral de la Salud), el arzobispo monseñor Zygmunt Zimowski, exhorta a “unir nuestros esfuerzos para expresar mejor la justicia y el amor hacia los afectados por esta enfermedad”.

La Jornada fue propuesta hace 58 años por el periodista, filántropo y poeta francés, Raoul Follereau, y la sostiene hoy la Fundación que continua su obra.

El evento, destaca monseñor Zimowski, continua teniendo una “enorme importancia, no obstante los grandes progresos obtenidos gracias a óptimas terapias farmacológicas”.

“En primer lugar- denuncia el obispo- es todavía gravemente insuficiente el acceso a diagnósticos precoces”.

La falta de una intervención oportuna, hace que la lepra, o morbo de Hansen, destruya el cuerpo del enfermo, desfigurándolo de manera evidente e irreversible. Esto comporta, a menudo, la discriminación de la persona, condenada a la pobreza y a la exclusión social, a menudo junto a su familia.

Cuando la persona se cura y ya no es contagiosa, no es automática su reinserción en el tejido social. Con frecuencia no consigue encontrar trabajo, y por tanto no puede garantizarse ni a sí misma ni a su familia una existencia digna.

Según el Presidente del dicasterio vaticano, la lepra es un ejemplo paradigmático de como “en nuestra época se asiste, por una parte a una atención a la salud que puede devenir en un consumismo farmacológico, médico y quirúrgico, convirtiéndose casi en un culto al cuerpo; y por otra parte a la dificultad de millones de personas para acceder a condiciones mínimas de subsistencia y a fármacos indispensables para curarse”.

En este contexto estamos llamados a intervenir como cristianos o simplemente como hombres de buena voluntad.

Por tanto la invitación es la que nos dirigió el Papa Benedicto XVI en el Mensaje a los participantes de la XXV Conferencia Internacional del Consejo Pontificio para los Agentes de la Salud, celebrada el pasado noviembre: ser como el Buen Samaritano, que se arrodilló “junto al hombre herido, abandonado al lado del camino”, cumpliendo la “justicia más grande que Jesús pide a sus discípulos, y que da testimonio con su vida, porque el cumplimiento de la Ley es el amor”.