La Iglesia moribunda o siempre nueva

San Cristóbal de las Casas, (Zenit.org) Felipe Arizmendi Esquivel | 1620 hits

Ofrecemos la habitual colaboración del obispo de San Cristóbal de las Casas, México, Felipe Arizmendi Esquivel, que analiza la actual situación de una Iglesia que se encuentra en sede vacante.

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SITUACIONES

Comentaristas sin fe, o ignorantes de nuestra religión, aventuran que la Iglesia Católica, por la renuncia del Papa Benedicto XVI, ha entrado en un colapso que indica su próximo fin, su extinción.

En un programa dominical de radio que tengo desde hace más de cinco años, alguien mandó un mensaje en que dice que esto es anuncio de la llegada del “Anticristo”… ¡Cuánta estulticia, o mala fe!

Otro ha dicho que ya llegó el tiempo de prescindir de un Papa, que es un ser humano, y quedarnos sólo con Jesucristo. Es decir, un Cristo sin Iglesia. ¡Qué fácil sería una religión sin Iglesia! Cada quien haría la religión a su medida, sin depender de nadie, considerándose dios. Si esa hubiera sido la decisión de Jesús, la asumiríamos; pero es claro que El quiso establecer la mediación de una Iglesia, para hacernos llegar su Palabra y su Vida, sobre todo en los sacramentos.

ILUMINACION

Los papas se suceden en la historia, como es normal; pero la Iglesia, que es de Cristo, continúa su identidad y misión. Cambian los tiempos y los estilos, pero el Evangelio no cambia. Jesucristo sigue siendo el único Señor y Mediador, el único Salvador, quien estableció su Iglesia no como una instancia de poder político, o como una empresa económica, sino un medio, un instrumento sacramental, para que la obra de la Redención, culminada en la cruz y la resurrección, llegue a todas las épocas y a toda la humanidad. Nuestros pecados ensombrecen el rostro de Cristo en la Iglesia y la hacen menos creíble, pero, por obra de Dios, no sucumbe.

Ha dicho el Papa Benedicto XVI: “El árbol de la Iglesia no es un árbol moribundo, sino el árbol que crece siempre de nuevo. Por lo tanto, tenemos motivo para no dejarnos persuadir por los profetas de desventuras, que dicen: La Iglesia es un árbol nacido del grano de mostaza; creció en dos milenios; ahora tiene el tiempo tras de sí; ahora es el tiempo en el cual muere. ¡No! La Iglesia se renueva siempre, renace siempre. Un falso pesimismo dice: el tiempo del cristianismo se acabó. ¡No! Comienza de nuevo. El futuro es nuestro. Hay caídas graves, peligrosas, y debemos reconocer con sano realismo que así no funciona, no funciona donde se hacen cosas equivocadas. Pero también debemos estar seguros de que si aquí y allá la Iglesia muere por causa de los pecados de los hombres, al mismo tiempo, nace de nuevo. El futuro es realmente de Dios: esta es la gran certeza de nuestra vida, el grande y verdadero optimismo que conocemos. La Iglesia es el árbol de Dios que vive eternamente y lleva en sí la eternidad y la verdadera herencia: la vida eterna” (8-II-2013).

El miércoles de ceniza, mencionó unas realidades pecaminosas que desfiguran el rostro de la Iglesia, como “las culpas contra la unidad, las divisiones en el cuerpo eclesial, individualismo y rivalidades, hipocresía religiosa, el comportamiento que quiere aparentar, las actitudes que buscan el aplauso y la aprobación”. Ante esta realidad de pecado, nos invitó a convertirnos: “Muchos están listos para rasgarse las vestiduras frente a escándalos e injusticias --naturalmente cometidas por los demás--, pero pocos parecen dispuestos a actuar sobre el propio corazón, sobre la propia conciencia y sobre las propias intenciones, dejando que el Señor transforme, renueve y convierta”. Esta conversión es un proceso en que todos estamos implicados: “El camino penitencial no lo afronta uno solo, sino junto a muchos hermanos y hermanas, en la Iglesia”. Nos pide reflexionar en “la importancia del testimonio de fe y de vida cristiana de cada uno de nosotros y de nuestras comunidades, para manifestar el rostro de la Iglesia” (13-II-2013).

COMPROMISOS

Más que dejarnos impresionar por especulaciones, convirtámonos todos al Evangelio, al estilo de vida de Jesús, y renovemos todos, jerarquía y fieles, nuestra vida cristiana y eclesial. La Iglesia no depende sólo de una persona, ni siquiera del Papa, de los obispos o sacerdotes; es obra de Dios y obra nuestra. Nosotros pasamos; Dios no pasa. Hagamos lo que nos corresponde y el Espíritu Santo hará su trabajo, para que nuestra Iglesia siempre se renueve.