La Iglesia necesita sacerdotes santos, asegura el Papa

Al recibir al clero de la diócesis de Roma

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CIUDAD DEL VATICANO, 6 marzo 2003 (ZENIT.org).- Este jueves, Juan Pablo II invitó a los sacerdotes a progresar decididamente en el camino de la santidad para no traicionar su vocación, signo del amor de predilección de Dios.



El Santo Padre dirigió este mensaje a los párrocos y al clero de Roma en su tradicional audiencia al comienzo de la Cuaresma, que este año coincide con su 25º aniversario como obispo de esta diócesis.

En el encuentro, el Papa alentó los sacerdotes a no cansarse nunca «de ser testigos y anunciadores de Cristo» y a no dejarse desanimar por las dificultades que encuentren dentro de sí o en la fragilidad humana, en la indiferencia o en la incomprensión de aquellos a quienes son enviados.

Esos son los momentos en los que hay que recordar «la grandeza del don que hemos recibido», sugirió el Papa.

Les recordó que los sacerdotes son «testigos e instrumentos de la misericordia divina, somos y debemos ser hombres que sepan infundir esperanza y hacer obras de paz y reconciliación».

«A ello, queridos hermanos, Dios nos ha llamado con amor de predilección, y Dios merece toda nuestra confianza: su voluntad de salvación es mayor y más fuerte que todo el pecado del mundo», constató el Santo Padre.

Como explicó el Papa, el misterio del sacerdocio encuentra su verdad e identidad al proceder y ser continuación del propio Cristo y de la misión que Él recibió del Padre.

«Sin mí, no podéis hacer nada» (Jn, 15, 5), citó. Este «nada» --explicó el Papa— «es el signo de una dependencia total, de la necesidad del desprendimiento de nosotros mismos, pero es también el signo de la grandeza del don que hemos recibido».

En efecto, unidos a Cristo y al Padre, en virtud del sacramento del Orden, el sacerdote puede perdonar los pecados y celebrar la Eucaristía.

«Lo que Cristo realizó en el altar de la Cruz y que antes instituyó como sacramento en el Cenáculo, el sacerdote lo renueva con la fuerza del Espíritu Santo», afirmó el Santo Padre.

El sacerdote: hombre de Dios, hombre de la Iglesia y hombre de comunión
Juan Pablo II indicó que para realizar esta vocación toda la vida es necesario ser «hombres de Dios». Nadie «es insensible ante la presencia y el testimonio de un sacerdote que sea de verdad “hombre de Dios”».

Por ello, el sacerdote es el primero que ha de responder a la llamada a la santidad que Dios dirige a todos los bautizados. Así, la oración y la eucaristía se revelan como el camino para progresar en el camino de la santificación.

«Si de verdad queremos que nuestras comunidades sean “escuelas de oración”, nosotros debemos ser en primer lugar hombres de oración, y luego, en la escuela de Jesús, de María y de los Santos, maestros de oración».

Además, puesto que el corazón de la oración cristiana y la clave del sacerdocio es la Eucaristía, la celebración de la Santa Misa debe ser para cada sacerdote el centro de la vida y el momento más importante del día.

«El don del Espíritu, que nos une a Cristo y al Padre, nos une indisolublemente al cuerpo de Cristo y a la esposa de Cristo, que es la Iglesia», dijo Juan Pablo II invitando a los sacerdotes a ser también hombres de Iglesia y a amarla como Cristo la amó, sin tener miedo a identificarse con ésta.

Según describió el Papa, el vínculo del sacerdote con la Iglesia se desarrolla según la dinámica cristólogica del Buen Pastor. En este sentido, es esencialmente «hombre de comunión, que no se cansa de construir la comunidad cristiana como “casa y escuela de la comunión”».

El sacerdote está llamado en este contexto a dar también ejemplo de comunión dentro del presbiterio diocesano y en las relaciones con los sacerdotes que viven en la misma parroquia o comunidad.

Sacerdote y misión
«En el ejercicio cotidiano de nuestro ministerio, debemos formar una auténtica conciencia misionera en los fieles más cercanos a nosotros», dijo el Papa.

Es la forma en la que, según el Santo Padre, las comunidades pueden convertirse en evangelizadoras y cada creyente crecer en su testimonio cristiano en cualquier ambiente y circunstancia.

«Así es como llevamos a cabo de manera más plena y genuina el “don” y el “misterio” de nuestro sacerdocio», concluyó el Papa.