«La Iglesia no puede prescindir de la Acción Católica», dice el Papa

Alienta a renovar esta institución laical de más de 130 años

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CASTEL GANDOLFO, 15 septiembre 2003 (ZENIT.org).- La Acción Católica debe renovarse pues constituye un «carisma», es decir, es un instrumento suscitado por Dios para que los bautizados puedan servir «a la causa del Evangelio», explica Juan Pablo II.



«La Iglesia no puede prescindir de la Acción Católica», recalca el Santo Padre en un mensaje enviado con motivo de la asamblea extraordinaria de la Acción Católica Italiana (ACI), que se clausuró este domingo en Roma, con la participación de 800 delegados, en representación de 370.000 socios y 200 asociaciones diocesanas.

El objetivo del encuentro ha sido el de actualizar los Estatutos (los últimos fueron aprobados en 1969) de esta institución que reúne en Italia al mayor número de laicos, y que cuenta con más de 130 años de vida.

«La Iglesia os necesita, tiene necesidad de laicos que en la Acción Católica encuentren una escuela de santidad, en la que aprendan a vivir la radicalidad del Evangelio en la normalidad cotidiana», explica el Santo Padre.

Para el Papa la Acción Católica es «un lugar en el que se crece como discípulos del Señor, en la escuela de la Palabra, en la mesa de la Eucaristía».

En esta institución, añade, los bautizados tienen que encontrar «un gimnasio en el que se entrena a vivir el amor y el perdón, para aprender a vencer el mal con el bien, para entretejer con paciencia y tenacidad una red de fraternidad que abraza a todos, en especial a los más pobres».

El Papa ofrece a continuación el criterio fundamental para la redacción de los nuevos Estatutos: «vuestra asociación se renueva si cada uno de sus miembros redescubre las promesas del Bautismo, escogiendo con plena conciencia y disponibilidad la santidad cristiana como la medida elevada de la vida cristiana ordinaria, en las condiciones cotidianas de vida».

De este modo, concluye, la Acción Católica formará a laicos capaces de «mirar al mundo con la mirada de Dios», de «hacer que el Evangelio se encuentre con la vida», pero también de «incidir eficazmente en la sociedad civil».

La Acción Católica echa sus raíces en el siglo XIX en Italia, en momentos en los que habían desaparecido los Estados Pontificios y los católicos se mantenían voluntariamente marginados de la vida política de Roma.

Con el tiempo, el «movimiento católico» fue desprendiéndose de su carácter político para sumir un perfil formativo, en particular a nivel espiritual. De este modo, nació, en 1868, la Juventud Católica Italiana y, en 1886, la «Association Catholique de la Jeunesse Française», origen de lo que más tarde sería la Acción Católica.

Después de varias distinciones realizadas por Pío X en las formas del apostolado laical, Pío XI (1922-1939) institucionalizó la Acción Católica como la máxima forma de «participación de los laicos en el apostolado jerárquico de la Iglesia».

Como consecuencia de este planteamiento, se extendió por todo el mundo el esquema típico de la Acción Católica italiana, radicada en las parroquias, pero con una organización nacional centralizada, separada en las ramas masculina y femenina, juvenil y adulta.

En su carta, el Papa presenta como atractivos modelos a hombres y mujeres que pertenecieron a la Acción Católica Italiana y que él mismo ha proclamado beatos, como por ejemplo, PierGiorgio Frassati, Gianna Berretta-Molla, y el matrimonio Luigi e Maria Beltrame-Quattrocchi.