La Iglesia presente en la cumbre de Río+20

La visión de las agencias de desarrollo católicas

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Por José Ignacio García*

RÍO DE JANEIRO, miércoles 20 junio 2012 (ZENIT.org).- Este lunes, la Iglesia Católica tuvo una importante presencia en Río+20.  Se inició en la mañana con un acto paralelo organizado por CIDSE, la organización que agrupa a las agencias de desarrollo católicas de Europa.

Bajo el título de: Intensificación sostenible, Agroecología – Derecho a la Alimentación y Cambio Climático y después de las palabras iniciales de Bernd Nilles, secretario general de CIDSE, cuatro intervinientes compartieron sus visiones bajo la moderación de Monika Hoegen, periodista.

Hubo una presentación introductoria por parte del arzobispo Paul Ouedraogo, de Burkina Faso, que acercó a la audiencia la dramática situación de la población de su país debido a la poca lluvia que ha causado escasez de alimentos y el hambre masivo. Señaló los esfuerzos de la Iglesia con el fin de promover la resilencia en las comunidades, y la necesidad de alianzas con otras instituciones dado que la magnitud de los problemas es tan grande, que hacen imposible resolverlo de manera independiente e individualista.

El primer ponente fue el ingeniero agrónomo, bien conocido de la Universidad de Berkeley, Miguel Altieri, profesor de Agroecología. Argumentó fuertemente en contra del uso del término sostenibilidad”. Los agronegocios tienen una lógica de consumo excesivo de recursos lo que hace imposible una relación respetuosa con el medio ambiente. Altieri propone la agroecología como una alternativa real basada en ser socialmente justa, económicamente viable, ecológicamente adaptada y aceptable culturalmente. Según el señor Altieri agroecología es la única alternativa a la concesión de una soberanía alimentaria real de una sociedad.

Loretta Dormal Marino, directora general adjunta de la Dirección General de Agricultura de la Comisión Europea, reivindicó el uso del término “sostenible” con el argumento de que la “sostenibilidad” es una palabra muy conocida por el público en general. Anika Schroeder, asesora de política climática de Misereor, Alemania, dijo que la seguridad alimentaria y la soberanía alimentaria, deben abordarse como una cuestión de derechos humanos. Esto exigiría la intervención de los gobiernos para garantizar los derechos, cambiando la marcada tendencia de los gobiernos a considerar la crisis alimentaria como un asunto de mercado que debe ser considerado sólo en los aspectos económicos. Las medidas reglamentarias son indispensables, como la concesión de los derechos fundamentales.

Por último, Jean Marc von der Weid, director de la asociación Agricultura Familiar y Agroecología (AS-PTA) de Brasil, presentó la experiencia de esta asociación que reúne a pequeños agricultores, grupos religiosos y asociaciones de mujeres. Compartió cómo los agricultores que participan en la agroecología está obteniendo mejores resultados, incluso financieramente, ya que están menos endeudados que los agricultores convencionales. En su opinión, es totalmente imposible un acuerdo entre la agroindustria y los pequeños productores, es necesario elegir o los unos o los otros.

Por la tarde, fue la Santa Sede la que organizó un evento paralelo. Este acto fue organizado conjuntamente por la Misión de la Santa Sede ante las Naciones Unidas, Caritas Internationalis, Familia Franciscana Internacional, Catholic Relief Services, la Asociación de Voluntarios en Servicio Internacional y CIDSE. El encuentro se tituló: Agricultura y sostenible: la seguridad alimentaria, la tierra y la solidaridad. El panel estuvo precedido por la intervención del cardenal Scherer, enviado especial de su santidad el papa Benedicto XVI a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible y el arzobispo de São Paulo.

Aunque tenemos que reconocer el compromiso de la Iglesia por estar presente en Río+20, y el esfuerzo de participar en un debate público de este tipo, también tenemos que reconocer que no es fácil para la Iglesia encontrar una manera de estar presente, o por lo menos de encontrar un lenguaje que pueda ser entendido por muchos y no sólo por los creyentes. Es un gran paso adelante para llegar al debate público, pero todavía quedan cosas que ajustar como: un lenguaje más inclusivo para los creyentes y no creyentes, una mayor claridad en las opciones técnicas que la Iglesia promueve – no porque la Iglesia tenga que producir ciencia o tecnología en sí, sino porque considera que estas opciones son moralmente más valiosas que otras, así como una presentación mucho más adecuada de lo que la Iglesia hace.

Artículo publicado en Ecojesuit.