'La Iglesia y el arte según el Concilio Ecuménico Vaticano II'

Anotaciones para una hermenéutica de la reforma litúrgica en la continuidad

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Por H. Sergio Mora

ROMA, jueves 12 julio 2012 (ZENIT.org).-“La Chiesa e l’arte secondo il Concilio Ecumenico Vaticano II” (La Iglesia y el arte según el Concilio Ecuménico Vaticano II), este es el título del libro del sacerdote y docente Daniel Estivill, que como subtítulo propone“Note per un’ermeneutica della riforma nella continuità” (Anotaciones para una hermenéutica de la reforma en la continuidad).

El libro en italiano de Ediciones LUP es una guía para la lectura de los textos conciliares referidos a la relación entre la Iglesia y el arte, especialmente el cap. VII de la Constitución Sacrosanctum Concilium.La intención que emerge con claridad es subrayar algunos aspectos relevantes y al mismo tiempo abrir horizontes en vista de ulteriores reflexiones, siempre en la línea hermenéutica sugerida por Benedicto XVI.

El autor, que es docente en la Facultad de Historia y Bienes Culturales de la Iglesia en la Universidad Pontificia Gregoriana, ha escrito el libro pensando, en primer lugar, en la formación de quienes están llamados a afrontar actividades pastorales en las cuales el arte religioso puede ser un eficaz instrumento de evangelización, sobre todo en este tiempo en que vivimos en la “civilización de la imagen”. Sin embargo, el texto se presenta también al alcance de quienes se interesen genéricamente en el tema, incluidos los mismos artistas que deseen conocer el pensamiento de la Iglesia sobre este argumento.

A continuación les proponemos la entrevista que el sacerdote argentino concedió a ZENIT.

¿Cómo nace la idea del libro?

–Mons. Estivill: Nace con la intención de dar una respuesta a la llamada del papa Benedicto XVI, en un discurso a la Curia Romana (22 de diciembre de 2005), en el que pide se interpreten correctamente los textos del Concilio Vaticano II. Frente a una hermenéutica de la ruptura y de la discontinuidad, el Papa propone una hermenéutica de la reforma en la continuidad.

Veamos un poco, ¿discontinuidad o continuidad?

–Mons. Estivill: Toda reforma implica una cierta discontinuidad, pero cuando se dice que el Concilio debe ser leído según una hermenéutica de la reforma, se está indicando que se trata de una discontinuidad solo “aparente”, es decir, que se refiere a las cosas contingentes. En cambio, al aclarar que dicha hermenéutica de la reforma debe ser “en la continuidad” se desea subrayar que en los principios de fondo el Concilio mantiene y profundiza una sólida continuidad con respecto a la naturaleza íntima y a la verdadera identidad de la Iglesia.

¿El Papa se refería al arte en su discurso?

–Mons. Estivill: El santo padre formulaba en el mencionado discurso una serie de preguntas sobre el Concilio Vaticano II en general, sobre su aplicación y sobre sus resultados. Yo me permito aplicar analógicamente tales interrogantes al campo del arte y así me atrevo a preguntarme: ¿Cuál ha sido el resultado del Concilio en lo que se refiere al arte religioso y sacro? ¿La enseñanza conciliar sobre esta materia ha sido recibida en el modo justo? ¿En la recepción del Concilio, cuáles son las cosas que han dado buenos frutos, qué cosas han causado confusión o bien han dado resultados insuficientes o incluso desacertados? ¿Qué queda por hacer todavía para retomar las orientaciones del Concilio sobre el tema del arte en la Iglesia?

¡Vaya empresa, especialmente si hablamos de “espíritu conciliar”!

–Mons. Estivill: En efecto, es importante distinguir entre lo que efectivamente ha afirmado el Concilio y lo que se ha dado en llamar el “espíritu del Concilio”. He procurado releer los textos conciliares sobre el tema del arte sacro tratando de descubrir con objetividad lo que ha sido realmente propuesto por el Concilio. Lamentablemente, no pocas veces, en nombre del llamado “espíritu conciliar” se ha ido más allá de las verdaderas intenciones del Concilio e incluso, más de una vez, en oposición a las mismas.

¿Y qué ha descubierto?

–Mons. Estivill: Por una parte, que los documentos del Concilio Vaticano II, que el santo padre nos ha invitado a releer, abren caminos de renovación y diálogo con el mundo del arte, mostrando, al mismo tiempo, una fuerte continuidad con la visión que ha Iglesia ha sostenido desde siempre en este campo. Por otra parte, al leer los textos conciliares, he constatado que existen, lamentablemente, algunas relecturas inspiradas en una hermenéutica de la ruptura y de la discontinuidad, las cuales han creado algunos “falsos mitos”.

¡Falsos mitos! ¿a ver, nos lo puede explicar mejor?

–Mons. Estivill: Por ejemplo, no es verdad que el Concilio haya declarado que finalmente las puertas de la Iglesia se han abierto para aceptar indiscriminadamente cualquier tipo de manifestación del arte contemporáneo. Para avalar esta afirmación se cita la Gaudium et Spes 62: “también la nuevas formas artísticas... sean reconocidas por la Iglesia”, olvidando que en el mismo número, sin ir más lejos, se agrega: “... cuando [las nuevas formas artísticas] elevan la mente a Dios, con expresiones acomodadas y conforme a las exigencias de la liturgia”. Quien conoce la historia del arte y la historia de la Iglesia sabe muy bien cómo la Iglesia en Occidente ha estado siempre abierta a las novedades en el campo de las artes y sabe también que, la Iglesia ha acogido, a lo largo de los siglos, dichas novedades en su seno ennobleciéndolas y exaltando a través de ellas el genio humano. Sin embargo, frente a las novedades la Iglesia ha sabido seleccionar aquellas que son compatibles con los postulados de la fe.

¿Y qué más ha encontrado?

–Mons. Estivill: Una distinción importante es la que establece la Sacrosanctum Concilium (122) entre arte, arte religioso y arte sacro, que no es una distinción meramente temática sino conceptual. El mismo papa Benedicto XVI, confirma la validez y la importancia de tal distinción estableciendo, al mismo tiempo, como característica esencial del arte sacro, su destino a la liturgia (cf. Opera Omnia, 2010, vol. XI, p. 132).

Otro aspecto digno de mención es el respeto de la Iglesia por la libertad de expresión en el arte: una libertad “ordenada” al servicio litúrgico; una libertad guiada e iluminada por el munus regendi de los pastores; una libertad sujeta a discernimiento, sobre todo en lo que se refiere a la relación entre arte y moral. También en este punto resulta esclarecedor el pensamiento teológico del Papa, que afirma: “La libertad del arte, que debe existir también en el ámbito más estrechamente circunscripto del arte sacro, no coincide con la arbitrariedad” (Opera Omnia, 2010, vol. XI, p. 132).

Para desarrollar una acción pastoral a partir del arte ¿sirve una buena formación?

–Mons. Estivill: Este es otro de los aspectos en los cuales insiste expresamente la Sacrosanctum Concilium (127 y 129). Esto responde a una realidad histórica concreta: a partir de la entrada en escena del Iluminismo se ha desencadenado un proceso de creciente contraste entre fe y razón, entre cultura católica y tendencias artísticas de vanguardia. Por eso, al no vivir hoy en un ambiente impregnado por los valores de la fe, se hace indispensable una adecuada formación teológica en relación al arte, tanto para los artistas, que deben conocer los fundamentos del dogma y de la historia de la salvación, como también para el clero llamado a dialogar con el mundo del arte. En este sentido, la formación que pide el Concilio debería estar orientada a proteger y profundizar la verdadera identidad del arte sacro; una identidad fundada sobre la base de una rica tradición iconográfica, de una clara opción por el figurativo, de un sano equilibrio entre realismo visual y trascendente sacralidad, de una humilde vocación de servicio a la divina liturgia.

¿Todos los sacerdotes deberían ser expertos en arte?

–Mons. Estivill: La Sacrosanctum Concilium (129) pide que en el curriculum de formación del clero se incluya la historia y la evolución del arte sacro, así como los sanos principios en que deben fundarse las obras de arte al servicio de la Iglesia. El objetivo no es hacer de los sacerdotes “expertos en arte”, sino prepararlos para que sepan apreciar y conservar las obras de arte de la Iglesia y para que puedan orientar a los artistas en la ejecución de sus obras. No tenemos que olvidar que detrás de las grandes obras de arte hay casi siempre un teólogo encargado de establecer el programa iconográfico y de dar las orientaciones de fondo, que junto con las formas artísticas constituyen, por así decir, el alma de la obra de arte. A veces, aunque no siempre, el “teólogo” puede coincidir con el que encomienda la ejecución de la obra. Pero en la realidad concreta, ¿quién asume estos roles sino el que ejerce el ministerio pastoral? Tal responsabilidad pastoral es de capital importancia, pues el arte en la Iglesia es un valioso instrumento para la transmisión de la fe y para la celebración del culto divino.