La iniciativa de los teólogos alemanes: ¿renovación o demolición?

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Por Manfred Hauke*

ROMA, miércoles 9 de febrero de 2011 (ZENIT.org).- El pasado 3 de febrero, un conocido diario alemán, el Süddeutsche Zeitung, publicó un informe (Memorándum) firmado por 143 teólogos de lengua alemana bajo el título “Iglesia 2011: una pertenencia necesaria” (ein notwendiger Aufbruch). Las peticiones recuerdan en muchos aspectos la llamada “Declaración de Colonia” de 1992 y la iniciativa “Somos Iglesia” de 1995. La Facultad teológica más representada entre los firmantes es la de Münster, con 17 teólogos, entre ellos el decano Klaus Müller; una teóloga de Münster forma parte del comité de redacción del memorándum (cfr. M. Drobinski, Theologen gegen den Zölibat, Süddeutsche Zeitung, 3.2.2011). También una petición muy específica remite a la influencia de Münster, la de constituir tribunales administrativos para la Iglesia (Klaus Lüdicke). Por ello podríamos llamar al texto tranquilamente la “Declaración de Münster” (DM).

Como ocasión de la DM, sus firmatarios indican el debate público sobre los abusos sexuales que tuvo lugar el año pasado. Al buscar las “causas del abuso, del silencio y de la doble moral”, habría “crecido la la convicción de que son necesarias reformas profundas”. La invitación de los obispos al “diálogo” habría suscitado expectativas que sería necesario acoger. Los teólogos quieren hacer del 2011 un “año de partida” para que la Iglesia pueda salir de “estructuras fosilizadas”. El “diálogo abierto” debe comprender seis “campos de acción”: (1) Se necesitan “más estructuras sinodales a todos los niveles de la Iglesia” según el principio “Lo que afecta a todos debe decidirse entre todos”. (2) La vida de la comunidad necesitaría para su conducción estructuras más democráticas (para su guía). “La Iglesia necesita también sacerdotes casados y mujeres en el ministerio eclesial”. (3) Un primer paso hacia una mejor “cultura del derecho” sería “la constitución de una jurisdicción administrativa” (es decir, de tribunales administrativos). (4) Bajo el término “libertad de conciencia” se dice: “La gran estima del matrimonio por parte de la Iglesia… no requiere excluir a las personas que viven de manera responsable el amor, la fidelidad y la solicitud recíproca en una unión de personas del mismo sexo [parejas homosexuales] o como divorciados vueltos a casar. (5) En el espíritu de la “reconciliación” habría que ir contra “una moral rigurosa sin misericordia”. (6) La liturgia vive gracias a la participación activa de todos los fieles y no debería ser unificada de modo centralista.

Hay que dar la razón a los firmantes de la DM en que la Iglesia (de lengua alemana) está atravesando una “crisis profunda”. Por otra parte, muchas sugerencias formuladas por los teólogos firmantes forman parte de esta crisis y no pueden favorecer la superación de los problemas. Las peticiones contenidas en el memorándum son, en buena parte, peticiones muy conocidas procedentes de los años 60 y 70 del siglo pasado. Hay un “paso adelante” en el empeño a favor de la praxis vivida de la homosexualidad. El debate público sobre los abusos sexuales es instrumentalizado para empujar a una Iglesia debilitada hacia una situación que se aleja de su origen apostólico y se acerca a las corrientes liberales del protestantismo. Según las estadísticas correspondientes, el porcentaje (deplorable) del abuso sexual por parte de clérigos católicos es mucho más bajo respecto a lo que sucede en estructuras (comparables) del ámbito secular (p.ej. familias, escuelas, asociaciones deportivas) e incluso de cuanto se sabe de los pastores protestantes (en su mayor parte casados) (ver referencias en J.M. Schwarz, Kirche, Zölibat und Kindesmissbrauch,www.kath.net, 3.2.2010).

Los teólogos de la DM cometen un “abuso con el abuso” al promover peticiones que seguramente no pueden combatir las causas que se encuentran en la base de los propios abusos. No se dice que hace falta la castidad para una verdadera renovación. No se habla siquiera de la exigencia de la conversión. Al contrario: se quiere el reconocimiento por parte de la Iglesia de la situación de los divorciados vueltos a casar, los cuales viven (según las palabras de Jesús) en estado de adulterio (cf. Mc 10,11s par), e incluso las parejas homosexuales, cuya práctica sexual, según los catálogos de los vicios en el Nuevo Testamento, lleva a la exclusión del Reino de Dios (cf. 1Cor 6,10 ecc.). Aquí no se ve la influencia de un conocimiento teológico más profundo, sino más bien una pérdida de fe y de moral. Los elementos fundamentales de la doctrina apostólica son sacrificados a un pensamiento que quiere estar “al día” de la situación actual. La petición de quitar la obligación del celibato recuerda las peticiones de la Ilustración tardía, superadas ya desde hace mucho tiempo por Johann Adam Möhler y otros protagonistas de la renovación católica del siglo XIX. Ni siquiera a los ilustrados de las iglesias estatales de la época josefinista, sin embargo, se les habría ocurrido rebajar los valores del matrimonio cristiano o favorecer los concubinatos homosexuales. Incluso la petición de tener “mujeres en el ministerio apostólico” se dirige contra el origen apostólico de la Iglesia, al menos cuando se entiende “ministerio” en el sentido del sacramento del Orden. Debe recordarse aquí la Carta apostólica de Juan Pablo II, Ordinatio Sacerdotalis (1994), en la que el Papa subraya que “la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir a las mujeres la ordenación sacerdotal, y que esta sentencia debe ser considerada definitiva por todos los fieles de la Iglesia”. Lo que vale para “todos los fieles de la Iglesia”, vale seguramente aún de manera más fuerte para los teólogos que poseen una missio canonica.

Echemos un breve vistazo a las demás peticiones, aunque no podemos dar aquí una respuesta exhaustiva. Ciertamente es importante una “participación” de todos los fieles en la vida de la Iglesia, pero esta participación no debe confundirse con las formas políticas de la democracia. Según la sucesión apostólica, la Iglesia está guiada por el Papa y por los obispos. En la Iglesia antigua, también el pueblo creyente, a menudo, tomaba su parte en la elección de los obispos a través de su testimonio y de su consentimiento: pero estos fieles estaban preparados por el testimonio de los mártires en la época de las persecuciones; no era la situación de hoy en la que casi el 90 % de los “católicos” alemanes no va a la misa del domingo y depende casi totalmente de la influencia dominante de los medios de comunicación, los cuales, en su gran mayoría, son decididamente desfavorables a la fe católica. Las elecciones episcopales, no eran decisiones tomadas por el pueblo tampoco en la Iglesia antigua. Según el Papa León Magno, el obispo debía ser elegido por el clero, aclamado por el pueblo y ordenado por los obispos de la provincia con el consentimiento del Metropolitano. El principio jurídico citado por la DM viene originalmente del derecho privado romano y fue interpretado en 1958 por Yves Congar en el sentido de la recepción en el seno de la Iglesia, pero no como democratización del Magisterio ni tampoco del ministerio de guía (Quod omnes tangit, ab omnibus tractari et approbari debet); explicar el consentimiento del pueblo de Dios como “decisión” o incluso como base de “estructuras más sinodales”, es signo de una ideologización fuera de la historia eclesial.

Cuanto se afirma sobre la problemática de las “parroquias XXL”, se refiere a una realidad dolorosa. La solución de las dificultades no está en el cambio de las estructuras de la Iglesia procedentes de Cristo (como el sacerdocio ministerial reservado a los hombres y su responsabilidad específica para la guía de la comunidad). Para organizar bien la vida de las comunidades, se necesitan la prudencia pastoral y el compromiso de todos, pero no una laicización en la guía de las comunidades parroquiales. La “libertad de conciencia” proclamada por la DM separa evidentemente la conciencia del sujeto de la verdad objetiva a la que la conciencia debe orientarse. No tiene sentido aplicar la “libertad de conciencia” para aprobar las parejas homosexuales y el adulterio. Newman hablaría aquí de un pretendido “derecho a la voluntariedad” (Carta al Duque de Norfolk). La “misericordia” en la moral, mencionada bajo la voz de la “reconciliación”, no debe separarse de la exigencia de respetar los mandamientos divinos: Dios perdona al pecador sinceramente arrepentido, pero le da a entender también (como Jesús a la adultera): “¡En adelante no peques más!” (Jn 8,11).

La petición de la DM de integrar las “experiencias y expresiones del tiempo contemporáneo” en la liturgia tiene ya su lugar conveniente en el ordenamiento actual, por ejemplo en la oración de los fieles y en la homilía. La acogida de “situaciones concretas de la vida” no debe oscurecer la importancia de la liturgia como glorificación de Dios, junto a toda la Iglesia, la cual prevé formas muy precisas para la expresión común.

Ciertamente debe saludarse el “diálogo” dentro de la Iglesia. Para una discusión legítima entre cristianos católicos, sin embargo, debe estar clara la condición previa que está en la profesión común de la fe católica. Diversos puntos de la DM ponen en entredicho esta base. ¿Los firmantes de la DM pueden sinceramente presentar la Professio fidei requerida como condición indispensable para enseñar en nombre de la Iglesia en las Facultades de teología? ¿Los obispos responsables tendrán en valor de insistir contra la disidencia sobre el carácter eclesial de la teología? La próxima visita del Santo Padre a Alemania es una gran oportunidad para una renovación en la fe católico. El memorándum de los 143 teólogos, sin embargo, entristece: no ofrece ninguna contribución para lanzarse hacia un futuro lleno de esperanza, sino más bien una demolición que pone en peligro el tesoro de la fe eclesial.

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*Padre Manfred Hauke es profesor ordinario de Patrología y Dogmática en la Facultad de Teología de Lugano y Vicedirector de la Revista Teológica de Lugano.

[Traducción del italiano por Inma Álvarez]