La lepra que desfigura al hombre es el pecado, aclara el Papa

«El orgullo y el egoísmo engendran en el espíritu indiferencia, odio y violencia»

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CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 15 octubre 2007 (ZENIT.org).- Benedicto XVI aseguró este domingo que la lepra que realmente desfigura al hombre es el pecado.



Así lo explicó al comentar antes de rezar la oración mariana del Ángelus el pasaje evangélico de la liturgia de ese día en el que Jesús cura a diez leprosos, de los cuales sólo uno, samaritano, vuelve para darle las gracias.

Dirigiéndose a los peregrinos congregados en la plaza de San Pedro, el Papa consideró que para Jesús hay dos niveles de curación: «uno más superficial, afecta al cuerpo; el otro, más profundo, a lo íntimo de la persona, lo que la Biblia llama el “corazón”, y de ahí se irradia a toda la existencia».

«La curación completa y radical es la “salvación” --siguió diciendo el Papa, quien hablaba desde la ventana de su estudio--. El mismo lenguaje común, al distinguir entre “salud” y “salvación”, nos ayuda a comprender que la salvación es mucho más que la salud: es, de hecho, una vida nueva, plena, definitiva».

«La fe salva al hombre, restableciéndole en su relación profunda con Dios, consigo mismo y con los demás; y la fe se expresa con el reconocimiento», indicó el papa.

«Quien, como el samaritano curado, sabe dar las gracias, demuestra que no lo considera todo como algo que se le debe, sino como un don que, aunque llegue a través de los hombres o de la naturaleza, en última instancia proviene de Dios».

«La fe comporta, entonces, la apertura del hombre a la gracia del Señor; reconocer que todo es don, todo es gracia. ¡Qué tesoro se esconde en una pequeña palabra: “gracias”!», reconoció.

Recordando que en tiempos de Jesús la lepra era vista como una «impureza contagiosa», el Santo Padre añadió que «la lepra que realmente desfigura al hombre y a la sociedad es el pecado».

«El orgullo y el egoísmo engendran en el espíritu indiferencia, odio y violencia», indicó.

«Sólo Dios, que es Amor, puede curar esta lepra del espíritu, que desfigura el rostro de la humanidad. Al abrir el corazón a Dios, la persona que se convierte es sanada interiormente del mal», concluyó.