La misa nos lleva a salir en ayuda de los hambrientos

Dice el cardenal Joachim Meisner, arzobispo de Colonia (Alemania)

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GUADALAJARA, viernes, 15 octubre 2004 (ZENIT.org-El Observador).- El cardenal de Colonia (Alemania), arzobispo Joachim Meisner, presidió este viernes la concelebración eucarística con la que se abrió la jornada del Congreso Eucarístico Internacional, dedicada al tema de «La Eucaristía, exigencia y modelo de compartir».



En su participación, ante una asamblea abarrotada, el cardenal Meisner dijo que «la Iglesia vive, en estos momentos, de las tres palabras que son dichas, durante la consagración, en la santa Misa: “tomó, ofreció y pan”».

«En estas tres palabras --dijo el arzobispo de Colonia-- podemos reconocer, durante la consagración en cada celebración eucarística, nuestra propia vocación como cristianos y para ello recibimos también las necesarias energías espirituales».

«Jesús tomó el pan en sus manos, así como entonces tomó un cuerpo humano de María, la virgen», aseveró.

«En este gesto del asumir un cuerpo humano, ha tomado Jesús a todos los hombres, nada ni nadie es rechazado --añadió--. Cada uno de nosotros puede decir de sí mismo: “Yo he sido asumido por el Señor”. Y en consecuencia, tiene cada uno de nosotros razón también de aceptarse a sí mismo. El que no se ha aceptado a sí mismo, tampoco puede darse a si mismo. Es imposible regalar cien pesos cuando los bolsillos están vacíos. Antes del dar está el recibir».

Más adelante reveló que «como miembros de la Iglesia podemos tomar responsabilidad de nuestros hermanos y hermanas, porque anticipadamente hemos sido aceptados por Dios. Lo que Dios ha asumido jamás lo abandona. Y quien ha sido aceptado por Dios ya no se pertenece más a sí mismo, sino que pertenece al Señor».

«La Iglesia --dijo-- pone en buenas manos el Cuerpo de Cristo en la comunión. Ese pan no es una cosa, sino una persona. No es un “esto” sino un “Tú”, el mismo Señor. Cuando estamos en contacto con el Señor, no debemos olvidar con quién estamos».

Más adelante el cardenal Meisner recordó las palabras que «la Iglesia recomienda en su ordenación a los servidores del altar, los sacerdotes: “medita, lo que haces. Imita lo que realizas”».

«Somos --recalcó-- recibidos por el Señor: él tomó el pan. El nos ha tomado para que nosotros seamos don, sí, que seamos pan para los demás. ¿Dónde está nuestro hábitat? En las manos de Dios. Ahí estamos siempre en buenas manos, y también nuestros hermanos. Aún cuando lo maltratemos, él no nos deja solos».

«En el pan partido Dios nos comunica su propia vida, para que nosotros con nuestras propias manos lo repartamos a los hambrientos del mundo», subrayó.

«Por esto --siguió diciendo--, ahora pedimos, que reservemos un poco de “pan” en nuestras bolsas, para que tengamos algo para repartir, de manera que a los demás se les abran los ojos, como entonces a los discípulos de Emaús, y puedan sentir el ardor del corazón, y así experimentar en su interior al Señor en el pan partido. El pan que se nos confía en la Sagrada Comunión es pan partido, que le ha costado la vida al Señor para bien de las hermanas y hermanos».

«El compartir ha sido siempre una señal para reconocer a los cristianos», señaló el cardenal Meisner.
«En los primeros tiempos cuando aún no había fotografías de pasaporte se usaba un platito de barro para ese propósito. Cuando dos amigos se despedían por un tiempo largo, partían el platito en dos mitades. Cada uno llevaba una parte consigo, y cuando se volvían a encontrar después de muchos años, entonces mostraba cada quien su mitad y la juntaba a la del otro. Si resultaba un todo, se les abrían los ojos y se reconocían como los antiguos amigos. El partió el pan para repartirlo y compartirse al otro. La existencia cristiana es una existencia compartida. Dios está en el pan partido».

Finalmente, en una homilía que fue seguida con atención por los congresistas, el cardenal de Colonia habló de la tercera palabra «dar», como sinónimo de la acción de Cristo en la Iglesia y de la Iglesia en Cristo.

«El Señor se entrega hasta lo último. Quien da, se hace pobre, pero quien da también se santifica. Jesús mismo lo dijo: Dar es más sagrado que recibir (Hechos 20, 35), porque ello es más divino».

«Esta es la razón por la que en el Evangelio coexisten la pobreza y la santidad --aclaró--. Pobreza de corazón es uno de los muchos nombres de Dios. Dios vive como un limosnero del don que el da. El limosnero vive del don que recibe. Si a Dios se le pudiera prohibir el dar, dejaría de ser Dios. Quien por la Sagrada Comunión ha encontrado el gusto al estilo de vida de Dios, su mano se abrirá siempre para dar. Entonces participa de la pobreza y de la santidad de Dios. De hecho, uno de los más bellos títulos que se le pueden dar a un cristiano es el ser un “pobre y humilde” seguidor de Jesús».

«La Iglesia --recalcó-- junto con Dos vive del dar, que ella otorga, y por ello es bendita, al igual que el dador de todos los dones, como Cristo. Debemos imitar este gesto de Dios en la distribución de la sagrada comunión. La Iglesia nunca está más enriquecida que cuando, con la patena llena, participa en la comunión, para distribuir al Señor».

«En cada celebración eucarística somos invitados a la renovación de nuestro inicio como cristianos, cuando durante la consagración el sacerdote dice: “tomo el pan lo partió y lo dio”, tú eres asumido y eres repartido y tú mismo estás ahí para dar. La participación en la Misa nos obliga a ir en la búsqueda de los hambrientos. Ellos tienen hambre de Dios y hambre de pan. Dios se encuentra en el pan partido», concluyó el cardenal Joachim Meisner.