La nación y el desarrollo de los pueblos

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Por monseñor Giampaolo Crepaldi*

ROMA, martes 14 de diciembre de 2010 (ZENIT.org).- El compromiso del católico en política se realiza en su tierra y en su nación, y con todo no puede ser indiferente al más amplio horizonte universal de la comunidad humana. De hecho, sabe que todos los hombres pertenecen a una única familia. Se lo dice su religión y también su razón. El Cristianismo fue fundamental para el nacimiento de la idea de una única hermandad entre todos los hombres; antes no existía una verdadera y propia idea de universalidad de la comunidad humana. Un a comunidad universal puede ser tal sólo como unión de los espíritus.

Antes del cristianismo había existido sólo la propuesta del Estoicismo de hablar de cosmopolitismo, pero se trataba de una perspectiva aún cósmica. Existía un mundo universal pero no una comunidad universal. El mundo es un orden de cosas mientras que una sociedad es un orden de personas, de carácter espiritual. La idea de una sociedad humana universal tiene orígenes religiosos, comienza con la fe cristiana. Pero también la razón confirma esta idea, en cuanto que ve entre los hombres una igual dignidad y un único destino, a causa de su interdependencia, que se extiende hacia los extremos confines de la tierra. Por tanto, el católico en política verá su propio compromiso en un contexto más amplio, referido también al desarrollo de todos los pueblos, no solo a causa de la globalización en curso, sino por un motivo más profundo, el de la “globalidad”, la unidad del género humano.

Nace así la preocupación por el desarrollo, un concepto central en la doctrina social de la Iglesia después que la Populorum progressio (1987) de Pablo VI lo planteara como problema global. Pero el concepto de desarrollo debe ser precisado. Éste tiene una dimensión intensiva y una extensiva. Por la dimensión intensiva, éste se refiere no solo a un aspecto de la vida humana, sino a todos, dispuestos en orden jerárquico según su importancia. Por la dimensión extensiva, se refiere a todos los hombres, sin exclusión de ningún tipo. Veamos mejor ambos aspectos.

El desarrollo es un concepto metafísico en cuanto que se refiere al logro, por parte del hombre, de la plenitud de su vocación. Un hombre desarrollado es una persona que ha podido crecer en su propia humanidad, que ha llegado a ser, en un cierto sentido, “más hombre”. Como puede verse, el concepto de desarrollo presupone una vocación para el hombre. Éste indica una situación de bienestar, de vida buena en el sentido de vida plenamente humana. Si el hombre es visto como un conjunto de impulsos físicos o como un fenómeno natural junto a otros fenómenos naturales, inmerso en la cadena del evolucionismo naturalista de las formas de vida, o como fruto de la casualidad y de la selección natural, entonces no se puede hablar de desarrollo respecto a él. Si no existe un ser de la persona y si este ser no indica objetivos que alcanzar, no se produce el desarrollo. No es necesario poner límites al concepto de desarrollo, en cuanto que éste se refiere a la “plenitud” de la vocación humana, incluyendo su vocación espiritual y eterna. Se ve aquí la importancia de una concepción incondicional de la persona.

Si se tienen antropologías reductivas, es decir, que consideran a la persona sólo desde algunos puntos de vista y sólo por algunas de sus dimensiones, entonces también el concepto de desarrollo se atrofia. Uno de los principales obstáculos al desarrollo es de tipo cultural: las culturas que reducen a la persona a este o aquel aspecto son enemigas del desarrollo. En particular lo son las culturas materialistas, según las cuales el hombre es un conjunto de fenómenos materiales aunque evolucionados de forma particular.

Una vez aclarado que el desarrollo tiene por objeto “todo el hombre” es necesario sin embargo añadir que en el hombre no todas sus dimensiones tienen el mismo valor, sino que unas están en función de otras. Por ejemplo, la disponibilidad de los bienes materiales tiene como fin los bienes espirituales, el desarrollo económico tiene como fin la justicia. El hombre por ejemplo tiene una necesidad de libertad, por lo que un bienestar que fuese limitador de su libertad no sería verdadero desarrollo. Como vemos, por tanto, es necesario tener presentes todas las dimensiones de lo humano y al mismo tiempo verlas en su justa jerarquía, dentro de un orden de mayor o menor importancia. Todo ello comporta una consideración metafísica del hombre, o sea, una consideración en profundidad de su ser y, a continuación, una valoración moral del desarrollo. El desarrollo será tanto más moralmente conforme a la dignidad humana cuanto más tenga en cuenta todos los aspectos del hombre sin dar la vuelta a la justa jerarquía de valores implicados en él.

El cristianismo es de fundamental importancia para el desarrollo en cuanto que proporciona, en Cristo, un modelo de hombre plenamente realizado en su misma humanidad y una concepción verdaderamente incondicionada de persona. El Cristianismo permite a cada una de las culturas reconsiderarse a sí misma y salir de sus propios límites y reduccionismos en cuanto que propone un mensaje de vocación integral de la persona humana.

No hay duda de que el desarrollo es por tanto un concepto cualitativo y no solo cuantitativo. No tiene que ver solo con el incremento de la riqueza, sino la calidad humana de la vida personal y social. Podríamos decir también que el desarrollo tiene que ver ante todo con las condiciones inmateriales y no las materiales. Éste es un criterio de juicio y de acción muy importante para el católico comprometido en política. Le permite dirigir la mirada no tanto y no solo a los datos económicos y las intervenciones técnicas, aun necesarias como diré dentro de poco, sino a los presupuestos inmateriales, es decir, culturales y morales, del desarrollo. En los países pobres muchos frenos al desarrollo derivan de culturas locales ancestrales que desprecian el trabajo, establecen normas discriminatorias, no valoran adecuadamente a la mujer, ven la relación con la naturaleza de modo mágico. Todas estas actitudes mentales derrochan recursos, no permiten una utilización plena de los recursos naturales, constituyen castas inamovibles en la sociedad que frenan la movilidad social y el progreso, bloquean las iniciativas emprendedoras. Favorecer el desarrollo de esos pueblos quiere decir también liberarlos de esas culturas limitadoras.

Por otro lado, leyes sobre la propiedad intelectual vigentes en los países ricos impiden distribuir fármacos de primera necesidad en los países pobres para luchar contra enfermedades endémicas y pandemias. También en este caso una cultura, de tipo productivista e individualista, es elemento de freno al desarrollo. La transferencia a los países pobres de estilos de vida hedonistas e individualistas propios de los países desarrollados puede ser negativo para su desarrollo. La falta de instrucción o de la capacidad de colaborar, las carencias en la concepción del respeto de la legalidad con causas de subdesarrollo no menos importantes que otras de orden material. Es bueno, por tanto, centrarse antes de nada en estos problemas de tipo inmaterial y asociar a las ayudas al desarrollo siempre un acompañamiento formativo.

Las transferencias no deben ser solo económicas o de bienes materiales, sino también de competencias, de profesionalidad, de instrucción y cultura y, como se dice, de know how. Una visión materialista del desarrollo lo entiende solo como transferencia de recursos, pero que a menudo caen en manos de torturadores que mantienen a esos pueblos sometidos, siendo desviados hacia la compra de armas, o destruyendo los mercados locales y empobreciendo a los productores. Si se pone atención en cambio a los problemas cualitativos, se pondrán en primer plano formas de ayuda cultural, educativa, formativa, de educación a la legalidad y al buen funcionamiento de las instituciones democráticas. También el mismo problema de la alimentación, que parece en su esencia como una falta de alimento, es decir, de bienes materiales, en el fondo depende de causas estructurales de tipo inmaterial y cultural.

Un aspecto muy importante de esta visión cualitativa del desarrollo tiene que ver con el estrecho vínculo entre los grandes principios del respeto del derecho a la vida, de la defensa de la familia y de la libertad de religión, y el desarrollo de los pueblos, puesto en evidencia sobre todo en la Caritas in veritate.

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*Monseñor Giampaolo Crepaldi es arzobispo de Trieste y Presidente del Observatorio Internacional “Cardenal Van Thuân” sobre la doctrina social de la Iglesia.


[Traducción del italiano por Inma Álvarez]