La necesidad de la encíclica «Spe salvi»

Antonio Alcaraz, director del Instituto Internacional de Caridad y Voluntariado Juan Pablo II

| 2920 hits

MURCIA, sábado, 22 diciembre 2007 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario a la encíclica «Spe salvi» («Salvados en la esperanza») escrito en la agencia Veritas por Antonio Alcaraz, director del Instituto Internacional de Caridad y Voluntariado Juan Pablo II.

* * *

El Papa Benedicto XVI acaba de publicar su segunda encíclica: «Spe Salvi». El documento, sobre la esperanza cristina, propone una reflexión a creyentes y no creyentes por cuanto plantea una pregunta radical: ¿Qué espera el hombre de hoy? En este sentido, la encíclica diferencia entre «las esperanzas» y «la gran esperanza»: «Nosotros -afirma Benedicto XVI- necesitamos tener esperanzas -más grandes o más pequeñas-, que día a día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan». En las ciencias humanas: filosofía, psicología, antropología, la esperanza está unida al sentido de la existencia, a la comunicación y a la felicidad, de tal manera que la falta de motivación -por no tener a nadie y no esperar nada- lleva consigo un aumento de la depresión o la tristeza profunda que puede desembocar en un suicidio físico o en una muerte vital prematura.

Según la OMS, un promedio de casi 3000 personas se suicidan cada día. El suicidio es responsable de más muertes al año que el conjunto de todas las guerras y los homicidios que asolan al mundo. En España, según los datos que baraja la Sociedad Española de Medicina General (SEMG), se estima que se producen 4.500 suicidios al año, 10,7 por cada 100.000 habitantes.

Nos hemos centrado en algunos datos referentes a suicidios, pero podríamos hablar de otras efectos sociales fruto de no esperar nada: fracaso escolar, violencia, alcoholismo, drogadicción.... El tema de la esperanza no es banal ni se puede quedar en estereotipos informativos como el que observé en una televisión nacional: la noticia sobre la encíclica era que el Papa afirmaba la existencia del infierno y del purgatorio. Miren que la cosa es curiosa: la noticia sería si se afirmara lo contrario. Claro, que hablar como habla la Iglesia conlleva que a uno le tachen de neoconservador o como decía estos días un representante político: del «ala más radical de la iglesia católica». En esta afirmación hay, no obstante, un error de fondo: si uno se dedica a la política -de partidos-, y piensa que todo en la vida es política partidista, empieza a ver en la Iglesia derechas, izquierdas, conservadores, progresistas, y si los cristianos defienden la vida y están en contra del aborto (que es lo que hace la Iglesia) le llaman «neoconservadores» y otros calificativos afines o extraños.De todas formas, no es que esto nos asuste, pero es para que vean Vds. lo que supone no entender cual es el la esencia de la Iglesia.



El progreso -podemos pensar tras leer la encíclica- en sí ni es bueno ni malo, depende lo que se quiera alcanzar: si progresamos para tener acceso a los bienes que nos permiten tener una vida más humana y organizada, fenomenal, pero si progresamos para destruir niños no nacidos , hacer violencia, crear riquezas que se reparten injustamente, crear armas de destrucción masiva, animar -sin ningún tipo de criterio- a los adolescentes con el preservativo para que se acuesten con el primero que se encuentren, entones ese llamado «progreso» destruye toda esperanza. En Murcia, donde yo vivo, como en otros lugares, tenemos miles de jóvenes que, agrupados en parroquias, movimientos y comunidades (después póngale el calificativo que gusten), quieren vivir de una gran esperanza, a éstos no les temo -puesto que con su vitalidad muchas veces van delante-, tampoco temo, pero sí compadezco, a los jóvenes violentos del signo que sean y a los jóvenes terroristas de ETA. Aprovecho que digo esto, y aunque esté entre líneas, para ofrecerme en lugar de la próxima persona que quiera asesinar ETA, no tengo inconveniente en poder salvar una vida, porque la mía ha sido salvada en esperanza por Jesucristo.

Yo ansío que nuestros pueblos sigan caminado hacia la esperanza. Que cesen los odios, los enfrentamientos y divisiones, los insultos y calumnias, el enriquecimiento ilícito, la explotación y abuso de los más débiles, que esto cambie en favor de la transparencia en nuestras relaciones y en una preocupación por el bien común. Es cierto que la maldad existe en el ser humano, pero como dice Benedicto XVI en la encíclica que nos sirve de reflexión: «La gracia no excluye la justicia... al final los malvados, en el banquete eterno, no se sentarán indistintamente a la mesa con las víctimas, como si no hubiese pasado nada».