La oración de la Iglesia, fuerza del Papa en su fragilidad; según el mismo reconoce

Explica así la convocatoria del Año del Rosario

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CIUDAD DEL VATICANO, 22 octubre 2003 (ZENIT.org).- La «fuerza» del obispo de Roma, en su fragilidad, está en la oración de toda la Iglesia, reconoció Juan Pablo II, al concluir agotado pero satisfecho la semana de celebraciones del vigesimoquinto aniversario de pontificado.



El pontífice hizo esta constatación el miércoles en la homilía de la primera concelebración eucarística con los treinta nuevos cardenales, en la que les entregó el anillo, símbolo de su íntima unidad con el Papa.

La primera lectura de la liturgia, tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles (12, 1-11), recordaba la prisión del apóstol Pedro, encadenado, en Jerusalén, cuando «la Iglesia oraba insistentemente por él a Dios». El texto narra después la milagrosa liberación del primer Papa.

«¡Qué gran valor infunde el apoyo de la oración unánime del pueblo cristiano! Yo mismo he podido experimentar el consuelo», confesó Juan Pablo II en la homilía leída por el arzobispo Leonardo Sandri, sustituto para los Asuntos Generales de la Secretaría de Estado.

«Esta es, queridos hermanos, nuestra fuerza», reconoció el Papa en la intervención que había preparado, en una misa en la que sus dificultades de pronunciación revelaban el cansancio al que se ha sometido en esta semana de celebraciones, entre las que destacó la beatificación de la Madre Teresa de Calcuta el pasado domingo.

«Y es también uno de los motivos por los que he querido que el vigesimoquinto año de mi pontificado fuera dedicado al santo Rosario: para subrayar la primacía de la oración, de manera especial la contemplativa, vivida en unión espiritual con María, la Madre de la Iglesia», siguió explicando.

«La presencia de María --deseada, invocada, acogida-- nos ayuda a vivir también esta celebración como un momento en el que la Iglesia se renueva en el encuentro con Cristo y en la fuerza del Espíritu Santo», aclaró el Papa.

Concluyó su exhortación con una oración que se convirtió en un compromiso personal: «Sí, Señor, ¡confiamos en ti y contigo continuamos nuestro camino al servicio de la Iglesia y de la humanidad!».