La paz empieza al reconocer en el otro a un hermano, indica el Papa

En la homilía de la Misa de la solemnidad de María Santísima Madre de Dios

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CIUDAD DEL VATICANO, viernes 1 de enero de 2010 (ZENIT.org).- El Papa indicó este viernes que la paz empieza reconociendo en el rostro del otro a una persona, lo cual sólo es posible si se tiene a Dios en el corazón.

Lo hizo en la homilía de la Misa de la solemnidad de María Santísima Madre de Dios, celebrada en la Basílica de San Pedro este primer día del año, Jornada Mundial de la Paz.

“Meditar sobre el misterio del rostro de Dios y del hombre es una vía privilegiada que conduce a la paz”, indicó.

“Ésta, de hecho, comienza por una mirada respetuosa, que reconoce en el rostro del otro a una persona, cualquiera que sea el color de su piel, su nacionalidad, su lengua, su religión”, añadió.

Seguidamente, preguntó: “¿Pero quién, si no Dios, puede garantizar, por así decirlo, la “profundidad” del rostro del hombre?”

Y explicó: “En realidad, sólo si tenemos a Dios en el corazón, estamos en condiciones de detectar en el rostro del otro a un hermano de humanidad, no un medio sino un fin, no un rival o un enemigo, sino otro yo, una faceta del infinito misterio del ser humano”.

Según Benedicto XVI, “nuestra percepción del mundo y, en particular, de nuestros similares, depende esencialmente de la presencia en nosotros del Espíritu de Dios”.

“Es una especie de “resonancia” -explicó-: quien tiene el corazón vacío, no percibe más que imágenes planas, privadas de espesor”.

“En cambio, cuanto más estemos habitados por Dios, seremos también más sensibles a su presencia en lo que nos rodea: en todas las criaturas, y especialmente en las otras personas, aunque a veces el rostro humano, marcado por la dureza de la vida y del mal, pueda resultar difícil de apreciar y de acoger como epifanía de Dios”, afirmó.

“Con mayor razón, por tanto, para reconocernos y respetarnos como realmente somos, es decir, como hermanos, necesitamos referirnos al rostro de un Padre común, que nos ama a todos, a pesar de nuestros límites y nuestros errores”, añadió.

El primer día del año empezó muy temprano para los miles de fieles en Roma que asistieron a la Misa en San Pedro.

Desde las ocho de la mañana, las cercanías a San Pedro estaban llenas de peregrinos esperando iniciar la segunda década del siglo XXI en compañía del Santo Padre.

Con las melodías de la Salve mater misericordiae entonadas por los integrantes del coro de la Capilla Sixtina, comenzó la entrada del pontífice y sus colaboradores a la Basílica.

En la oración de los fieles, los peregrinos hicieron las peticiones en portugués, chino, polaco y alemán, como muestra de la universalidad de la Iglesia.

En el momento del ofertorio, algunos niños llevaron las ofrendas al altar para presentarlas ante el Santo Padre.

Esta parte de la celebración eucarística en la primera misa del año tiene una connotación especial porque representa también los buenos propósitos para el año civil que empieza hoy.

También participaron en el rito del ofertorio algunas religiosas, laicos y al final, tres personas vestidas de reyes magos.

En la homilía, el Santo Padre ofreció una meditación sobre el tema del Rostro de Dios y de los rostros de los hombres, que ofrece “una clave de lectura del problema de la paz en el mundo”.

“El rostro es la expresión por excelencia de la persona, es lo que la hace reconocible y por lo que se muestran sentimientos, pensamientos, intenciones del corazón”, recordó.

“Dios, por su naturaleza, es invisible, sin embargo la Biblia le aplica también a Él esta imagen -añadió-. Toda la historia bíblica se puede leer como progresivo desvelo del rostro de Dios, hasta llegar a su plena manifestación en Jesucristo”.

Refiriéndose al título de “Madre de Dios”, explicó que “el rostro de Dios ha tomado un rostro humano, dejándose ver y reconocer en el hijo de la Virgen María”.

Benedicto XVI destacó que “Ella, que ha custodiado en su corazón el secreto de la divina maternidad, ha sido la primera en ver el rostro de Dios hecho hombre en el pequeño fruto de su vientre”.

“La madre tiene una relación muy especial, única y de todos modos exclusiva con el hijo recién nacido”, dijo.

“El primer rostro que el niño ve es el de la madre, y esta mirada es decisiva para su relación con la vida, con sí mismo, con los demás, con Dios -añadió-; es decisiva también para que él pueda convertirse en un “hijo de la paz”.

A continuación, el Papa ofreció una pequeña meditación sobre el icono de la Virgen de la ternura, que representa al niño Jesús con el rostro apoyado -mejilla a mejilla- en el de la Madre.

“El Niño mira a la Madre, y ésta nos mira a nosotros, casi como reflejando al que observa, y reza, la ternura de Dios, bajada en Ellos del Cielo y encarnada en aquel Hijo de hombre que lleva en brazos”, explicó.

“Pero ese mismo icono nos muestra también, en María, el rostro de la Iglesia, que refleja sobre nosotros y sobre el mundo entero la luz de Cristo, la Iglesia mediante la cual llega a toda persona la buena noticia”, añadió.

El pontífice señaló que “desde pequeños, es importante ser educados en el respeto al otro, también cuando es diferente a nosotros”.

Y renovó su llamada a “invertir en educación, poniéndose como objetivo, además de la necesaria transmisión de nociones técnico-científicas, una más amplia y profunda “responsabilidad ecológica”, basada en el respeto a la persona y a sus derechos y deberes fundamentales”.

“Sólo así el compromiso por el medio ambiente puede convertirse verdaderamente en educación a la paz y construcción de la paz”, aseguró.

“Hoy cada vez es más común la experiencia de aulas escolares compuestas por niños de varias nacionalidades, aunque también cuando esto no ocurre, sus rostros son una profecía de la humanidad que estamos llamados a formar: una familia de familias y de pueblos”, dijo.

Y destacó que esos niños, “a pesar de sus diferencias, lloran y ríen de la misma manera, tienen las mismas necesidades, se comunican de manera espontánea, juegan juntos...”.

“Los rostros de los niños son como un reflejo de la visión de Dios sobre el mundo -afirmó-. ¿Por qué entonces apagar su sonrisa? ¿Por qué envenenar sus corazones?”

“Desgraciadamente, el icono de la Madre de Dios de la ternura encuentra su trágico opuesto en las dolorosas imágenes de tantos niños y de sus madres en las garras de la guerra y la violencia: prófugos, refugiados, emigrantes forzados”, lamentó.

Benedicto XVI habló entonces de “rostros minados por el hambre y la enfermedad, rostros desfigurados por el dolor y por la desesperación”.

Y declaró: “Los rostros de los pequeños inocentes son una llamada silenciosa a nuestra responsabilidad: ante su impotente condición, se derrumban todas las falsas justificaciones de la guerra y de la violencia”.

El Papa afirmó que “debemos simplemente convertirnos en diseñadores de la paz, deponer las armas de todo tipo y comprometernos todos juntos para construir un mundo más digno de la persona”.

En su homilía de la Misa en la Jornada Mundial de la Paz, el Santo Padre aseguró que “la persona es capaz de respetar a las criaturas en la medida en la que lleva en su propio espíritu un sentido pleno de la vida”.

“De otro modo, será llevado a despreciarse a sí mismo y a lo que lo rodea, a no tener respeto por el entorno en el que vive, por lo creado”, advirtió.

Benedicto XVI afirmó que “quien sabe reconocer en el cosmos los reflejos del rostro invisible del Creador, es llevado a tener mayor amor a las criaturas, mayor sensibilidad por su valor simbólico”.

“Existe de hecho un nexo muy estrecho entre el respeto a la persona y la salvaguarda de lo creado”, afirmó.

Y destacó que “los deberes hacia el medio ambiente derivan de aquellos hacia la persona considerada en sí misma y en relación con los demás”.

“Si la persona se degrada, se degrada el entorno en el que vive; si la cultura tiende a un nihilismo, si no teórico, práctico, la naturaleza no podrá dejar de pagar las consecuencias”, explicó.

El Papa destacó que se puede constatar un recíproco influjo entre el rostro de la persona y el “rostro” del medio ambiente.

“Cuando la ecología humana es respetada en la sociedad, también la ecología ambiental saca beneficio”, afirmó, citando su última encíclica “Caritas in veritate”.

Finalmente, Benedicto XVI destacó que “la venida de Dios transfigura lo creado y provoca una especie de fiesta cósmica”, y dijo que “la fiesta de la fe se convierte en fiesta de la persona y de lo creado”.

Y concluyó: “La Iglesia renueva el misterio para las personas de todas las generaciones, les muestra el rostro de Dios, para que, con su bendición, puedan caminar por la senda de la paz”.

Al finalizar la Eucaristía, después de la bendición final, el Papa oró unos minutos ante la imagen de la Madre de Dios ubicada en el lado izquierdo del baldaquino de la Basílica.

Esta imagen fue donada por la diócesis de Roma al Papa Juan Pablo II con motivo de los 25 años de su pontificado.

Con la antífona mariana se concluyó la celebración presidida por el Santo Padre.

Mientras los integrantes del coro Capilla Musical Sixtina entonaban las notas del villancico Astro del ciel (en español, Noche de paz) el pontífice dejó la basílica para pasar al balcón de su apartamento desde donde recitó el primer Ángelus del año.