La peregrinación del Señor de los Milagros, "hambre de Dios"

Entrevista con monseñor José Antonio Eguren, arzobispo de Piura-Tumbes

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CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 22 de octubre de 2008 (ZENIT.org).- Las peregrinaciones del Señor de los Milagros, imponentes en todo Perú y en las ciudades donde su comunidad emigrante es numerosa, son una manifestación del "hambre de Dios", explica un arzobispo de ese país.

Monseñor José Antonio Eguren, arzobispo de Piura-Tumbes, antiguo obispo auxiliar de Lima, habló para Zenit sobre la importancia de esta devoción no sólo para los peruanos sino para la Iglesia Universal.

La historia de la imagen del Señor de los Milagros data del siglo XVII. En ese entonces llegaron a Lima varios grupos de inmigrantes africanos. Los que venían de Angola se establecieron en el sector de Pachamamilla y uno de ellos pintó en una pared la imagen de Cristo moreno.

En noviembre de 1655 hubo un fuerte terremoto en Lima y sus alrededores, que tumbó las edificaciones construidas por los angoleños. Sólo permaneció en pie la del Cristo moreno que no sufrió ningún daño.

Sobre este lugar se construyó el monasterio de Las Nazarenas, donde se encuentra el original del Señor de los Milagros. Cada año sale una copia de la imagen en procesión para conmemorar este mes morado.

--¿Por qué cree que tantos fieles anualmente acuden a las procesiones y misas del Señor de los milagros?

--Monseñor Eguren: Por el profundo hambre de Dios que tiene nuestro pueblo creyente y porque saben que el Señor Jesús es el amigo que nunca falla. Los millones de devotos que visitan cada octubre al Señor de los Milagros y le acompañan durante la procesión, saben que Jesús Crucificado es la misericordia del Padre, la mano generosa y firme que Dios tiende al pecador, fuente infinita de gracia y bendiciones.     

--¿Cómo cree que influye esta devoción en la fe de los peruanos?

--Monseñor Eguren: Influye en una auténtica conversión de vida, ya que la oración, la penitencia, la confesión sacramental, la Eucaristía y la solidaridad son los elementos centrales de la espiritualidad del mes de octubre, que fuera denominada por el hoy siervo de Dios Juan Pablo II, "la cuaresma limeña".  Esta devoción renueva y revitaliza la fe cristiana y católica que es el sustrato del alma peruana, parte constitutiva de nuestro ser e identidad como nación.  

--¿Qué tiene de particular esta devoción?

--Monseñor Eguren: Lo particular de esta devoción es su espíritu penitencial, sellado por la dinámica de la conversión: morir al hombre viejo para resucitar con Cristo al hombre nuevo y perfecto que es Él mismo. Es por tanto una devoción en perfecta sintonía con la espiritualidad de la Pascua. El Señor de los Milagros, es una imagen de Cristo Crucificado, que nos recuerda que el Señor Jesús en el árbol de Cruz nos ayuda a vencer en nuestra vida personal y social el pecado de la desobediencia de Adán y Eva (el madero vertical) y el pecado del fraticidio de Caín (el madero horizontal). De otro lado, algo muy particular de esta devoción, lo aporta la procesión que recorre las calles de Lima, que expresa hermosamente que seguimos a Cristo vivo y resucitado, que es el camino, la verdad y la vida. Que la vida sólo vale la pena de ser vivida con Él, siendo sus discípulos y misioneros. Y que con Él vamos construyendo un mundo más justo y reconciliado en camino hacia nuestra Patria definitiva que es el  Cielo.  

--¿Cómo contribuye esta devoción al fortalecimiento de la fe en la Iglesia universal?

--Monseñor Eguren: La devoción al Señor de los Milagros ha traspasado las barreras de Lima y del Perú para proyectarse a la Iglesia universal. Es conmovedor ver que ahí donde hay peruanos lo primero que hacen es establecer esta devoción y su respectiva hermandad de cargadores, cantoras y sahumadoras. No sólo hay imágenes y procesiones del Señor de los Milagros en todo el Perú, sino en muchísimas ciudades y países del mundo entero. En Roma hay una hermandad y la procesión llega desde hace algunos años a la misma Basílica de San Pedro. De esta manera los católicos peruanos aportamos la riqueza de esta devoción como medio de santificación y de fidelidad a Cristo y a la Iglesia.

Por Carmen Elena Villa Betancourt