La Puerta

IV Domingo de Pascua

San Cristóbal de las Casas, (Zenit.org) Mons. Enrique Díaz Diaz | 1052 hits

Hechos de los Apóstoles 2, 14. 36-41: “Dios lo ha constituido Señor y Mesías”.
Salmo 22: “El Señor es mi pastor, nada me faltará. Aleluya”.
I Pedro 2, 20-25: “Han vuelto ustedes al pastor y guardián de sus vidas”
San Juan 10, 1-10: “Yo soy la puerta de las ovejas”

A mis recuerdos de infancia llegan las puertas de mi pueblo. Cada casa con la puerta entreabierta, provocadora, invitando al acercamiento, incitando a descubrir las bellezas ocultas en su interior. Cada puerta como inicio de una aventura, pero cada puerta también cerrando, discreta, la intimidad de la familia y de las personas. No había temor a los ladrones y cada huésped era bienvenido. Es cierto, la puerta implica límites pero al mismo tiempo se torna en invitación a penetrar en sus jardines, en sus espacios, en sus corredores y sus patios. Invita al dialogo, al encuentro, a la confidencia… Hoy las puertas de mi pueblo están casi todas cerradas o se han transformado en pesadas cortinas de hierro que todo lo ocultan, que todo lo encubren. Se han cerrado las puertas y también se han cerrado los corazones… todo por miedo, por precaución, por el narco, por los ladrones, por los desconocidos, por esconder lo que somos y lo que tenemos.

Cuando escucho a Jesús que nos dice que Él es la puerta, sin poder imaginar lo que sería realmente una puerta en sus tiempos y sus espacios, lo imagino como aquella invitación a la libertad y a la vida de las antiguas puertas pueblerinas. Una puerta que se abre al dialogo, que ofrece la fresca sombra al fatigado peregrino, que invita a fuentes de agua para saciar la sed del caminante, que nos da espacio de encuentro, que se descubre generosa como posibilidad de descanso, de remanso y de paz. ¡Cómo necesitamos esta puerta! Una puerta que abierta a lo difícil de nuestras jornadas y nuestras penurias, nos descubra la belleza de lo infinito y la posibilidad de eternidad. Una puerta que une lo muy humano y cotidiano, con lo inmortal y divino. Jesús es la puerta que une el cielo con la tierra, que desde nuestras mezquindades y egoísmo nos desvela el infinito de generosidad y amor. Jesús es siempre una puerta abierta para que entremos en su corazón y podamos encontrar paz. Puerta generosa, puerta de luz, puerta de amor.

Pero el Evangelio de San Juan siempre juega con los textos y nos provoca nuevos descubrimientos. Si una puerta se abre y da posibilidad de entrar, también una puerta es punto de discernimiento, de protección y de exclusión. ¿De exclusión? Tal y como lo presenta San Juan es efectivamente punto de exclusión. ¿Excluidos del amor de Jesús? Exactamente, no porque Jesús cierre su corazón, sino porque hay quienes llevan tales cargas que la puerta no parecería suficientemente amplia para darles entrada. Y hay quienes preferimos nuestras cargas a introducirnos en el mundo y en el amor de Jesús. ¿Quiénes no han entrado por esa puerta? “Todos los que han venido antes que yo, son ladrones y bandidos; pero mis ovejas no los han escuchado”. Pone las claves del discernimiento para saber quién es puerta y quién es capaz de entrar por esa puerta: “El ladrón sólo viene a robar, a matar y a destruir”. Y en su discernimiento une la imagen de la puerta con la imagen del buen pastor para condenar a todos lo que se tragan y destruyen a su pueblo, a todos los que viven de injusticia, a todos los que hacen el mal.

¿Nosotros seguimos al Buen Pastor? ¿Nosotros nos adentramos por esa puerta del amor y la generosidad, guiados porque conocemos su voz y seguimos extasiados sus silbidos? Quizás hemos seguido otras voces, quizás nos han encantado otros silbidos, quizás nos hemos cargado de orgullos y ambiciones que entorpecen y dificultan el paso a través de esa puerta de vida. Es cierto que Jesús dice sus palabras contra los jefes y las autoridades reclamando sus injusticias pero también las dice por cada uno de nosotros: ovejas, caminantes, responsables. Las palabras exigentes de Jesús sobre los bandidos, ladrones y mercenarios, fácilmente la aplicamos a las autoridades, a los responsables y a quienes tienen el deber de velar por el bienestar de nuestros pueblos. Y tenemos razón, porque ellos deben tener muy en cuenta el ejemplo de Cristo y cualquier autoridad y líder moral, tiene la obligación de velar por la seguridad y el bien de los ciudadanos más que aprovecharse de ellos. Pero al mismo tiempo, estas palabras de Cristo son para cada uno de nosotros que tenemos alguna responsabilidad (¿quién no la tiene?) frente a las demás personas: padres de familia, maestros, coordinadores, sacerdotes, catequistas, hermanos… todos tenemos que mirarnos en esta imagen de Jesús y ver cómo estamos realizando nuestra tarea.

Cada puerta tiene un doble movimiento y un doble objetivo: abrir y cerrar. En este caso es una puerta de exclusión para los salteadores y ladrones y puerta de acceso para los verdaderos pastores. Una puerta cerrada para quien busca su propio interés y abierta para quien busca encontrar y dar vida. Una puerta abierta a la libertad y a la intimidad. Y Cristo nos invita a pasar por esa puerta que es Él mismo para abrirnos a la verdadera libertad. Al mismo tiempo es una puerta cerrada a la mentira, a la injusticia y al mal.

Contemplemos hoy a Cristo en esta bella imagen de puerta que nos invita, que nos ofrece vida, alojémonos en su interior y también preguntémonos: ¿Nosotros qué puertas tenemos en nuestros hogares y en nuestro corazón? ¿Somos puerta que protege, pastor que cuida? ¿Somos capaces de proteger y cuidar a los niños y a los jóvenes del flagelo de la droga, del alcoholismo, de la ambición, que invaden nuestras comunidades? ¿Las autoridades, que deberían ser buenos pastores, tendrán la fuerza y la inteligencia suficiente para vencer a los salteadores que están invadiendo la intimidad de las conciencias? Cristo nos invita a que también seamos puerta de discernimiento, de protección y de cuidado, en especial para los niños y los jóvenes.

Jesús, Puerta a la vida, Voz que llama, enséñanos el camino del amor, danos la inteligencia y el valor suficientes para proteger a los jóvenes y a los niños, y concédenos reconocerte a Ti como nuestro único Pastor. Amén.