La religión no es una amenaza para la convivencia, sino un valor, advierte el Vaticano

Al intervenir ante una comisión de la Asamblea General de la ONU

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NUEVA YORK, miércoles, 27 octubre 2004 (ZENIT.org).- La religión no es una amenaza para la convivencia pacífica, sino un valor positivo, ha explicado la Santa Sede ante las Naciones Unidas.



El encargado de transmitir a la comunidad internacional esta preocupación fue el arzobispo Celestino Migliore, observador permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas, al intervenir este martes en Nueva York ante la comisión de la Asamblea General de la ONU que analiza el tema de la «Eliminación de todas las formas de intolerancia religiosa».

El prelado italiano comenzó constatando que «la libertad religiosa en todas sus formas ha salido repetidamente en titulares en los últimos meses y en las últimas semanas. Y con razón, pues la libertad religiosa es una condición necesaria para buscar el bien común y la auténtica felicidad».

«En este sentido, por tanto, la fe y la libertad religiosa tienen que ser vividas y consideradas como un valor positivo que no debe ser manipulado y visto como una amenaza a la convivencia pacífica y a la tolerancia recíproca; es un valor coherente con las demás libertades y contribuye a sostenerlas», explicó el nuncio apostólico.

«Los líderes religiosos tienen la particular responsabilidad de rechazar cualquier uso erróneo o comprensión inadecuada de las creencias y de la libertad religiosa», consideró.

«Tienen en sus manos --siguió diciendo-- un medio poderoso y duradero para luchar contra el terrorismo y están llamados a crear y difundir una sensibilidad que es religiosa, cultural y social y que nunca se transformará en actos de terror sino que rechazará y condenará esos actos como profanaciones».

Las autoridades públicas, legisladores, jueces y administradores «tienen la grave y evidente responsabilidad de favorecer la convivencia pacífica entre los grupos religiosos y de servirse de su colaboración en la construcción de la sociedad, en vez de ponerles restricciones o de sofocar su identidad, especialmente si se trata de iniciativas de estos grupos a favor de los más pobres de la sociedad», indicó.

«Podría parecer algo paradójico el decir que en esta era de globalización han surgido también nuevas formas de intolerancia religiosa. Un mayor ejercicio de las libertades individuales puede producir una mayor intolerancia y mayores restricciones jurídicas a la expresión pública de la fe», reconoció.

«La actitud de quienes quisiera confinar la expresión religiosa a la mera esfera privada ignora y niega la naturaleza de las auténticas convicciones religiosas. En la mayoría de los casos, pone en tela de juicio el derecho de las comunidades religiosas a participar en el debate público democrático en la manera en que es permitido a las demás fuerzas sociales», indicó.

«Además, últimamente parece que, cada vez con más frecuencia, la actitud jurídica y legislativa ante la libertad religiosa tiende a vaciarla de su sustancia», denunció.

Por el contrario, concluyó, «acoger la diversidad religiosa, en el ámbito de sus servicios a la vida pública, a excepción obviamente de aquellas circunstancias en las que se dé una amenaza directa para la salud y la seguridad pública, significa respetar una específica faceta del derecho a la libertad religiosa, enriquecer una auténtica cultura pluralista, y ofrecer un importante y en ocasiones indispensable servicio a los pobres, a los indefensos y a los necesitados».