La santidad de Juan Pablo II nace en Auschwitz

Habla el responsable del programa del Centro de Diálogo y de Oración de Oświęcim

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ROMA, domingo 1 de mayo de 2011 (ZENIT.org).- “Auschwitz fue la escuela de santidad de Juan Pablo II: estoy convencido de que Wojtyla comprendió en este sitio la verdad sobre el hombre porque las preguntas que todos se hacen, son las fundamentales sobre el sentido de la vida”.

No tiene dudas el padre Manfred Deselaers, responsable del programa del Centro de Diálogo y de Oración de Oświęcim, surgido en 1992 cerca del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, por voluntad del cardenal Franciszek Macharski de acuerdo con los obispos de toda Europa y los representantes de las instituciones judías. En los últimos siete años de funcionamiento han pasado más de 34.000 personas, muchas para participar en los seminarios y ejercicios espirituales propuestos, sobre todo alemanes, noruegos y estadounidenses.

Se llama “Centro de Diálogo y de oración” aunque si, advierte el folleto informativo, se tenga la impresión que desde este lugar no puedan surgir la oración ni el diálogo”. “Todo el que venga al centro -afirma Deselaers- debe acudir con la intención de escuchar. En la visita al campo de concentración, en el encuentro con los ex-prisioneros, en el estudio de los documentos”.

Pero no se trata sólo de visitar un museo y de mirar las vitrinas con la impresionante cantidad de gafas, maletas y hasta cabellos de los internos. “En Polonia -explica- existe la profunda convicción de que la sangre de los muertos habla: es necesario escuchar las voces de la tierra de Auschwitz y tener tiempo para reflexionar sobre la pregunta “¿qué significa todo esto para mí?”. Y la respuesta es distinta según si se es “polaco o italiano, judío o católico o sacerdote y alemán como yo”. “El respeto recíproco por las distintas sensibilidades -afirma de nuevo Deselaers- es la primera respuesta al campo de concentración donde había una absoluta negación del otro”.

Auschwitz. Escuelas enteras atraviesan las puertas de entrada, pasan debajo de la inscripción marcada de forma indeleble en la memoria colectiva de por las películas y los memoriales “Arbeit macht frei (el trabajo libera)” y entrando en las calles que pasan al lado de los edificios de ladrillo rojo, mucho con los ojos enrojecidos, frente a la memoria de al menos un millón y medio de hombres, mujeres y niños que perdieron allí la vida del modo más cruel.

Birkenau evidencia la sistemática de la voluntad del exterminio, traducida en filas ordenadas de barracas, una extensión doble de alambradas que separaban las zanjas cavadas por los mismo prisioneros. Sólo los bloques de cemento de los hornos crematorios -que los nazis hicieron volar antes de abandonar el campo en un intento de esconder sus propios crímenes- aparecen destruidos, derruidos unos sobre los otros como un castillo de naipes.

Todo sugiere un horror que a la mente le cuesta aceptar que haya sido posible concebirlo: ¿Cómo han podido personas hacer esto a sus semejantes?. “Muchos preguntan -cuenta Deselaers-: ¿dónde estaba Dios?” que es “la misma pregunta que hacía el premio Nobel por la paz Elie Wiesel cuando afirmaba: “Antes de que Dios me pregunte '¿dónde estabas?' yo le pregunto a él, '¿dónde estabas tú cuando asesinaban a mi hermano, mi hermana, mi nación?'”.

“No hay respuestas fáciles -afirma Deselaers-, sólo oración y silencio: en la teología posterior a Auschwitz se afirma que no puede haber oración auténtica que prescinda de este lugar”.

Juan Pablo II, según el responsable del Centro de Diálogo y de Oración que ha estudiado todos los documentos del Papa relacionados con este tema, “tiene es en este sentido un papel esencial”. No sólo Wojtyla, como obispo de Cracovia, era el obispo de Auschwitz, sino que “se puede decir que el concebía su sacerdocio como respuesta a todo lo que sucedió durante la II Guerra Mundial, los inmensos sufrimientos que otros vivieron también en su lugar”.

De hecho, “es justo durante la guerra cuando Wojtyla decidió hacerse sacerdote y entra en el seminario clandestino organizado por el cardenal Adam Sapieha”. “Para él -añade Deselaers- que en la infancia tuvo amigos judíos, lo de Auschwitz no fue una tragedia abstracta sino que forma parte de su vida”. Según Deselaers, su fuerte compromiso a favor de la dignidad y de los derechos del hombre, la búsqueda del diálogo entre los cristianos y judíos, el encuentro en Asís entre los responsables de las religiones para que todas cooperasen en la civilización del amor, las raíces de sus tensiones por la unidad del género humano: todo nace de la experiencia de Auschwitz”.

“En 1965, como joven obispo -cuenta Deselaers – Wojtyla vino a Oświęcim por la fiesta de Todos los Santos. En la homilía explicó que era posible mirar este lugar con los ojos de la fe”. Si Auschwitz es el lugar, dijo “que nos muestra hasta que punto el hombre puede ser o convertirse en malvado” sin embargo “no podemos permanecer aplastados por esta terrible impresión sino que es necesario mirar a los signos de la fe, como hizo Maximiliano Kolbe”.

Su ejemplo “nos muestra como Auschwitz evidencia también toda la grandeza del hombre, todo lo que el hombre 'puede' ser, venciendo la muerte en nombre del amor, como hizo Cristo”. Y cuando vino aquí por primera vez como Papa “afirmó que la victoria sobre el odio en nombre del amor no pertenecen sólo a los creyentes y que toda victoria de la humanidad sobre un sistema anti-humano ha de ser un símbolo para nosotros”.

Quizás también por esto Edith Stein-Santa Teresa Benedicta de la Cruz, que une la confesión de la fe cristiana y la tragedia de la shoah, se ha convertido en patrona de Europa: “Wojtyla quiso decir que si Europa busca su identidad en la era moderna no puede olvidar Auschwitz”. Auschwitz fue la escuela que plasmó la santidad de Juan Pablo II, que fue inmediatamente percibida por la gente: “porque aquí -concluye Deselaers – Wojtyla comprendió totalmente lo que la 'fe' significa para el hombre de hoy. La gente de todo el mundo lo comprendía porque él les comprendía a ellos”.

Por Chiara Santomiero. Traducción del italiano por Carmen Álvarez