La súplica de Juan Pablo II a Juan Diego

El pontífice presenta sus preocupaciones más íntimas

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CIUDAD DE MÉXICO, 31 julio 2002 (


HREF="http://www.zenit.org/">ZENIT.org).- Juan Pablo II concluyó la homilía pronunciada este miércoles durante la canonización de Juan Diego con una súplica elevada al nuevo santo en la que confió a su intercesión sus más sentidas preocupaciones.

La Iglesia, la situación de la familia, el dolor de los que sufren enfermedades o injusticia, son algunos de las realidades a las que alude en su composición, que está siendo utilizada por los peregrinos que se acercan a la imagen del primer santo indígena de América.

Publicamos el texto de la plegaria.

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¡Bendito Juan Diego, indio bueno y cristiano, a quien el pueblo sencillo ha tenido siempre por varón santo! Te pedimos que acompañes a la Iglesia que peregrina en México, para que cada día sea más evangelizadora y misionera. Alienta a los obispos, sostén a los sacerdotes, suscita nuevas y santas vocaciones, ayuda a todos los que entregan su vida a la causa de Cristo y a la extensión de su Reino.

¡Dichoso Juan Diego, hombre fiel y verdadero! Te encomendamos a nuestros hermanos y hermanas laicos, para que, sintiéndose llamados a la santidad, impregnen todos los ámbitos de la vida social con el espíritu evangélico. Bendice a las familias, fortalece a los esposos en su matrimonio, apoya los desvelos de los padres por educar cristianamente a sus hijos.

Mira propicio el dolor de los que sufren en su cuerpo o en su espíritu, de cuantos padecen pobreza, soledad, marginación o ignorancia. Que todos, gobernantes y súbditos, actúen siempre según las exigencias de la justicia y el respeto de la dignidad de cada hombre, para que así se consolide la paz.

¡Amado Juan Diego, «el águila que habla»! Enséñanos el camino que lleva a la Virgen Morena del Tepeyac, para que Ella nos reciba en lo íntimo de su corazón, pues Ella es la Madre amorosa y compasiva que nos guía hasta el verdadero Dios. Amén.